Analizamos el documental en torno a la figura del histórico pentacampeón de la NBA, estrenado medio año antes que la docuserie sobre el sexto anillo de Jordan en Netflix. Si “Su gran altura” deja que escriban por él una hagiografía autorizada, donde incluso sus aspectos más cuestionables resultan tamizados o justificados; “El Gusano” se expone como un pecador reconocido sin nada que decir a su favor, siendo los otros quienes lo juzguen.

Madrid, 05 de junio (ElDiario.es).– En una de sus artimañas más lúcidas, Rodman: Para lo bueno y para lo malo (Rodman: For Better or Worse, Todd Kapostasy, 2019) sintetiza el “día de la marmota de partidos y fiestas” del ala pivot en su etapa de tres años en los Chicago Bulls en una suerte de bucle secuencial donde los espacios clave de su personalidad -el dormitorio, el gimnasio, los pubs- se sintetizan en un único universo casi surreal. El fragmento en cuestión concuerda en coordenadas con lo que proponía el videoclip que Megaforce firmó para Pursuit of Happiness de Kid Cudi, donde el rapero exponía su exasperación por verse incapaz para escapar de su propia rutina destructiva. Lo cierto es que el documental que, enmarcado dentro de la serie 30 for 30 de ESPN, se dedica al iconoclasta “Bad Boy”, por encima de los delirios y agravios, narra eso mismo: una búsqueda de la felicidad que parece cada vez más lejana.

Tratando de igualar en heterodoxia a su objeto de estudio, demuestra una falta de respeto refrescante sobre la imagen de lo real desde su prólogo, configurado como una parodia de las vertientes poéticas de este género de no ficción: sobre las imágenes de unas olas rompiendo, metáfora pueril de la naturaleza fragosa de Rodman, se sobreimpresiona una cita de una estrofa de tintes religiosos con autoría incorrecta (se trata de los primeros versos de The Gospel of St Jude de OMD), antes de que el narrador (un resabiado Jamie Foxx, productor a la postre), manda a freír espárragos la solemnidad ordenando cortar e introducir la secuencia de créditos. Pese a estas excentricidades, la estructura narrativa se rige por una cronología lineal férrea, lejos de las fintas continuas hacia delante y atrás de de El último baile (The Last Dance, Jason Hehir, 2020).

LA IMAGEN POLÍTICA, O LA POLÍTICA DE LA IMAGEN 

Estrenados con escaso medio año de margen, ambas producciones versan sobre el éxito con perspectivas y tratamientos opuestos. Mientras que la docuserie en torno a la consecución del sexto anillo de Michael Jordan perdía el foco, tal vez asombrada de las ingentes cantidades de material a disposición, tal vez por maravillarse de contar con la superestrella al timón del proyecto dictando la estrategia, el filme sobre Rodman presenta ideas más claras sobre su propia existencia. Más allá de imágenes para el meme, “Su Gran Altura” nunca se muestra tan dúctil en su vehículo como en el suyo correspondiente “El Gusano”, quien nunca parece ser medianamente consciente de su legado deportivo ni de su impacto social.

La presentación misma de ambos ídolos nos revela mucho al respecto. El Nº23 juega en casa en The Last Dance, accediendo a que las cámaras le graben en sus dominios, mostrándose siempre acomodado en su sillón. Los realizadores le dan siempre la oportunidad de pillar el rebote de aquellos que, considera, no tienen derecho a lanzar contra él (véanse sus dardos hacia Horace Grant o Scottie Pippen, sus mofas hacia Gary Payton o Isiah Thomas), y de decidir quién no merece siquiera los minutos de la basura para salir a la pista. Suyo es siempre el tiro decisivo. En Para lo bueno y para lo malo, el Nº10/70/91/73 es el visitante de su propia historia, representada en un gran escenario teatral. Lo vemos sentado en una silla dando la espalda a las gradas vacías, encuadrado en un plano general donde sus 2.01 m de altura quedan empequeñecidos; y aunque tenga el turno de palabra, no rechaza los balones que le llegan, sin importar el efecto que lleven. Su cometido es bregarse y recibir, como bajo el poste.

Si uno deja que escriban por él una hagiografía autorizada, donde incluso sus aspectos más cuestionables resultan tamizados o justificados; el otro se expone como un pecador reconocido sin nada que decir, siendo los otros quienes decidan el veredicto que le espera.

