¿Qué hay detrás de nuestras costumbres, chistes, películas, programas de televisión, revistas y lenguaje? A través de un ensayo incisivo y provocador, el analista político y periodista Hernán Gómez Bruera desentraña una de las problemáticas más acuciosas de la sociedad mexicana: el racismo y el clasismo.

Mediante una investigación y el análisis de ejemplos recientes, declaraciones de personajes de la vida pública y entrevistas, Gómez Bruera devela los mecanismos de exclusión de un sistema social y económico que brinda ventajas a un sector de la población, al tiempo que discrimina y segrega a otro.

Ciudad de México, 5 de diciembre (SinEmbargo).- Con un tono incisivo y provocador, este ensayo irrumpe en el diálogo actual sobre una de las problemáticas más acuciosas de la sociedad y un mal que debemos erradicar de nuestro comportamiento: el racismo y el clasismo en México.

“Eres un racista. Sí, tú. Lo eres tú… y lo soy yo. Lo somos todos. Ya va siendo hora de que dejemos de engañarnos a nosotros mismos porque todos tenemos, en mayor o menor medida, algo de racistas. Con tal declaración, Hernán Gómez Bruera inicia este ensayo. ¿Qué hay detrás de nuestras costumbres, chistes, películas, programas de televisión, revistas y lenguaje?

A través de una investigación bien documentada y mediante el análisis de ejemplos recientes, declaraciones de personajes de la vida pública y entrevistas, Gómez Bruera desentraña la estructura social y económica de un sistema que brinda ventajas a un sector de la población; al tiempo que discrimina y segrega a otro. A la par, el autor devela los mecanismos de exclusión, a través de los cuales el tono de la piel y otros rasgos físicos determinan las oportunidades a las que podemos acceder.

A continuación, SinEmbargo comparte, en exclusiva para sus lectores, un fragmento de El color del privilegio, libro de Hernán Gómez Bruera, analista político, internacionalista, periodista y conductor en La Octava. Cortesía otorgada bajo el permiso de Grupo Planeta México.

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¿QUÉ TIPO DE RACISTA ERES?

El primer paso para resolver el problema de racismo —esa creencia equivocada de que ciertos seres humanos son mejores que otros o merecen más por sus características físicas, su idioma o pertenencia étnica— es reconocer que todos somos racistas o tenemos algo de racistas. Quien escribe estas líneas y quien las está leyendo en este momento también. Estemos o no dispuestos a reconocerlo, nos guste o no nos guste, el racismo en México es una práctica cotidiana y normalizada, un hecho que se da y se repite, un sistema que funciona en un continuum que va desde las formas más abiertas y evidentes hasta las más disimuladas e inconscientes.

Decir que todos somos racistas no implica que hayamos elegido serlo de forma consciente y deliberada. En todo caso, implica aceptar que todos formamos parte de un sistema. Uno en el que crecimos y en el cual hemos sido educados, que de una u otra forma nos hace cómplices y partícipes de un conjunto de prejuicios que fácilmente pueden derivar en prácticas de discriminación racial.

Por eso, si genuinamente queremos vivir en una sociedad sin racismo debemos comenzar, en primer lugar, por reconocer el problema, algo similar al paso que tiene que dar el alcohólico al aceptar el problema que padece y trabajar todos los días para solucionarlo. Lo mismo pasa, seguramente, con otras formas de discriminación: para superar el machismo, el clasismo, la homofobia o la xenofobia, debemos reconocer que somos machistas, clasistas, homófobos o xenófobos.

Desde luego que no todos somos racistas ni discriminamos de la misma forma ni en la misma intensidad; tampoco lo hacemos igualmente conscientes, por supuesto. De lo que se trata es de revisarnos a nosotros mismos, analizarnos y así descubrir dónde se aloja ese racismo que muchas veces no somos siquiera capaces de identificar y que otras veces aceptamos como si fuera algo «chistoso».

El proceso pasa por reflexionar sobre nuestra forma de ser, pensar y actuar, lo que hacemos y dejamos de hacer, lo que decimos o dejamos de decir. Implica revisar lo que determina nuestros gustos y prácticas cotidianas para ser capaces de identificar en qué reducto de nuestro ser se aloja ese racismo nuestro de cada día.

