Esa duda inclemente sobre si vale la pena arriesgarse a salir, realizar trámites y enfermarse o dejar que todo se pierda, que nos multen, que hagan lo que quieran. Foto: Moisés Pablo, Cuartoscuro.

Esa sensación de desastre, de apocalipsis, de demorado desastre. Esa sensación de que la desgracia nos persigue, nos acecha. Esa sensación de que nuestro futuro se vio cancelado tal cual lo imaginábamos. Esa rabia sorda de no poder realizar nuestras tareas, de no avanzar, más que retrocediendo. Ese desfallecimiento frente a lo irrealizable desde cuatro paredes. Esa sensación de anormalidad todo el tiempo, esa incomodidad dentro de la comodidad de nuestros refugios convertidos en exclusas. Esa certeza que nos persigue sobre lo incierto de la pandemia, esa sensación, sí, agobiante de estar sobreviviendo pese a todo, esa necesidad de hacerlo. Esa conciencia de que nos están obligando a arriesgar nuestras vidas, autoridades y políticos, por decisiones económicas. Ese desfallecimiento de saber que no nos veremos cara a cara como antes, en mucho tiempo y cuando lo hagamos, tal vez ya no seremos los mismos. Esa tristeza espesa de no poder, no poder, de estar paralizado. Esa duda inclemente sobre si vale la pena arriesgarse a salir, realizar trámites y enfermarse o dejar que todo se pierda, que nos multen, que hagan lo que quieran. Esa horrible conciencia de estar viviendo en una ruleta rusa, sin quererlo. Esa pesadumbre del desconsuelo, de familiares o amigos enfermos a los que no podemos ver, ni abrazarlos, ni salvarlos. Esa angustia frente a los síntomas, esa pesadilla que nos persigue, que nos despierta en la madrugada. Esa desesperanza de los otros y de nosotros mismos. Esas batallas perdidas contra los días, los trastes, contra las hormigas, el polvo. Esas nuevas faenas que realizamos como las más importantes que devoran nuestro tiempo. Ese miedo frente a los otros, todos. Ese extrañamiento que pide la extrañeza de estar muy lejos. Esa mirada que nos hacemos desde dos metros de distancia cuando nos cambiamos de acera. Esa desconfianza en los que se confían al dios del azar, o no creen, sencillamente que puedan, ellos, contagiarse. Esa envidia de los que no saben, no ven, no creen. Ese costo enorme para poder cuidarse, protegerse, esa fatiga.

Ese asombro de ver que las cosas siguen ocurriendo, la tragedia en Líbano, la gente herida corriendo, esa sensación de que el mundo se está acabando, que 2020 es un año como debió ser 1918, esa catástrofe centenaria, una vez por siglo y que nosotros somos sus protagonistas. Esa mirada de desasosiego en los ojos, esa mirada de desconsuelo. Esos sueños agitados en las mentes de los que duermen a nuestro lado, esas tardes nubladas y lluviosas que ya no se parecen a nuestras tardes nubladas y lluviosas en las que nos guarecíamos de la lluvia o nos mojábamos con los charcos, esas cortinas cerradas del cuarto del vecino, esa habitación vaciada hace unos días. Esas risas que inundan los patios vecinos de gente reunida en un jardín, muy contenta, sin cubrebocas. Esa habitación deshabitada por una mujer que tosía, su cuarto sin cortinas ni muebles. Esa sensación de que en el jardín nada ha cambiado, permanece inaterable al paso de la peor pandemia en un siglo. Esa noche que escuchaste mariachis en la casa del vecino en una fiesta muy larga. Esa tarde que pasaron los músicos de la marimba y nadie les abrió la puerta. El músico que tocaba solo en la banqueta el día de las madres la pieza más triste, y pedía un peso o comida. Esas lágrimas que derramaste cuando fuiste a lavar los platos después de la reunión familiar donde te reíste mucho. Esas conversaciones llenas de silencios por computadora o teléfono donde reiteramos nuestro desconcierto o nos pasamos recetas de cocina. Esa manera de aceptar, resignadamente, que no volveremos a vernos en mucho tiempo, que no volveremos a abrazar a los que amamos. Ese temor de que la enfermedad los encuentre antes que nosotros. Ese miedo helado de que la crisis económica nos arrastre hasta el fondo, que colapse nuestras vidas y la de nuestros hijos. Esa naturalidad con la que desayunamos sin la conciencia ya de que no saldremos de casa, pero con la conciencia de que la casa se nos viene encima: las reparaciones, la ropa, los platos, la comida, el trabajo. Esa manera de salir que son las redes sociales, donde estamos todos solos y apretujados hablando, teniendo la ilusión de que nos vemos, nos escuchamos.

Esa sensación de que la vida seguirá corriendo, pasando los días, cada vez más iguales que los otros, ya sin la esperanza de salir porque salir se convirtió en esa sensación de no tener ningún sentido. Esas voces que escuchamos de los otros en sus conversaciones relatando vidas inesperadas dentro de un mismo espacio compartido, que sucedieron a espaldas de nosotros como si el universo se hubiera expandido. Ese día en que nos sentamos a comer, muy contentos, sin hastío. Esa vez que descubrimos que las cervezas pertenecen a la canasta básica, esos días que no nos quitamos la pijama, nos dedicamos a ver series. Ese día que nos avisaron que nuestro familiar tuvo un derrame cerebral, estaba tirado en el piso, mientras cocinabas una empanada. Ese día que te cortaste con una lata de atún como un advenimiento o la vez que se incendió tu casa, el comedor, la silla ardiendo como chimenea. Esa vez que descubriste que tu hija canta ópera, y baila por encima de todo. Esa edad con su brío indomable recordándote que la pandemia no es una sola para todos. Esos días en los que recién empezamos a utilizar cubrebocas que nos asfixiaban pero teníamos esperanza en que pronto acabaría el tormento. Esos cubrebocas que conseguiste para tus tíos mayores, tu padre, y tu madre, para sus citas médicas, como amuletos o armaduras. Esas horas infinitas que le dedicaste a limpiar las latas, los chococrispis, y las manzanas. Las que dedicaste a trapear con cloro, con lysol, con pinol rosa. Las trampas que ideaste contra las hormigas, y la dedicación con la que seguiste su rastro, esa felicidad que te dio bloquearles el paso como si hubieses conseguido una proeza, esa tarde en la que ya no pudiste limpiar la casa, ni lavar la ropa, ni cocinar ni un huevo, ni escribir una línea solo querías un antídoto. La vez que anhelaste ser tu abuela, que era infatigable y a la que jamás la viste en la cama después de las seis de la mañana, hasta el día de su muerte y nunca de los jamases, en pijama. Esa vez que desfalleciendo, la invocabas como un mantra. Esa tarde triste en que tuviste consciencia que por obra de un murciélago y un pangolín te convertiste en persona vulnerable: viste en el espejo el blanco perfecto de un virus que ha matado a muchos como tú, sin miramientos, te convertiste en tu peso, en tus pulmones, en tu presión arterial, en tu edad, en tus niveles de glucosa, pensaste en tus hijos y te sentaste, resignado, a ver por la ventana el árbol como si fuera lo único real por fuera y lo único real por dentro.

Esos días luminosos en los que tomaste el sol, solamente y escuchaste a los pájaros, pudiste recordar que el sentido de todo era permanecer vivo, y que a pesar de todo, de absolutamente de todas las catástrofes y penurias, para ti era suficiente; esa tarde lluviosa en que la vida te dio tiempo de escribirlo.