Hay que recordar que, incluso sin usarlas, las ligas terminan estropeándose. Foto: Crisanta Espinosa, Cuartoscuro.

Es claro que el confinamiento ha convocado a la desesperación. Quienes hemos tenido el privilegio de permanecer encerrados, acusamos ya las secuelas del encierro. Leo y escucho testimonios de quienes, paulatinamente, van dando el siguiente paso.

Desde hace varios meses sé, por ejemplo, que existían varios restaurantes que atendían a sus clientes a puerta cerrada: sí, dentro de sus instalaciones, aun cuando el Semáforo estuviera en Rojo. Con el cambio en la cromatografía, la práctica ya no se hace en la clandestinidad. Hay gimnasios que se visitan tanto o más que los restaurantes. También cines, ahora que el permiso de abrirlos se ha dado. La pregunta que ronda la cabeza de los indecisos cada vez tiene ecos con mayor volumen: ¿Cuándo será seguro salir a…?

Por razones médicas acudí a un hospital para que me revisara el doctor, primero, y para hacerme algunos estudios, después. El miedo no me abandonó en ningún momento. Las precauciones fueron exageradas. Más allá de la mascarilla, los lentes y la careta, cargaba con una botella de gel y bastante paranoia. Mi médico también portaba mascarilla. Me lo dijo con claridad: él tampoco deseaba enfermarse, así que extremaba precauciones pero no podía dejar de atender a sus pacientes. A la fecha, por fortuna, no se ha enfermado.

Tengo amigos y parientes que, desde el principio, han salido al súper y al mercado con mucha regularidad. Lo hacen con guantes, mascarilla y gel. También han corrido con suerte. O no. Han sido precavidos y eso les ha bastado. Al parecer, si las recomendaciones son ciertas, es un asunto de disciplina el que evita los contagios cuando uno debe ponerse en riesgo.

Eso abre una vertiente nueva, la que propulsa el desespero con el que inicié. Sé de varios que se reúnen, en casa de uno u otro. Argumentan que no hay problema, toda vez que no han tenido síntomas y no tendrán contacto durante el convivio. A diferencia del médico o las compras, es más sencillo relajarse en un encuentro de amigos que dura tres o cuatro horas. De quienes conozco, tampoco ha habido contagios por esta vía, aunque ignoro si no ha habido dispersión viral.

En redes sociales hay debates sobre si vale o no la pena ir a un bar, a una boda, a un bautizo, a visitar al recién nacido y a un montón de cosas más. Al margen de las respuestas por escrito y de las acciones que cada quien emprende, queda claro que el asunto tendrá que ver con nuestra capacidad de ser responsables, primero, y de administrar la culpa, más tarde.

Todos nos hemos arrepentido de algo. Incluso esos arrepentimientos inmediatos que llegan cuando uno hace una tontería evidente lastran el ánimo. Nos preguntamos por qué razones nos es imposible regresar el tiempo. Hasta nos parece injusta la consecuencia por una nimiedad y la consideramos un castigo. Es cierto, lo que nos pasa no siempre está relacionado con lo que merecemos. El asunto, ahora, es qué pasará si un buen día, después de ir al cine, al bar o a cenar con los amigos, terminamos contagiados. Habrá quien diga que pudo ser por otra razón, toda vez que es casi imposible identificar la fuente del contagio. Podría ser, pero es negarse a ser responsable.

Parece que la desesperación existencial producto del encierro nos está obligando a estirar la liga. Cada día o cada semana un poquito más. Argumentamos desde nuestras convicciones, sean ciertas o no. Y corremos con suerte o nuestra paranoia nos ha permitido protegernos lo suficiente. Sabemos, sin embargo, que ésta limitada. Conforme uno se acostumbra a ciertos riesgos, es inevitable que baje la guardia. Así que la liga terminará rompiéndose.

Es difícil, es cierto. Y nada anticipa un fin próximo. Como lo he mencionado muchas veces en este mismo espacio, la escuela, las escuelas, serán el parámetro verdadero para el regreso y para evaluar el rebrote de la pandemia. Mientras tanto, es necesario ponderar la relación existente entre los riesgos que tomamos, las precauciones que tenemos y las consecuencias que afrontemos. Hay que recordar que, incluso sin usarlas, las ligas terminan estropeándose.