“Golfos, encueratrices, matones, iluminados, travestis, chantajistas, pandilleros, leyendas de Hollywood, yuppies palancudos, convictos reincidentes, ratas de cuello blanco y algunas cuantas chicas materiales pasan lista en las páginas de esta obra de la picaresca contemporánea, bajo el látigo impío de un narrador con madera de cómplice. La excusa es lo de menos: una vez iniciado el festín de la trácala, todos bailan al son de los papeles verdes”.

Es Xavier Velasco, de regreso. SinEmbargo le ofrece un fragmento del libro Los años sabandijas por cortesía de Grupo Planeta México.

Ciudad de México, 5 de noviembre (SinEmbargo).– Xavier Velasco, premio Alfaguara, está de regreso. Ahora, con Los años sabandijas.

“Las noches del Atari. El primer Walkman. La gran devaluación. Las blusas con hombreras. El penal que Hugo falló. Los peinados de Pat Benatar. La vieja canción de The Clash. El día del temblor. Los años sabandijas es un viaje sin frenos por la década desatada, ahí donde al ridículo muy poco se le teme y las leyes parecen obstáculos salvables para el Ruby y el Roxy: dos pícaros inmunes al escrúpulo cuyos caminos se hallan infestados por una variopinta fauna urbana”, dice Grupo Planeta, a donde ahora publica un autor que estaba muy relacionado con Alfaguara.

Xavier Velasco escribe ha publicado las novelas Diablo Guardián (2003), Éste que ves (2007), Puedo explicarlo todo (2010) y La edad de la punzada (2012). Escribe las columnas Pronóstico del clímax en el diario Milenio y Exceso de equipaje en la revista Aire. Colabora, asimismo, en el sitio web Zenda (zendalibros.com) y en su blog personal, La leonina faena (xaviervelasco.com).

Con permiso de la editorial, les llevamos a ustedes el adelanto de su nueva novela.

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VIII Mal negocio

—Dio la vuelta prohibida. Es sentido contrario. ¿No vio la preventiva? Venía haciendo eses. No tiene preferencia. Además invadió la línea peatonal. A ver, prenda sus luces. Trae descompuesta una direccional… —traza el suboficial Roa líneas rectas y cortas en el aire, con el índice a modo de florete flotando entre el tablero y el parabrisas. No le gusta tener que dar lecciones, pero le toca y más vale esmerarse.

—¿Cómo sé si no tiene preferencia? —rumia el cabo Danilo al lado suyo, un poco defendiéndose de sus tinieblas.

—Su licencia está vencida —alza ahora el dedo Roa y lo sacude machaconamente, a mitad de camino entre amonestación y ultimátum. —¿Por qué le cuelga el mofle? No sirve el velocímetro. Le falta una tenencia. No le funciona un cinturón de seguridad. Trae las llantas muy lisas. Está contaminando. No coincide su nombre con el de la tarjeta de circulación. ¿Dónde está su factura?

—Espérese siquiera, déjeme que lo apunte —pide clemencia el cabo, pone cara de niño.

—¿Y el espejo derecho? Trae ponchada la llanta de refacción. ¿Viene tomado, oiga? ¿Dónde dejó la llave de cruz? Está oxidado el gato. ¿Y esa maleta, es suya? ¡Muéstreme un documento que lo certifique! —para el suboficial de pelarle los dientes, cierra y abre los ojos, suelta el aire, medita con la vista desenfocada. Luego tuerce la boca e inclina la cabeza para hacer evidente su resignación: —Tiene dos infracciones, mi estimado. Va a haber que remitir el vehículo al corralón y se le va a entregar en setenta y dos horas, previa acreditación de propiedad, pago de multas, infracciones y obligaciones pendientes.

