Christo Vladimirov Javacheff, quien cambió por completo la forma de pensar y hacer el arte, tuvo una vida fascinante. Foto: Luca Bruno, AP.

A lo largo de nuestra existencia, es común ambicionar un imposible. Nos referimos a él como “mi sueño”, por lo general suele ser inalcanzable. Es una especie de eterna pretensión en la que se nos va la vida no importa que casi nunca se cumpla. Como sea, es la ilusión que alimenta nuestros días. Una especie de pulsión que brinca en cualquier momento. A pesar de saberla vana, empeñamos lo que sea por ella, la consideramos nuestro gran proyecto. Es la quimera que nos brinda la oportunidad de diferenciarnos de los demás. Tesoro inefable, nuestro imposible nos inocula en contra del tedio vital. A este espejismo le concedemos nuestro mejor tiempo. Al final de nuestra vida, podríamos preguntarnos, ¿cuáles fueron esos imposibles que nunca dejaron de serlo?, ¿cuántos nos quitaron el sueño y ocuparon horas enteras?

Hay alguien que dedicó su vida a hacer de lo imposible su campo de trabajo, el soporte con el que transformó al mundo en un espejo gigante, el espejo de su enorme y generosa forma de percibir la vida. Un prestidigitador que envolvió una enorme cantidad de objetos de todos los tamaños e importancia, otorgándoles la condición de obras de arte, ese mago es Christo.

Christo Vladimirov Javacheff, quien cambió por completo la forma de pensar y hacer el arte, tuvo una vida fascinante. Desde su origen en Europa del este, con una identidad encubierta por asuntos familiares misteriosos, fue un nómada irredento que solo llevó a cuestas lo indispensable. Viajó ligero y con esa ligereza pensó su trabajo. Envolvió al mundo del arte con su impronta, con miles de kilómetros de telas que no dejaban claro su propósito pero que hechizaron a todos. Con una mente sagaz, llena de ideas que se tejían unas con otras formando un pensamiento único.

El Land Art, del que proceden sus primeros intentos, se ha caracterizado por ser un sueño de titanes, un reto a lo establecido por las convenciones del arte. Los artistas de la tierra huyeron del mercado y abandonaron las galerías para encontrarse con el poder de la naturaleza, para ceñirla y hacerla suya. En plena década del cambio, cuando Piero Manzoni llevaba los lindes del arte al extremo de enlatar mierda, o Yves Klein hundía su peso en lingotes de oro en el Sena, Christo llegó a la ciudad de la luz como un paria. Haciendo cuadros por encargo conoció a la que sería su compañera de vida y asociada de toda su obra Jean Claude. Una niña de familia bien y bien casada, que dejó todo por él. Juntos asumieron el arte como una plataforma de unión a sus sueños imposibles. Jamás ambicionaron bienes económicos, pero persuadieron a los dueños de esos bienes a que patrocinaran su trabajo e invirtieran en obras monumentales, efímeras, absurdas. Retribuyeron a sus mecenas con lo único que tenían, cualquier objeto relacionado con los colosales proyectos, obviamente envuelto. Con una relación a la que solo la muerte puso fin, construyeron nuevas realidades sobre las realidades anquilosadas, petrificadas, en muchos casos olvidadas. Resignificaron el peso y el paso de la historia cubriendo los grandes monumentos, sometiendo a la geografía y abrazando a la naturaleza. Rechazaron categóricamente pertenecer al ambicioso mercado del arte que los persiguió siempre para volverlos parte de sus huestes. No hacía falta, ellos eran dueños de sus imposibles.

Cubrir con 6 mil sombrillas una playa en Estados Unidos y otra en Japón, cruzar con tela parte del Cañón del Colorado, cubrir los cayos frete a Miami, el Pont Neufe en París. Mi favorito, la kilométrica pasarela naranja en el islote del lago Iseo en Italia. Durante el verano la gente podía caminar sobre el agua. Todas estas obras nos hablan de sueños, de imposibles. A cualquiera de nosotros nos llevaría la vida cumplir uno de nuestros ideales, Christo lo volvió su trabajo de todos los días. Un acto de osadía en el que siempre estuvo acompañado por Jean Claude su escudero de las batallas y su musa. Una musa guerrera que enfrentó a su lado todas las controversias, polémicas y conflictos que desataba su trabajo.

