La corriente de las montañas. Pintura de Tomás Calvillo Unna.

La noche es la talla de la obsidiana
su cascada de luz se escucha:
son nuestros sueños.

También es un lugar habitado,
le nombran Xilitla;
puede estar en las montañas de Tailandia
o en el camino a Baler en Luzón, Filipinas;
pero está aquí en México, en la huasteca potosina.

Las casas adheridas a las montañas,
enjambres de piedra, desechos e ingenio;
el desorden arquitectónico tan propio,
paradoja de un trópico temprano y milenario
que resiste y se adhiere trepando de cemento
esos verdes innumerables en apariencia y solo árboles;

resisten a esta invasión del día a día
al ser bautizados como habitantes del surrealismo
que dejó un noble despojado de su linaje,
constructor de alucinaciones:

el siglo XX así fue, una explosión cuyas ondas disruptivas
perduran en el exilio del paraíso hecho añicos,
de ahí su castillo en la selva levantado durante la guerra fría,
(la deconstrucción del orden) (el silbido de las bombas que perdura)
en búsqueda de aquel jardín original,
del cual nos expulsaron a puro cincel de la ciencia
(no bíblicamente).

Un orden nuevo adherido al átomo y a sus códigos encriptados
y descubiertos de vida y muerte: no más ghettos,
no más ciudades incendiadas, la nueva promesa:
un pacto de sangre universal; el terror contenido en la mutua conveniencia.

Cada quien carga porciones de alegrías y desdichas,
James provenía de las pesadillas más oscuras;
y solo el arte y su alquimia, sabemos,
retornan el sentido de las cosas.

Irrumpieron gracias a los espeleólogos del alma,
antiquísima secta de huérfanos de sí mismos,
mineros de la ensoñación trazada
por los pinceles del atrevimiento
y las palabras amantes de los 4 vientos.

Poderosas intuiciones, esas pinturas y caligrafía sonora,
vasos comunicantes de una era que dieron nombre
al estallido de la mente, su evidente presencia,
en claroscuros diseminados ante el palpitar del océano interior:
el imán del corazón; sus tonalidades de aciertos;
esos colores de las aves y el silencio heredado
de la sombra de los jaguares,
observado desde el último escalón
que lleva al paisaje del vacío interior;

un salto sin paracaídas antes de partir
las sombras del Ser aparejadas, sin aplausos,
en emergencia permanente
orientadas por el giro de Kali,
sus diestros pasos en su retorno hipnótico
por creernos dioses.

En este lugar no fue así, se renunció a esa ambición:
un conocimiento resquebrajado
presente en los nidos de las familias
atados por hilos del color: flores animales astros
atenidos a la tierra y sus estaciones;
la costra del tiempo desprendiéndose
en el cruce de los caminos de las dudas étnicas
ausentes de una pretensión mayor de dominio,

el calor propulsor de insectos,
la lluvia sinónimo de bendiciones,
los elementos todos forjaron un ritual amoroso a ras de tierra;
el ardor de los dioses que descendieron de sus 13 cielos
desde los inmemorables tiempos, y ya no regresaron
se quedaron aquí entre nosotros,
junto a los ancestros,
hechos huesos en sus tumbas,
cubiertas de este cúmulo de vida
que las hojas como abanicos
y las orquídeas como espejos
en vuelo de mariposas cuidan.

Aquel mecenas extranjero no dudó,
sembró las palabras de los profetas olvidados,
y rindió homenaje a la pasión desnuda
en su reino evocado y primigenio:
el refugio del agua que nos sobrepasa en su inmensa sencillez.
Diosa del único poder, del único privilegio que tenemos:
los segundos de vida en la proporción vastísima de los cielos;
su voz caudal de nombres propios sin los cuales la locura impera.

Y ya entonces en esas fotos del cajón
el olor de las gasolinas se filtraba aun discretamente,
hasta llegar a estos días que se mezcla con el agua
y desciende por las calles al anochecer;
los aguaceros que revuelven la mierda y el aroma de los jardines,
refrescan y dejan sus hélices de zancudos
y una y otra vez advierten, nos advierten….

La corta memoria quiere negociar su estancia,
y se atrapa en un vocablo incierto:
el turista que sabe que ya no cuenta
con un cinturón de seguridad;
es un nómada con escasos oasis
en el laberinto de sus espejismos;
un habitante frecuente, explorando,
tal vez sin saberlo, su propio extravío.

Xilitla es un lugar de peregrinaje,
como todos aquellos que comparten
un vago anhelo por escuchar, percibir,
tocar, oler, ese jardín evocado,
donde las antiguas escrituras advierten
el origen de la tierra prometida, del paraíso perdido.
Lo cierto es que aquí a pocos interesan
esas historias de las ciudades.
Aquí entre los pisos que son azoteas,
entre los tinacos que son los ojos de agua,
entre los cables que son las lianas,
entre los coches que se arrastran en las laderas,
entre la bella sonrisa que perdura
de la mano del humor, la pena y la extrañeza,
en medio de la cruel y rutinaria violencia;
entre los estamentos sociales que el orden público negocia,
para uno y otro lado; entre el golpe seco del dinero,
que define lo cerca y lo lejos, lo cierto y lo que quien sabe,
lo posible y los sueños equivocados y esperanzadores;
aquí en Xilitla las montañas todavía hablan
y hay mujeres y hombres que las escuchan,
saben de ellas y las protegen a su manera,
junto a los ríos y sus pozas
que poco a poco se contaminan y secan.

Esta neblina que llega la anuncia el timbre de un celular:
son las primas, indagan la suerte de toda querencia,
sentadas en esos balcones de sus calles empinadas,
cada tarde comparten las minucias de un día más.