Esta tipología de racismos puede servir para comenzar con esa necesaria revisión. He tratado de enumerar 10 manistaciones del racismo desde las más graves hasta las menos, aunque el rigor no es estricto y las categorías pueden empalmarse, sin ser mutuamente excluyentes:

1) El racista descarado

Es el que ejerce una forma abierta y desvergonzada de racismo —la más extrema de todas— y lo hace generalmente de manera activa, consciente y deliberada. Es aquel que cree en la existencia de una «raza» superior e incluso, en algunos casos, milita para hacer valer ideas supremacistas que lleven a ese grupo a situarse por encima de los demás. Esta forma de racismo segrega, excluye y aparta al diferente porque considera que es imposible mezclarse y convivir con él. Comenzó quizá con ese racismo «científico», esa seudociencia promovida durante el siglo xix que clasificaba a individuos de diferentes fenotipos en diferentes «razas», jerarquizadas entre seres humanos, supuestamente, superiores e inferiores.

Es la prédica y práctica histórica del Ku Klux Klan, que a partir de la abolición de la esclavitud en Estados Unidos recurrió al terrorismo, la violencia y actos intimidatorios en contra de negros, judíos y otros grupos. Es el letrero que todavía en los años sesenta en Estados Unidos decía: «Aquí no se aceptan perros, negros ni mexicanos». Esta primera forma de racismo —la más fácil de identificar— es también la peor de todas porque recurre a la violencia física, al homicidio selectivo o al genocidio en nombre de una «solución final», como la que llevó al exterminio de los judíos en la Segunda Guerra Mundial, o la «limpieza étnica» que promovieron Slobodan Milošević, Radovan Karadžić y Ratko Mladić en la antigua Yugoslavia.

En nuestras tierras, ese tipo de racismo no es hoy tan común, aunque ciertamente estuvo muy presente a lo largo de nuestra historia: existió desde tiempos coloniales, cuando se discutía si los indígenas tenían alma, y cuando se instauró el sistema de castas, a través del cual la sociedad se organizó en una pirámide jerárquica basada en el color de piel y la «limpieza de la sangre», siendo la española la de mayor dignidad y la de ascendencia africana la más despreciada.

Del más cercano siglo XX también podemos extraer varios ejemplos de este tipo de racismo, descarado, segregacionista y violento, como lo fueron los crímenes de odio cometidos contra los chinos en Sonora en 1911, que se llevaron la vida de más de 300 y despojaron de sus bienes a otros 150; la prohibición, establecida por el Congreso de ese estado en 1923, de que mujeres mexicanas se casaran con chinos; la política migratoria de los años veinte y treinta que prohibió la entrada al país a negros, amarillos, malayos, hindúes, gitanos, chinos, árabes y judíos. Y no se diga de la aparición de organizaciones de ultraderecha como la Liga Nacional Anti-China y Anti-judía o los comités Pro-Raza que, influidos por los regímenes fascistas de Europa, buscaban boicotear los comercios de estos grupos y expulsar del país a judíos, chinos y negros. Quizá la expresión más extrema de todas fueron los Camisas Doradas, la organización más parecida a los Camisas Negras en la Italia fascista, las Pardas en Alemania nazi o las Azules en la España falangista. Los Camisas Doradas en México fueron partidarios del exterminio judío, y en diversas ocasiones recurrieron a la violencia contra este grupo.

La forma más abierta y desvergonzada de racismo. La prédica y práctica histórica del Ku Klux Klan, que a partir de la abolición de la esclavitud en EU recurrió al terrorismo, la violencia y actos intimidatorios. Foto: Especial

2) El racista que no osa confesar su nombre

Es otra forma de racismo, menos agresiva que la anterior, aunque mucho más frecuente en nuestra sociedad y más difícil de desmontar. Es el racista que aparta, segrega y excluye, aunque por lo general no lo busque deliberada y conscientemente y no recurra a la violencia física. Es el empleador que, a la hora de la verdad, prefiere al güerito antes que al de tez morena para ocupar determinada vacante, el que se inclina por aquel que no tiene rasgos atribuidos a los indígenas o afrodescendientes. Es el reclutador que, al anunciar un puesto de trabajo, pide gente con «buena presencia», cuando al final terminará decantándose por el candidato de tez más clara o el tipo más cercano al modelo occidental.