Son las trece horas siete minutos, según el locutor de la XEQK, y al suboficial Estanislao Roa Tavares se le está haciendo tarde con el negocio. Como todos los días, pero hoy peor. Llevan más de seis horas camellando y no juntan siquiera para pagar la renta de la patrulla. Para joderla entera, ya no traen gasolina y tampoco ellos han desayunado. A ver, ¿a él quién le paga por el adiestramiento del cabo Danilo? Al contrario, le cuesta. A estas alturas, todo el mundo sospecha que una patrulla es primero un negocio que un servicio. Lo que nadie les dijo es que es un mal negocio. Un negocio de mierda, cómo no.

—¿Ya me entiende, pareja? —alza los brazos y extiende las palmas el suboficial Roa. —En este pinche bisnes todavía no se inventan los inocentes. Todos tenemos algún lado chueco, nomás es cosa de saber encontrarlo. No buscarlo, ¿verdad?, en-con-trar-lo. Que busquen los pendejos, entre lo que se encuentren. Nuestra chamba es hallar lo que no hay.

—Es que yo no me sé muy bien el reglamento —trata otra vez el cabo de comprar tiempo.

—¿Ha jugado a la perinola, pareja? —se estira y ya bosteza el suboficial. —Pues aquí es parecido. Toma uno, pon dos, y al final todos ponen. O sea que se levanta usted en la mañana, se mira en el espejo con cara de chingón y dice órale pues: Toma Todo, Jefazo. Y se agarra los huevos, para que conste el pedo ante notario. Luego se baña bien, si puede en agua fría, para que salga bien encabronado y listo pa cobrarse con el primer culpable que se le atraviese. ¿O sea quién, a ver…?

—¿Un infractor? —arruga las facciones el aprendiz.

—Cómo es usted pendejo, pareja, con todo respeto. ¿No le dije que aquí no hay inocentes? Y si no hay inocentes, todos son infractores. Voy a darle el ejemplo, pa que le caiga el veinte. Dígame un número del uno al diez, el que primero se le ocurra.

—Siete.

—Ahora cuente los coches que vamos rebasando de su lado. Al séptimo lo vamos a parar.

—¿Por qué?

—Por nuestras barbas, pues. Pero usted es tan reata que sin abrir los ojos va a encontrarle una falla.

—¿No le hace que sea taxi… minitaxi? —alza Danilo el cuello, se remuerde los labios, ya descubrió que aquel volkswagen verde, séptimo de la cuenta, trae una calavera medio rota.

—¡Me importa un pito el taxi, chingao joder! —farfulla, se endereza, se agarra la cabeza el suboficial y descarga un manazo en el asiento. Se libra de las gafas, tieso de puro atónito. Aguza la mirada, arruga la nariz, libera una sonrisa maliciosa y asiente varias veces, como si un sol secreto recién lo deslumbrara. Luego se rasca el coco, chasquea los labios, alza el dedo hacia el frente: —Mejor vete sobre éste, mijo.

—¿Ya le encontró algo chueco? —pela los ojos el subordinado.

—Pues sí, ya se lo hallé, pero no voy a hacer tu trabajo, cabrón —se pitorrea Roa, tras dar la orden por el altavoz al conductor del coche de adelante y detenerse justo detrás de él. —Órale, pues, pareja, duro con el felón.

—¿No le hace que sea gringo? —repara la pareja, ya con la portezuela entreabierta.

—¡Gringos serán mis güevos! —lo empuja el superior hacia afuera del coche. —Aunque sea Cassius Clay, o Mohammed Etí, o como se llame ahora el güey ese, usted igual va y se la deja ir, por violar el chingao Reglamento de Tránsito.

—Trece horas trece minutos, trece trece —apremia la XEQK desde el radio de pilas debajo del asiento, suena luego el pitido minutero y regresa la voz a gran velocidad: —Eshoradeinvertirenvaloresbanobras.