Pero hay algo más, las acciones de Christo y Jean Claude son gestos que enuncian los cuerpos erotizándolos. Sus velos muestran lo mínimo para acudir a la fantasía de quien los ve, excitan el músculo de la imaginación. Pero también es verdad que cuando alguien muere su cuerpo es cubierto, una especie de pudor delante de lo inevitable. Tiene que ver con lo que no es evidente, con lo que apenas se intuye. Christo y Jean Claude jugaron en cada una de sus obras con Eros y Thanatos, los invitaron a una danza en forma de fantasmagorías que son vida, y que son muerte. La pareja Christo, Jean Claude, logró que la ambición de su obra solo pudiera ser equiparable a su efímera condición. No puede ser más erótico o como lo dice el mismo Christo “estar al límite constantemente para sentirte vivo”.

Para Christo la perdida de Jean Claude fue como si lo cortaran a la mitad. Enfermó desde que ella murió y es muy probable que haya perdido el sentido de lo que hacía, y cómo no, si era un sentido de dos. Sin embargo, siguió hablando de ella en presente, como si estuviera a su lado, no se detuvo en sus proyectos y exposiciones dentro instituciones a las que siempre cuestionó. Fue una manera de ser amable con un mundo que avala el trabajo de los artistas concediéndoles un sitio en su top ten. No es que lo necesitara, pero tampoco tenía ganas de terminar como un resentido hostil. Fue una humilde respuesta al mundo del arte que asediaba un nombre como el suyo para sumar a sus tesoros. Christo siempre se mantuvo independiente, prácticamente sin recursos, solo los que le permitían echar a andar sus proyectos. Increíble cuando uno escucha las cantidades que reunía y de las que no obtenía ningún enriquecimiento personal. Austero, con un genio de los mil demonios, empecinado, con una capacidad de asombro admirable a sus 84 años, vivió apasionado por su trabajo hasta el último día de su vida.

El proyecto que quedó en eso, en proyecto, era cubrir el Arco del Triunfo con 25 mil metros de tejido azul reciclable atados por 7 mil metros de cuerda roja. De una escala extraordinaria es el emblema de una ciudad que se considera poderosa histórica y políticamente y que está en peligro de volverse pasarela del turismo cultural. Dicen que Macron estaba vuelto loco con el proyecto, pero tuvo miedo de llevarlo a cabo en medio de las protestas contra su Gobierno. Símbolo de grandeza y monumentalidad, el arco le escupe en la cara al pueblo el poder de un estado que no ha sido fiel a sus principios. Christo lo convirtió en la ironía perfecta: velar ese poder vacuo, temporal, y mostrar la eterna levedad que persigue a los poderosos: Libertad, igualdad, fraternidad. ¿Alguna vez lo veremos? Christo sí. Lo mismo que el Bundestag de Berlín, otrora bastión del orgullo nazi hoy un monumento fútil e innecesario considerando descentralización del Estado alemán.

El poder del artista suele ser desvelar una realidad más profunda y verdadera, el de Christo fue paradójicamente mostrar, cubriendo. Fue el autor original de una idea maravillosa: envolver un objeto, dotarlo de misterio, llevarlo a sus últimas consecuencias, permitir la reflexión y el asombro delante de una obra que no vemos, descargarla de la pesadez con la que fue concebida, reinventar sin tocar el sentido, exaltar su presencia y fugacidad. Christo jugó con la magia como el mago que oculta el conejo dentro del sombrero. Sabemos que el conejo está ahí, pero confiamos en que el mago lo ha desaparecido. Solo vemos su ocultamiento, paradoja que nos lleva a pensar en que nada es imposible cuando se trata de un sueño imposible. Después de una larga enfermedad, Christo falleció esta semana.

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