Es el que, a sabiendas de que está siendo racista, toma decisiones que afectan a una persona o grupo de personas con base en sus características físicas. Es el que, en su «gusto por discriminar», y sin importar incluso lo que esto pueda costarle a él mismo, toma decisiones con base en la apariencia física de las personas —normalmente a partir de criterios como el tono de piel o el fenotipo—, en lugar de atender al talento o la capacidad de las personas que está buscando.

Es el cadenero que le cierra el paso al de «tez humilde», para emplear el lenguaje de algunos, que pretende ingresar a un antro porque su tono de piel le sugiere que no habrá de consumir lo suficiente. Es la hostess que, al asignar a los comensales en un restaurante, coloca en la parte de atrás del lugar a las personas morenas o de fenotipo indígena, mientras que sienta al frente a los blanquitos porque cree que «visten mejor» el lugar. Es el policía que desconfía de quien tiene la piel más oscura y lo vigila de cerca cuando ingresa a una tienda departamental. Es cualquiera que considera como gente «decente» al de tipo caucásico y duda de la honestidad, honorabilidad o buenos propósitos de aquellos que identifica entre los tonos de piel más oscuros.

El racista que no osa confesar su nombre es el cadenero que le cierra el paso al de «tez humilde», que pretende ingresar a un antro, porque su tono de piel le sugiere que no habrá de consumir lo suficiente. Foto: Vice

3) El racista vergonzante

Es el que, al no estar plenamente consciente de ser racista, ni por asomo lo reconoce o reconocerá, pero a cada momento lo demuestra en sus prejuicios. Muchas veces este tipo de racista se declara abierto y tolerante, y suele enfatizar sus posturas como parte de una actitud «buena ondita» y queda bien, sea porque es lo políticamente correcto, sea porque se dice o se cree «progre», «moderno» y «abierto». Nada de esto impide, sin embargo, que el racismo aflore a la menor provocación. La forma más fácil de distinguir a este tipo de racista es por la manera de construir sus frases, que incluyen muchos sin embargos y asegunes. El típico racista vergonzante empieza diciendo: «No es por ser racista, pero…» o «No es porque Evo Morales sea indígena, aunque…». Este tipo de preámbulos casi siempre suelen ir seguidos de un prejuicio racista o un planteamiento que tiene por resultado último discriminar a las personas. «Yo no soy racista», dirá tal vez este racista, «pero qué huevones son los indígenas, si le chingaran más no estarían tan jodidos». «No es porque Evo sea indígena, pero es claro que tiene limitaciones para ser un digno jefe de Estado». A este tipo de racista también podríamos escucharle decir: «No tengo nada en contra de los negros, pero la neta apestan» o «No es por racismo ni clasismo, pero malditos nacos que no saben hablar».

El racista vergonzante se dice o se cree «progre», «moderno» y «abierto», pero su racismo aflora en las frases que utiliza. Foto: Especial

4) El racista de las particularidades

Otro tipo de racista es aquel que, sin denostar a un grupo social en su totalidad o desvalorizarlo por completo, reprueba cierto(s) aspecto(s) particular(es) intrínseco(s) a su forma de vida o sus costumbres, cuando estas probablemente constituyen un elemento esencial de su propia identidad o tienen que ver con una respuesta frente a la discriminación que padecen. Una forma de ejercer este racismo, por ejemplo, es cuando se condena a los indígenas por vivir en zonas rurales o estrechamente vinculadas a la tierra, considerándolos por estas y otras razones «atrasados» o «ignorantes», y explicando a partir de ello el que vivan en una condición de pobreza. Otra es cuando se les critica por «no hablar bien español», suponiendo que hay una sola forma de hacerlo y considerando que los pueblos indígenas son quienes deben adaptarse a la cultura mayoritaria.