A pesar de la hora y el calor, el suboficial Roa ya se estira y bosteza con una sospechosa placidez. Cualquiera pensaría que de un instante al otro se le fueron las prisas. Como si en vez de esa triste carcacha con todavía más golpes que calcomanías estuvieran parando un Grand Marquis del año. ¿Cuántas calcomanías, a todo esto? Unas quince nomás en el vidrio trasero, calcula y se pregunta si eso no es suficiente para obstruir la visión del conductor. Echa mucho humo el mofle, aparte. ¿Le funcionará el claxon? ¿Traerá algún autoestéreo, robado a lo mejor (y es más: seguramente)? Pero sea como sea, y aunque traiga el más caro de los estéreos y la cajuela llena de bocinas, se embebe especulando, se rasca la ingle izquierda, suelta una risa amarga el de la voz cantante, ¿cuándo va a imaginarse en la que se metió?

—¿Sabes siquiera con quién te metes, cabrón? —tuerce los labios el conductor, como buscando compensar su extrema juventud con la insolencia propia de un heredero con escasas pulgas.

—¿Ya me viste la cara, por lo menos? ¿Cómo ves si mañana despiertas desempleado?

—Tranquilícese, joven… —titubea el de uniforme y echa un ojo nervioso a la patrulla.

¡Puta y se casó de blanco!, brama entre dientes el suboficial. El mocoso de mierda le está pisando la sombra al Danilo y ahora le va a tocar hacer de malo desde el mero arranque. Se mira un par de instantes en el retrovisor: a su edad, los más malos están de comandantes, tienen casa en Las Lomas y todo un batallón de muertos de hambre taloneando en las calles para pagar sus viajes, sus viejas y sus lujos. Él entre ellos, ¿verdad? Mordelón de patrulla. Oficial despedido. Capitán de mentiras y otra vez despedido. Suboficial de tránsito reinstalado por pura caridad. Un villano tan frágil que está a medio minuto de ser amenazado con perder su trabajo por un escuincle meón. Nada más de pensarlo y calibrarlo, siente fluir el chute de mala leche que hace falta para entrar en papel. Ándale pues, chamaco nalgasmiadas, recita, no sin música, tamborileando índice y meñique sobre la mera orilla del tablero, como que va siendo hora de que hagas un esfuerzo y te me acuerdes de la última vez que invertimos en Valores Banobras…

—Déjelo ya, pareja —ordena desde lejos el suboficial, súbitamente dueño del libreto, tras dejar la patrulla y salir a escena.

—¿Pido refuerzos, mientras habla con él? —se amedrenta Danilo de sólo verle la cara de piedra, susurra un par de frases inaudibles y se repliega al otro lado del Rambler, haciendo el ademán de cubrir ese flanco, mientras el conductor aprovecha y se encierra de regreso en el coche.

—Muy buenas tardes, joven —se asoma entre triunfal y diplomático el suboficial Estanislao Roa Tavares, una mano pescada del espejo y la otra entretenida en calzarse los Ray-Ban, por la ventana abierta del Rambler amarillo con las placas de Texas sobrepuestas. —¿Sería tan amable de abrirme su cajuela?

IX Charola mata fusil

La Princesa tiene dos sucursales, una en la esquina de Tacuba y Brasil y la otra en Félix Cuevas, al lado de Insurgentes. Ninguna de las dos es un buen parapeto para uno con la facha de Gamaliel Urbina —puede pasar por policía o ladrón, pero difícilmente da el gatazo de cliente de una joyería, aun si ésta ofrece anillos de brillantes al alcance de presupuestos grises— no tanto porque sea un miserable, sino porque un ladrón o un judicial suelen tener acceso a ofertas preferibles. ¿Qué tanto hace ese extraño contemplando el reflejo impreso en los cristales de la avenida, antes que el interior de las vitrinas? ¿De qué y por qué se esconde? ¿Qué trama de ese modo descarado?

Lo que está por saber el policía bancario que ya se acerca con el fusil en alto es que en la bolsa interna de la chamarra se esconde un arma algo más poderosa y de paso una joya más brillante, todo en un mismo producto. No se ha plantado aún el policía delante del notorio sospechoso cuando ya éste le puso en media cara la charola: esa mágica especie de salvoconducto que no sólo inmuniza al portador, sino además lo hace lucir temible. Más todavía si la charola incluye la credencial metálica y el escudo de la corporación, a ambos lados del estuche de cuero, y el colmo si las siglas de esa oficina corresponden a la División de Investigaciones para la Prevención de la Delincuencia.

