La crisis económica que se deriva de la sanitaria, afecta severamente la condición de vida (existencia) de la inmensa mayoría de los mexicanos. Foto: Moisés Pablo, Cuartoscuro.

Los seres humanos estamos inmersos en una enorme disyuntiva respecto a cuál va a ser nuestro destino de vida y existencia en la crisis humanitaria que enfrentamos ante la pandemia del coronavirus y la crisis económica que emana de ella.

Estamos inmersos en un callejón sin salida: La frontera entre vivir y existir está sumamente colindante. O morimos por la crisis sanitaria in crescendo que ha dejado una estela de miles de muertos a nivel mundial, u optamos por sobrevivir junto a la crisis económica que dejará una situación paupérrima a la existencia de los redivivos de la pandemia.

Estoy convencido que la inmensa mayoría de los mexicanos ya se preguntan día y noche: ¿Vivo, pero no existo? La respuesta es sumamente compleja. La existencia (condición de vida) puede ser también un sepulcro en vida. La existencia precede a la esencia, pero si no es definible, es porque empieza por no ser nada (Jean-Paul Sartre).

La vida es una ley orgánica de la especie homo sapiens que la ciencia señala se distingue desde hace aproximadamente 4 mil 400 millones de años; que se distingue de los reinos animal, vegetal, hongos, protistas, arqueas, y bacterias del resto de la naturaleza. Desde el punto de vista de la bioquímica, la vida puede definirse como un estado especial de la materia formado por estructuras moleculares específicas, con capacidad para desarrollarse, mantenerse en un ambiente, reconocer y responder a estímulos y reproducirse desde el nacimiento hasta la muerte. Paradójicamente, nacemos para vivir muriendo.

Según científicos expertos en la materia, nos dicen que el virus que está poniendo en riesgo la vida de cientos de miles de seres humanos, no es un organismo vivo sino una molécula de proteína (ARN), por lo que “no se le mata, sino que se le desintegra”. El tiempo de su desintegración, dicen, depende de la temperatura, humedad y tipo materia donde reposa.

El calor cambia el estado de la materia de la grasa de la capa protectora del VIRUS, por eso, la Organización Mundial de Salud señala que es necesario usar agua a más de 25 grados C para lavar manos, ropa y espacios en las que nos encontramos; que no usemos ningún bactericida, pues el virus no es un organismo vivo como la bacteria por lo que no se le pude aniquilar con antibióticos.

A los virus, entre ellos el COVID-19, no se les mata sino se les desintegra, así que la solución está en romper su cadena de propagación y mutación.

Lo único que protege a este virus es una capa externa muy fina de grasa, que se diluye con jabón porque la espuma corta la grasa, y con ello, la molécula de proteína se dispersa y se desintegra. También el alcohol disuelve la capa de la grasa externa que protege al COVID 19.

El agua oxigenada, asimismo, es un elemento que ayuda a disolver la proteína del virus, después del uso del jabón y el alcohol o cloro, pero debe usarse pura, no mezclada con ningún otro elemento o sustancia pues si se usa en la piel la puede lastimar.

Con todo lo descrito, el virus no puede atravesar la piel sana.

Todos los países han puesto en marcha estas medidas de contingencia a la pandemia del coronavirus en su fase I (Contagio importado) y, recientemente las de emergencia, fase II (transición de contagio comunitario).

Me tomé la facultad de describir lo más relevante de esta crisis sanitaria, por una razón: porque por lo que he visto en las redes sociales y leído en diversos medios de comunicación, persiste una franja significativa de ciudadanos que no han entendido aún–, pese a las constantes conferencias de los integrantes del Consejo Nacional de Salubridad–, la diferencia que existe entre esos dos conceptos: el de contingencia y emergencia.

En atención a ello, consideró que es importante esclarecer que no son la misma cosa.

La contingencia que se puso en marcha al inicio del brote epidémico, tenía como propósito fundamental evaluar que alcances de riesgo tenía la enfermedad y su contagio, que en un principio afectó a personas que venían de Asia y Europa donde se expandió el virus COVID-19, lo que explica por qué en la primera fase de la epidemia fueron relativamente pocos los casos de contagio en nuestro país.