Porque de hecho, Rodman se retrata a sí mismo como un hombre ingenuo, instintivo, frente a la autoconsciencia de Jordan como producto y como símbolo. Resulta interesante comprobar las relaciones que ambos entablan con la sociedad de los años noventa y cómo afrontan las piezas la problemática: de un lado, el rechazo de MJ a apoyar visiblemente al demócrata Harvey Gantt en su carrera por convertirse en el primer afroamericano de Carolina del Sur en llegar a ser senador de los Estados Unidos, tratado en el quinto episodio de The Last Dance, donde el deportista justifica su indiferencia al activismo; de otro, la asimilación de su luego compañero de vestuario en la cultura queer, reflejada en el lazo rojo, símbolo de la lucha contra el sida, que se pintó en ese disco de Newton que era su cabeza durante los playoffs por el título de la temporada 1994/1995. Mientras el centrado en el reinado en el reinado de los Bulls opta por excusar a su protagonista sin dar cancha a un contraataque; el segundo si dedica largos minutos a cuestionar cuán legítima era la preocupación de Dennis por la causa que patrocinaba.

En los dos casos, los documentales se pueden entender como la génesis y crecimiento en paralelo de sendas marcas que acabarían compitiendo en popularidad y que, aun enfocadas a segmentos de público casi opuestos, tenían más en común de lo que podrían reconocer (John Salley saca los colores a Rodman al señalar la absoluta admiración que le profesaba en sus tiempos en Detroit). Aún así, la gran diferencia entre los dos radica en esa dimensión de la imagen más allá de lo deportivo: la de Rodzilla era una expresión política con resonancia más allá de sí mismo, incluso a pesar de sí mismo, contraria a un statu quo de la que Jordan, en su aparente perfección, se convertía en garante.

“No soy psicólogo… Pero…”. Tantos testimonios sobre Dennis the Menace acaban incluyendo en algún punto esta aclaración que Kapostasy tiene a bien condensarlos en un montaje que diríase un ejercicio práctico de técnica Meisner. Si en algo hace especial hincapié Para lo bueno y para lo malo es en las múltiples fracturas emocionales que permanecen sangrantes en las carnes tatuadas de Rodman, marcado por la necesidad de pertenencia a algún núcleo que le sirva como familia y a la par por su incapacidad para reconocer la dependencia que sienten aquellos a los que deja atrás. La vida del deportista, según el enfoque de ESPN, se incardina en ese patrón de conducta, repetido en un secuencia interminable: la sucesión enésima de figuras paternas que eventualmente terminan por abandonarlo y la consecuente pérdida de un rumbo claro hasta que da con el siguiente modelo a seguir; y su progresiva conversión en uno de esos mismos padres ausentes para su propia prole.

Pese a tratarse de todo un Hall of Famer, parte crucial en gestas históricas sobre la pista, la historia de esta película es la de una desgraciada victoria pírrica lejos de los tableros, la de un entregado jugador de equipo zancadilleado por su protagonismo; la de un hombre que en su empeño por ser reconocido acabó siendo un desconocido para sí mismo. La decisión formal de recrear al joven Dennis siempre con el rostro pixelado o de espaldas se vuelve más aguda a medida que avanza la narración y observamos cómo su identidad empieza a desdibujarse, ensombrecida por su propio personaje.

La fábula adquiere tonos funestos con la crónica de su peripecia en Corea del Norte -fruto de una garrafal equivocación por parte de su agente, Darren Prince, que desconocía las diferencias con Corea del Sur cuando recibió la oferta para visitar el país- y de su papel como mediador extraoficial entre Kim Jong-un y el gobierno estadounidense. En la cumbre histórica celebrada en junio de 2018 en Singapur tendría, reconocen, un papel tan determinante como en su etapa dorada, movido acaso por su afán de agradar y congeniar, por esa necesidad de “influir a la gente para que lo quisieran”. “Eso lo que quiero dejar, ese legado”, dice remordiéndose el aro que perfora su labio inferior, mientras su madre y sus hijos lo observan en la lejanía como una entidad ajena, extraviada en su egoísmo, en una búsqueda por hallar algo que acabó volviéndose abstracto incluso para él.

“No [lo he encontrado], es difícil”, termina mientras su voz se quiebra al confesar su infelicidad, su persistente alienación pese a ser “una de esas 10 personas del mundo que todo el mundo cree que debería ser feliz”. En su última posesión, Para lo bueno y para lo malo, que para entonces ya ha abrazado el tono trágico como el que brega en la pintura por un balón desviado, recupera las imágenes de las olas rompiendo con las que arrancaba y nos descubre al otrora pentacampeón de la NBA mirándolas, oteando el horizonte escondido bajo sus voluminosas gafas, como si dejara constancia de la conciencia de su mortalidad, del final del camino cada vez más cerca, cada vez más solo. El baloncesto queda ya lejos, los triunfos, dentro y fuera del parqué, son efímeros. El bucle se ha detenido, y solo queda la incertidumbre ante el siguiente acto.

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