El policía da dos pasos atrás, no del todo seguro de la autenticidad de la placa metálica. Pero ése no es el punto, pues lo que cuenta no es que uno cargue charola o pistola, sino que sepa emplearlascon toda propiedad. Sea, al fin, lo que sea el merodeador, se le ve la destreza de esgrimista en el impetuoso arte del charolazo. Cierto es que la charola de Gamaliel Urbina Flores no compite en pureza con los diamantes del aparador, pero es la autoridad con que éste la despliega lo que hace verosímil la amenaza. Hazte a un lado, cabrón, le ha dicho por lo bajo al de uniforme, al tiempo que le untaba la charola en la jeta.

La pinta manda, claro, y la del Gamaliel es patibularia. Bigote de aguacero, barba mal rasurada, nariz ancha y ganchuda, boca y belfos torcidos como en una perpetua mala gana. No tiene todavía el rictus de desprecio, la pose indiferente, la mala leche intrínseca de ésos que hoy lo mandaron a merodear. Una chamba esporádica y no muy bien pagada, excepto cuando logra emparejarse y se lleva algún extra generoso. De cuando en cuando vuelven a prometerle que ya le van a dar la plaza y el salario, igual que el Comanchú se acerca y le pregunta por sus hijos, o el Muertis le regala una nueva charola, pero lo hacen nomás por encandilarlo. Un verdadero agente de la DIPD no necesita ni sacar la charola para hacerte cagar en los calzones, ni espera a que eso pase para olisquearte el miedo en los entresijos.

El Gamaliel tiene treinta y dos años, pero cualquiera le echa cuarenta y tantos. Puede que sea el alcohol, la costumbre de dormir mal y poco, o el lustro destemplado que se pasó en la cárcel antes de tropezarse con los agentes. Hará ya unos tres años que lo agarraron saliendo de una casa en Bosques de Las Lomas, que como es natural no era la suya, cargado de relojes, anillos y collares que le habrían ganado su tercera consignación penal, de no mediar entonces la intervención providencial del Muertis, quien solía ser amigo de su hermano mayor y de pura chiripa lo recordaba. Vas a ser un agente tan secreto que ni tu pinche madre va a enterarse, lo cabulearon sus reclutadores, todavía jugando a intimidarlo. Luego lo habilitaron, con todo y su charola troquelada. Fue así que el raterillo se transformó en madrina.

Al otro lado de la avenida, con dos llantas trepadas en la banqueta de Liverpool Insurgentes, está un coche color azul marino —Ford Galaxy sin placas, modelo 74— al volante del cual dormita un individuo con el periódico abierto sobre la cabeza.

NOVELESCO FINAL DE LA HISTORIA DE AMOR DEL PRÍNCIPE CARLOS Y DIANA

se lee en el flanco izquierdo de la primera plana, bajo una imagen donde la princesa alza la palma abierta ante el gentío.

Hace más de tres días que Espiridión no duerme. Y tampoco es que haya comido mucho, con el Muertis arreándolo mañana, tarde y noche y el Comanchú pisándoles la sombra. Hasta ayer le bastó con el perico, pero hoy está mareado. Tanto que ni siquiera sueño tiene, aunque igual se conforma con taparse la luz del mediodía. Nada que no pudiera resolverse con una taza de te con té. Y luego el periquito, para estabilizar. Si pudiera escaparse unos minutos, echaba la carrera a la vinata, se armaba de una pacha de tequila y se metía al Denny’s en busca de un tecito de manzanilla. O mandaba a comprarla al Gamaliel, pero ya dijo el Muertis que la reata está tensa. Al cabo el te con té puede esperar. Mejor mareado yo que encabronado el jefe, murmura para adentro con los labios cerrados y pegajosos, ni lo quiera Dios.

