López Obrador fusila las ideas y proyectos que no son emanadas de su visión priista setentera, acribillando la pluralidad y a otras visiones y posibilidades de desarrollo. Foto: Galo Cañas, Cuartoscuro.

+ “O conmigo o renuncien…”

+ De vuelta al autoritarismo

Como Stalin. Como Castro. Como Pol Pot. “O conmigo o contra mí”. No hay espacio para el disentimiento o el debate de ideas. Cerrada cualquier posibilidad de discutir pros y contras del Gobierno que ya cumplió sus primeros seis meses entre imposiciones, ocurrencias, improvisaciones y caprichos presidenciales. López Obrador vulnera la democracia al advertirlo en una sola frase, lamentable, dictatorial:

“Quienes no compartan el nuevo proyecto, deben renunciar…optar por otra manera de laborar”.

Así, sin más. Sin posibilidad externa de hacerle notar sus errores y liviandades. Incendiado con la antorcha de la mal llamada Cuarta Transformación el terreno de la discusión democrática. Arrasado el pensamiento plural que nutre a la propia democracia. Podado el árbol de las ideas al gusto del dictador que llegó del trópico.

De la dictadura perfecta priista, México ha pasado a la dictadura populista lopezobradorista.

El populismo de AMLO entendido como una dictadura que emana de un solo pensamiento, de una sola voluntad y del único capricho del hombre que utiliza a las masas, a la voluntad popular moldeada a su manera, dibujada con el pincel de sus distorsiones históricas y traumas personales, para justificar sus acciones con clara tendencia al castrismo que solo concebía una sola manera de pensar y de gobernar: la de Fidel Castro, sin espacio para la oposición o la disidencia.

Castro mandaba fusilar a quienes no pensaban como él.

López Obrador fusila las ideas y proyectos que no son emanadas de su visión priista setentera, acribillando la pluralidad y a otras visiones y posibilidades de desarrollo.

Tenemos un Presidente aldeano, que le tiene miedo al mundo y que le tiene pavor a debatir su esquema de Gobierno con otras mentes, con otras inteligencias, con otros talentos. Por ello no irá a la reunión del G-20, foro propicio para sumar voluntades en torno a México ante la salvaje embestida de Donald Trump. Lo de menos es que López Obrador no hable inglés. Su conflicto radica en asumirse acomplejado  para mostrarse ante el mundo, en su vergüenza propia para exhibir a la vista de todos sus limitaciones, en su pequeñez como estadista.

Para AMLO, la ecuación es simplista: quien no piense como él, es traidor, es neo liberal, es conservador, es fifí.

Ese es el Presidente de México de quien es imposible matizar su actuación, porque él no quiere que se matice su Gobierno. Por eso su discurso divisionista, que polariza, para seguir cultivando a sus fanáticos que están dispuestos a inmolar y a inmolarse cuando se trata de adorar o de defender a su líder político. Es un juego perverso del tabasqueño con miras al 2021 (elecciones intermedias): mantener desde su homilía mañanera enfrentado al país, para así preservar su capital político traducido en votos, como ocurrió el domingo pasado.

Ese es el Presidente de México: el político que pretende mantener aislado al país, como Castro lo hizo con Cuba.

Ese es el Presidente de México, el que practica el concepto del “enemigo del pueblo” creado por Stalin en la Unión Soviética, para erigirse no en un Presidente que gobierne para todos, sino en un dictador que diga lo que sus masas quieren escuchar.

Ese es el Presidente de México, el que desprecia y entierra a los intelectuales y a otros métodos de pensamiento, como Pol Pot exterminó al pensamiento intelectual y científico de Camboya  y a quienes denominó como “enemigos burgueses” (a quienes hoy, AMLO encuadraría como neoliberales).

Esa es la dictadura populista que hoy vivimos en México.

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El detonante del pensamiento único de López Obrador fue la renuncia del presidente de la Comisión Reguladora de Energía, Guillermo García Alcocer, quien cometió el pecado de cuestionar a los legos comisionados propuestos para la CRE. Esa simple diferencia de opiniones desató la furia de AMLO, quien echó a andar toda la maquinaria del Estado para reprimir a García Alcocer, acusarlo de tener conflictos de interés, exhibirlo públicamente y clasificarlo prácticamente como delincuente. Y todo, por opinar diferente a AMLO.

García Alcocer renunció. AMLO no aguantó y enseñó los colmillos:

“Quisiéramos que quienes no compartan el nuevo proyecto de nación, deben optar por otra manera de laborar…que renuncien de manera voluntaria…pueden estar en academias u otras actividades, inclusive empresas privadas…”.

Lo dicho: nadie que no piense como AMLO, podrá tener cabida en el Gobierno.

AMLO actúa, tras esta decepcionante declaración, como lo que siempre había tratado de negar: actuar como dictador. “No soy autoritario, respeto el derecho a disentir. Bienvenida la polémica y la discusión”, dijo apenas en enero pasado. Hoy, su propia lengua se encargó de ahorcarlo.

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Quienes votamos por AMLO para la Presidencia, no lo hicimos para llevar a un dictador a Palacio Nacional. Millones hoy lamentamos que en solo seis meses, la autollamada “esperanza de México” se convirtiera en “la dictadura de México”, sin espacios para discusión dentro y fuera del Gobierno, canceladas las libertades para participar, de manera democrática, en las decisiones que atañen al rumbo del país.

Cuando AMLO dice, prácticamente: “O se someten o renuncian”, da muestras inequívocas de sus rasgos dictatoriales. Así lo advirtió. Así lo demuestra. Así hay qué decirlo.

¿Ejemplos?

Allí está la absurda cancelación del NAIM Texcoco.

Allí está la descabellada construcción del Tren Maya.

Allí está la inviable construcción de la refinería de Dos Bocas.

Allí está su aldeanismo de autorizar o negar los viajes al extranjero de científicos mexicanos, reduciendo al país a una república bananera.

Allí está su autoritarismo para regalar dinero a sus huestes que sale de nuestros bolsillos con tal de conservar el voto para 2021, sacrificando a estancias infantiles, científicos, deportistas y lo que se acumule.

Allí está su innegable forma de gobernar dictatorial: yo pienso, yo decido, yo ordeno.

De la “dictadura perfecta” a la “dictadura populista”.

Se comporta como dictador. Habla como dictador. Decide como dictador.

Vivimos, entonces, en la dictadura de nuestros días.

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