“Pero, ahora que el Gobierno no controla a los medios, y al igual que con Francisco I. Madero entre 1912 y 1913, la acción de muchos periodistas ha sido lanzarse, con demasiada subjetividad, contra el Presidente”. Foto: Cuartoscuro

La información ofrecida por el Gobierno de López Obrador y la intención de dejar claro el operativo de Culiacán, contrastan diametralmente con la actitud del Gobierno de Peña Nieto en el caso de Ayotzinapa, como también lo hacen la complacencia de los reporteros con Peña Nieto y la conformidad con sus versiones, con la belicosidad que han mostrado contra AMLO, y su afán de buscar falsedades, contradicciones y comprometerlo.

¿Cuándo el Presidente anterior y su equipo de seguridad informaron, con todo detalle, sobre su actuación en la negra noche de Iguala? ¿Cuándo cuestionaron los reporteros tan insidiosamente al secretario de Gobernación sobre la información de inteligencia en torno a la fuga de “El Chapo”? Ni siquiera los anteriores presidentes ofrecieron una sola conferencia de prensa, para hablar de tú a tú; nunca se interrogó a Calderón sobre los entretelones de su decisión del inicio de la guerra.

¿Por qué tanta comprensión de los hombres de la pluma (salvo contadas excepciones) por los anteriores presidentes? ¿Simpatía? ¿Transparencia gubernamental? ¿Los anteriores hacían tan bien su labor presidencial que no quedaba algo por preguntar? No, la empatía de la gran prensa con los presidentes tenía una explicación: el bozal.

A mí me consta que muchos periodistas tenían prohibido escribir la información que obtenían, porque era contraria a las políticas de los medios en los cuales trabajaban, y que muchas veces las políticas de los medios de comunicación estaban determinadas por la política del Estado que, como bozal, les tapaba la boca. Este fue un bozal que muy pocos se quitaron.

Todos los que trabajamos alguna ocasión en los medios conocemos puntualmente la máxima de la prensa nacional, “paga mejor lo que no publicas”; muchos de los que se desgarran las vestiduras con las expresiones del Presidente, antes sonreían plácidamente ante las mentiras públicas de los mandatarios.

Eso, vivir de no hablar, de no decir, es usar un bozal; nunca tener un intercambio de ideas contrarias con el Presidente, eso era un bozal, un bozal del que se quejaban después de la tercera cerveza. Pero, ahora que el Gobierno no controla a los medios, y al igual que con Francisco I. Madero entre 1912 y 1913, la acción de muchos periodistas ha sido lanzarse, con demasiada subjetividad, contra el Presidente.

Y esta nueva belicosidad, esas puntillosas preguntas, esas capacidades de debate y técnica de interrogación nos dicen que abajo del disfraz de caperuza se escondían verdaderos perros de guerra, auténticos canes incansables y pertinaces que no buscan la verdad de los hechos, sino golpear políticamente al símbolo de su anterior sumisión.

Muchos de los feroces de hoy, que antes tenían un bozal muy conveniente que los sometía, al quedar liberados se han lanzado a morder al que, contra su voluntad, los dejó libres y sin quien compre su silencio.