La charola descansa bajo el extremo izquierdo del parabrisas, a unos pocos centímetros del maldormido. Si a alguno por ahí le molesta o le enoja que la carrocería del Ford invada la mitad de la banqueta y un tercio del carril del trolebús, puede leer el nombre del interesado y arrepentirse a tiempo de perturbar la siesta del agente Espiridión Santacruz Rebollar. Un tipo de por sí poco agraciado, a juzgar por la foto en la credencial. Cara redonda, pómulos prominentes, mandíbula salida y un labio leporino que le complica la pronunciación y a menudo intimida a sus interrogados. Otro se habría dejado un buen bigote; el Espiro prefiere ser temido que amado.

Cuando suena la hora de abrir los párpados, el agente Santacruz experimenta una irritante sensación de despojo. Corrían apenas los minutos iniciales del sueño —los momentos en que éste se asemeja mejor a la muerte porque es hondo, pesado, insondable— cuando escuchó llegar del otro mundo la voz inconfundible, por tipluda, del Muertis. Para quien duerme así, a tan corta distancia del estado de coma y por tan corto rato, no es raro despertar con la certeza de que la vida es toda pesadilla. Y peor resultará si pasa por el radio su voz de adormilado, así que pega un brinco, carraspea, consigue articular tres ruidos guturales y oprime ya el botón para informar al Muertis que lo ha entendido todo.

—¿Estás durmiendo, güey? —chilla la voz de niño del Muertis, medio distorsionada por efecto de la bocina rota del radio.

—Negativo, mi Gil —se cuadra el aludido, con la respiración entrecortada por el candente amago de cagotiza. —Estaba ahorita sobres con el objetivo. Al Gamaliel lo tengo encima de él, aprovechando que ni se da fijón porque está de goloso con un cliente. Tú nomás dime y yo procedo en chinga.

Al otro lado del embotellamiento, sobre la acera norte de Félix Cuevas, la atención titubeante de Gamaliel Urbina oscila entre el Ford Galaxy que el Espiro recién abandonó y la acción en la esquina de la calle Manzanas, que al cruzar la avenida —seis carriles ruidosos y caóticos— cambia de nombre a Oso. Hace un par de años ya que Félix Cuevas se transformó en el eje 7 Sur y perdió el camellón, de modo que el Espiro y Gamaliel parecerían mirarse desde las dos orillas de un río ancho y alebrestado. Pero eso pesa poco para el motor interno de Espiridión, que apenas se ha polveado la nariz y ya cruza carriles como un banderillero, las manos ocupadas enarbolando el escudo metálico y blandiendo una Magnum .45, mientras los conductores van dando el enfrenón protocolario con los pelos parados de rigor.

A una seña distante de Espiridión, Gamaliel echa a andar por la banqueta. Es un paso gatuno, mal copiado de la plasticidad felina del Muertis y el Espiro, que en vez de autoridad transmite miedo. Cualquier otro mirón juraría que al fin se ha decidido a atracar La Princesa, pero de eso se trata: que prueben el chilazo del desconcierto (¿qué pasa?, ¿dónde estoy? , ¿compré boleto yo para esta pesadilla?). El brazo subrepticio de la ley sale a escena repartiendo el pavor a partes iguales, y en medio de ese caos baja del cielo san Espiridión, con La Ley de su lado como una amante untuosa y complaciente. Esta vez, sin embargo, la estrategia es ligeramente distinta. Van tras un oficial de Policía y Tránsito. Se trata de mosquearlo y levantarlo. Y antes hay que espantar al compañero, que tiene todo el tipo de mearse en las sábanas. Buenas tardes, señor, oficial, capitán, lo que sea o se crea el pendejete, sea usted tan amable de acompañarnos.

Una vez que estuvieran en camino ya le diría el Muertis quién lo mandó llamar con tanto protocolo.