El típico racista de excepción es el que cree que el «tradicionalismo» y el apego de los pueblos indígenas a sus costumbres representan un freno al progreso, al desarrollo y a la modernidad. Es, por ejemplo, un empresario en Chihuahua que me dijo: «Estos cuates [los indígenas] tienen que acoplarse a las nuevas tendencias de la economía, ser productivos y educarse como los demás. Aquí en Chihuahua muchos viven de la caridad, son alcohólicos y cero productivos». Es también ese empresario del sector energético que me dijo:

La gente de pronto no quiere salir de la pobreza, se arraigan a sus costumbres. Mi padre tiene ranchos en Hidalgo y si vieras lo difícil que es convencer a la gente allá para que estudie o haga algo… Yo tengo un mocito en mi casa, que es también tu casa, y el cuate no quiere salir adelante. Yo le digo que lo ayudo y no quiere. Le ofrezco alternativas para que estudie una carrera por las noches y me contesta [hace la voz aguda tratando de imitar la forma en que, según él, habla una persona indígena]: «Noooo, en las noches veo a la nooovia…». Es que es un gen que traen. Tu pregúntale a un huichol o a un mazahua si cambiaría su estilo de vida. Verás que muchos no quieren salir de ahí. La tecnología y la modernidad no les ha llegado, y esa gente sigue manteniendo sus costumbres.

Un ejemplo conocido es el de Gabriel Quadri, ex candidato presidencial, que tuiteó: «Si México no tuviera que cargar con Guerrero, Oaxaca y Chiapas, sería un país de desarrollo medio y potencia emergente…» (continuaré con el tema en el capítulo 15).

El típico racista de excepción es el que cree que el «tradicionalismo» y el apego de los pueblos indígenas a sus costumbres representan un freno al progreso, al desarrollo y a la modernidad. Foto: Especial

5) El racista de lo estético

Es el racismo que se expresa en los gustos que hemos aprendido desde pequeños o nos han sido impuestos a partir de los patrones de consumo. El que se materializa en los paradigmas de belleza impuestos por los medios de comunicación, el cine, la televisión y las revistas que determinan qué nos gusta, qué es cool o qué «está in». En México, particularmente, para millones de personas ser bonito o bonita, lindo o linda, guapo o guapa, atractivo o atractiva, es sinónimo de ser caucásico, alto, de tez clara, rasgos «finos», cabello rubio y ojos claros. En cambio, ser feo, desagradable o no apetecible es equivalente a tener un tono de piel que tiende a la oscuridad, rasgos que se consideran indígenas o afrodescendientes, baja estatura, ojos y cabello negros.

Esta forma de racismo estético se expresa en frases como: «aunque el niño es morenito, está bonito», «es una florecita de pantano», «la blancura es la mitad de la hermosura» o incluso en el uso del término chacal, utilizado para referirse a un hombre que, aunque resulta atractivo, tiene rasgos considerados mesoamericanos o proviene de un código postal que se considera «incorrecto». El racista de lo estético es el que asocia de forma automática la tez clara a la belleza, sea o no consciente de ello. Es también esa persona que solo puede sentirse físicamente atractiva si logra acceder al ideal de blanquitud. Es esa mujer que permanentemente está buscando ser güera, ya sea a través de tintes de pelo, cremas blanqueadoras o cirugías estéticas para tener rasgos más afilados y de tipo occidental (continuaré con este tema en el capítulo ocho).

Para millones de personas ser bonito o bonita, lindo o linda, guapo o guapa, atractivo o atractiva, es sinónimo de ser caucásico, alto, de tez clara, rasgos «finos», cabello rubio y ojos claros. Foto: Especial

6) El racista que invisibiliza

Otra forma muy común de racismo es aquella que vuelve invisible o resta importancia a determinadas personas o grupos sociales. No hace falta que hablemos bien ni mal de esas personas o grupos, basta con ignorarlos, hacer como si no existieran. Los vemos, pero no los miramos ni los observamos; los oímos, pero no los escuchamos, mucho menos dialogamos con ellos. En consecuencia, nada o casi nada en nuestra sociedad y en las políticas públicas está pensado, planeado y diseñado para que puedan formar parte de nosotros y ejerzan sus derechos, mucho menos para que se considere su perspectiva, su visión del mundo, su manera de ser.