Semanas después, la enfermedad se expandió a la segunda fase de mayor riesgo, cuando se pasó del contagio importado al contagio familiar y comunitario, por lo que se declaró el estado de emergencia del 30 de marzo al 30 de abril, el cual tiene como ejes cardinales el que la población evite salir de sus casas y se suspenda la actividad productiva, comercial y de servicios, con el fin de evitar se transmita masivamente el contagio del coronavirus.

Estamos ya en una situación de grave riesgo o calamidad pública que requiere la intervención coordinada de los poderes públicos (el federal, estatal y municipal) y, sobre todo, de los ciudadanos para la protección de su salud y su familia y evitar la catástrofe económica que se avizora, la cual también es letal, pues de consumarse, dejará sin trabajo a millones de mexicanos y pondrá en quiebra a las micro, pequeñas y medianas empresas y comercios, lo que es fatídico para el país.

La crisis económica que se deriva de la sanitaria, afecta severamente la condición de vida (existencia) de la inmensa mayoría de los mexicanos, no debe desdeñarse.

Hay que acatar, sí, las medidas preventivas de sanidad que las autoridades de salud nos han señalado día tras día, pero también estar atentos al plan de políticas económicas emergentes que este domingo el presidente de la República dará a conocer a toda la sociedad, que considera, es el que debe evitar la caída del crecimiento económico y financiero, que ciertamente como él dice, es lo que más les preocupa a los ricos.

Coincido con el presidente que, por encima de todo, lo primero es apoyar a los 52 millones de mexicanos en extrema pobreza y a los trabajadores que quedaran desempleados.

¿Cuáles son las características de la crisis mundial que pondrán en grave riego la existencia de la población mundial?

Las enumero:

1. La disminución de la demanda;
2. El colapso de la producción;
3. El desempleo masivo
4. La crisis financiera
5. El crecimiento de la deuda pública nacional.

Y es que, como bien lo señaló recientemente el historiador alemán Albrecht Ritschi, la crisis de la pandemia y las crisis de la Primera y Segunda Guerras Mundiales que devastaron a millones de personas, son muy semejantes.

Las crisis militares además de devastar los países en guerra, transformaron sus sistemas de capitalismo industrial de entonces y, en consecuencia, no solo afectaron las fuerzas productivas sino también modificaron las relaciones de producción que históricamente han dado origen a formaciones socioeconómicas diferentes.

En la Primera Guerra mundial se fortaleció el empleo de las mujeres, se reconocieron los sindicatos de los trabajadores, se estableció la jornada laboral de 8 horas y el sufragio electoral de las mujeres como lo comenté en mi artículo del 8 de marzo.

La Segunda Guerra mundial detonó también transformaciones significativas, como la implementación masiva de la producción industrial y el surgimiento de una sociedad de consumo.

La recesión económica de la crisis sanitaria del coronavirus que ha sacudido al mundo, ciertamente no es militar, pero sí un punto de quiebre del sistema neoliberal y su economía globalizada.

No sorprende por ello, que las empresas trasnacionales, las compañías y bolsas financieras y el Consejo Coordinador Empresarial, estén super irritados de que el Plan Económico que este domingo presentará el presidente de la República para hacer frente a estas dos contingencias, no contemple la condonación del Impuesto Sobre la Renta (ISR); no acepte solicitar al Fondo Monetario Internacional (FMI), una línea de crédito por 61,000 millones de dólares de que dispone México, y en tercer lugar, que no utilice el superávit primario de Hacienda y el Fondo de Estabilización de los Ingresos Presupuestarios, para subsanar las pérdidas del sector empresarial, pero sí para financiar su programa de bienestar social a las personas de la tercera edad, pensionados y jubilados, jóvenes “construyendo futuro” y a los trabajadores desempleados y a las micro, pequeñas y medianas empresas.

Me queda claro que el Presidente de la República entiende perfectamente que su gobierno tiene que solventar la crisis sanitaria y la económica. Esto es, la vida (salud) y la existencia (condición de vida) de los mexicanos pobres, no de los ricos.
Veremos y diremos si los ciudadanos, más allá de las filias políticas e ideológicas, y por cual cuál de las dos rutas (vivir o existir), están dispuestos a transitar.