La forma en que históricamente hemos invisibilizado a los pueblos indígenas es un ejemplo de ello. Lo dejó en claro la comandante Esther, cuando el 23 de marzo de 2001 subió al pleno de la Cámara de Diputados y en nombre de las mujeres indígenas dijo: «Sufrimos el olvido porque nadie se acuerda de nosotras». La consecuencia de eso es clara y lo dijo ella misma: «Nosotras además de mujeres somos indígenas y así no estamos reconocidas». Producto de este racismo que invisibiliza es que el grueso de los mexicanos nada sabemos acerca de los 70 pueblos indígenas existentes, de sus idiomas o sus costumbres. ¿Cuántos podrían mencionar siquiera diez lenguas vivas de México y la zona en que se hablan?, por ejemplo.

Durante el proceso electoral de 2018 quedaron claras las consecuencias de esta forma de racismo cuando Marichuy, una mujer indígena, intentó ser candidata a la presidencia. Como nuestro sistema financiero no está diseñado para este tipo de grupos porque simplemente nunca pensó en ellos, Marichuy y su gente tuvieron que dar miles de vueltas para que les permitieran siquiera abrir una cuenta bancaria y así poder cumplir con los requisitos de ley.

Y como la autoridad electoral piensa que vivimos en Suecia —el país «civilizado» que los consejeros del Instituto Nacional Electoral (INE) están empeñados en emular—, a la institución no se le ocurrió pensar en la cantidad de dificultades que representaría a los integrantes del Consejo Nacional Indígena hacer afiliaciones a través de una aplicación de celular, en el medio rural y entre las comunidades indígenas, sitios en los que muchas veces resulta difícil tener acceso a la luz, a la red telefónica y a internet.

Tampoco se les ocurrió contemplar que, para instalar esa aplicación, se necesitaba un tipo de teléfono inteligente que cuesta al menos 5 000 pesos. Como a quienes tomaron las decisiones no les pasó por la mente pensar en los pueblos indígenas, utilizaron una tecnología que acabó por excluir a una parte importante de estos pueblos del proceso, y —sin menoscabo de otros factores— los alejó de la posibilidad de crear un nuevo partido político nacional.

Quizá el mejor ejemplo de ese racismo que invisibiliza es el caso de las comunidades afrodescendientes, a las que hemos negado un lugar en nuestra propia historia. Desde el primer siglo como nación independiente, los mexicanos nos hicimos a la idea de que en México simplemente no había negros, al grado de que a partir de 1921 dejamos de contarlos en los censos de población. Hoy pocos saben que durante tiempos coloniales llegaron al país más esclavos negros que españoles. No hizo falta recurrir a matanzas o genocidios para desaparecerlos del mapa; simplemente los hicimos etéreos, actuamos como si no estuvieran, a pesar de que al comenzar a existir como país soberano la población de origen africano en México superaba 10% del total. La invisibilización de las comunidades afrodescendientes puede explicar, por ejemplo, que pocos mexicanos sepan que varios de los líderes de nuestra guerra de Independencia —como José María Morelos y Vicente Guerrero— eran también afrodescendientes, aunque no estamos acostumbrados siquiera a contemplar la posibilidad de que gente de origen africano pueda tener semejante relevancia histórica.

La invisibilización explica también el hecho de que antes de 2015, cuando se hizo la primera Encuesta Intercensal, ni siquiera sabíamos cuántos afrodescendientes había en el país. No teníamos siquiera claridad de que hay casi 1.4 millones de afrodescendientes en el país, y que representan 6.5% de la población en Guerrero, 4.9% en Oaxaca y 3.3% en Veracruz. Y si lo que no se cuenta no existe, el caso de los afromexicanos es paradigmático. Por eso estas comunidades, a diferencia de lo que ocurre con los pueblos indígenas, no han sido objeto de políticas públicas específicas para revertir la extrema marginación, la pobreza y la exclusión en la que viven. Antes de 2019 ni siquiera aparecían reconocidas en la propia Constitución; en consecuencia, tampoco podían ejercer cabalmente sus derechos.

Quizá el mejor ejemplo del racismo que invisibiliza es el caso de las comunidades afrodescendientes, a las que hemos negado un lugar en nuestra propia historia. Foto: Gaceta UNAM

La invisibilización, como una de las manifestaciones del racismo que afecta a ciertos grupos, no se ha detenido en la actualidad. Una de sus principales víctimas son aquellas personas que aparecen en el espacio de las élites blancas, desempeñando alguna actividad doméstica u otro tipo de labor, pero de las que nunca se guarda siquiera registro de sus nombres; son los «morenos-sin-nombre», como los bautizó Mario Arriagada: conserjes, trabajadoras domésticas o mensajeros que trabajan en casas y oficinas, pero cuyo trabajo nunca vemos, valoramos o reconocemos; sin ir más lejos, no nos sentimos siquiera en la necesidad de recordar los rostros de quienes los llevan a cabo.

7) El racista «cariñoso»

Otra manera de ejercer racismo es a través de la infantilización. Llamar «indito» al indio, «negrito» al negro o «morenito» al moreno podría verse como parte de la idiosincrasia mexicana, una manera de hablar plagada de eufemismos (como llamar «gordito» al gordo). Pero el uso de estos términos también forma parte de una manera particular de ejercer racismo que ve a ciertos grupos como si fueran menores de edad, en lugar de ciudadanos iguales a nosotros en derechos, obligaciones, necesidades y aspiraciones. Lejos de representar una muestra afectiva, infantilizar a un grupo de personas es una manera de tutelarlas, de decidir por ellas en lugar de reconocer su derecho a ser quienes son y quieren ser; a tomar sus propias decisiones, incluso a autogobernarse.

Esta forma de racismo conduce al paternalismo. Quien lo ejerce — que puede ser una persona en lo individual, una institución o el Estado en su conjunto— tiende a considerar que un grupo de personas son inferiores, normalmente por su modo de vida o su cultura y, en consecuencia, necesitan de nuestra protección y cuidado, por lo que son incapaces de tomar sus propias decisiones.

El racismo cariñoso es una forma muy mexicana de ser racista. «Mi muchacha es como de la familia», «yo la adoro», «es lo máximo», «no podría vivir sin ella». Otro podría ser: «Jesús, el jardinero, es un hombre muy bueno, casi no pide nada, se conforma con lo que le doy, hasta se come las sobras que tan generosamente le dejamos en la casa». Hay mucho menos amor detrás de estas frases que el que parece cuando algún trabajador doméstico o una trabajadora del hogar es desprovisto de humanidad, cuando se asume que puede vivir tranquilamente con menos que nosotros porque son «gente buena» o «se contenta con poco».

Ejemplo de racismo «con cariño» es cuando la famosa cantante Yuri, en una entrevista en Ventaneando, al hablar de Yalitza Aparicio (la actriz que interpreta a Cleo en Roma, el famoso largometraje de Alfonso Cuarón) exclamó: «Quiero que sepan que quiero a una persona así en mi casa. Si alguien me está viendo en Oaxaca, yo quiero una Yalitza para mí en casa. Me urge para apapacharla, para que coma con nosotros, que se vaya de vacaciones con nosotros, para que cuide a mi hija» (vuelvo al tema en el capítulo 14).

8) El racista consigo mismo

Quizá una de las formas más tristes, aunque también más comunes de racismo, es aquella que algunas personas se infligen a sí mismas aun cuando, por lo general, son incapaces de advertirlo. Y es que el racismo no solo se dirige hacia otras personas. Muchas veces también puede dirigirse hacia uno mismo o hacia las personas que se parecen mucho a ti. El racista consigo mismo es el que siente vergüenza de ser quien es. Aquel que, a fuerza de escuchar expresiones o presenciar actitudes racistas que se han vuelto parte de la cotidianidad —y por ende le parecen normales—, termina por incorporarlas y hacerlas suyas.

Quizá una de las formas más tristes, aunque también más comunes de racismo, es aquella que algunas personas se infligen a sí mismas. Foto: Especial

Es quien, como resultado de años, décadas y siglos durante los cuales su grupo social ha sido denigrado, minimizado o invisibilizado, termina por internalizar todo ello al punto de degradarse a sí mismo y a la cultura a la que pertenece. El racista consigo mismo es el que reproduce ese racismo del que es objeto y termina por despreciarse a sí mismo. Denominado por estudiosos como «endorracismo», se trata de una forma de racismo que emana «a partir del mismo grupo discriminado».