Carnaval de Mazatlán.

“En fin, las tonterías se han acumulado, en una población de medio millón de habitantes que se vuelca a la Avenida del Mar para disfrutar la alegoría que marca la pauta de cada carnaval”. Foto: Rashide Frías, Cuartoscuro

Los carnavales siempre serán punto de encuentro con el otro, el de aquí y el de allá, y más allá, lugar de fuga y de traiciones furtivas que da forma a la máxima ubicua “lo que pasa en el Carnaval se queda en el Carnaval”.

Espacio impuro para el relajamiento, los excesos de alcohol, sexo, drogas, o sea el carnaval más que un escenario, es un estado de ánimo, donde no parece haber lugar para el recogimiento, el recato, la devoción, por eso esta fiesta centenaria convoca multitudes, sea en Nuevo Orleans o Venecia, Veracruz o Mazatlán, Rio de Janeiro o Niza, y no sabe de la sana distancia ni hoy, ni mañana, porque los que van, van a la parte del desfogue, a soltar la rienda a los instintos con sus sudores y humores.

Por eso en las versiones modernas de esta fiesta pagana se ha buscado acotarlas, mediatizarlas, ennoblecerlas, con los exponentes más visibles de la alta cultura con la de masas. Ahí, está, el caso de México, mejor de Mazatlán, con sus conciertos de música culta que acompañan la coronación de la Reina del Carnaval en el majestuoso Teatro Ángela Peralta, mientras los conciertos populares, los de la raza de los barrios, con los más granado de la oferta musical de Televisa o TV Azteca que sirven de preámbulo a la coronación de la Reina de los Juegos Florales, donde el poeta galardonado con el Premio Clemencia Isaura, lee lento sus versos y recibe a cambio de la reina la Flor Natural.

Inmediatamente cierra con el alterne con los ritmos de tambora y regatón (así ocurrió el año pasado ante un público masivo, exultante y muy dispuestos a escuchar las notas disonantes del colombiano J. Balvin, quien, dicho de paso, se llevó un millón dólares por cantar dos horas, si dos horas, algo así como 7-8 mil dólares por minuto) que sepultaron en un instante el florido verbo de las rimas del poeta.

Luego vendría el final pletórico entre luces de bengala, juegos pirotécnicos y las inevitables gotas generosas de alcohol embotellado y enlatado. Esas gotas, chorros, que llevan a miles al Paseo de Olas Altas para alcanzar el clímax y encontrarse con el estallido de más cohetes y bengalas. Lugar mágico donde alguna vez vivió Amado Nervo y donde se hizo creador con el largo poemario de Perlas Negras, donde domina el mar y el oleaje espumoso, los acantilados y esa brisa maldita que alimenta a los enamorados del trópico. La misma que descubrieron entre sabanas Edward Weston y Tina Modotti en lo alto del vetusto Hotel Belmar y que luego dejaría registros de aquel viaje de búsqueda que iniciaron en 1921 por los pueblos costeños del Pacífico mexicano para encontrase con llamada Gran Nube Blanca sobre Mazatlán, considerada la primera fotografía abstracta.

O, también Pablo Neruda, que visitaría Sinaloa, mejor Topolobampo y Mazatlán, y dejaría una nota triste en su Canto General de ese Mazatlán que ya sólo existe como estampa estática en una vitrina del legendario bebedero olasalteño de Puerto Viejo. Y, cómo olvidar el tránsito de Anaïs Nin, la autora del erótico texto Pájaros de Fuego, que vino hasta la tierra que vio nacer a Pedro Infante y a la que le compuso y cantó José Alfredo Jiménez. Anäis no disfrutó del carnaval, pero sí de esa gente relajada, de sus calles con sus mercados y plazas, y la arquitectura decimonónica que un atrevido identificó como neoclásica tropical que registraría en su diario de viaje.

Quizá, por eso y más, duele que la pandemia se lleve este año una tradición, un festejo de 120 años de existencia. Desde que se coronó a la bella Rosaura Schobert en el primer carnaval de 1901. Pero les duele más a algunos, los funcionarios y dueños de los negocios, que giran alrededor de la festividad, porque se les va lana y por eso hoy, presionan para que aun con la pandemia no se cancele la fiesta.

Quizá, por eso, en su desespero el Alcalde morenista Luis Guillermo Benítez Torres, se resiste a renunciar a la fiesta carnestolendas y en el último intento, convoca a sus gobernados a una consulta para que ellos decidan “si habrá o no carnaval”, lo que inmediatamente ha provocado la repulsa en los sectores más críticos de la sociedad y se ha extendido a los medios de comunicación que les parece un crimen realizar este evento en medio de la pandemia.

El Alcalde se defiende señalando que sólo admitirían 20 de los 70 mil visitantes que llegan todos los años en esas fechas. Y, decimos algunos, ¿cómo asegurar que sean 20 y no 30 o los mismos 70 mil visitantes. ¿Y los locales?

En fin, las tonterías se han acumulado, en una población de medio millón de habitantes que se vuelca a la Avenida del Mar para disfrutar la alegoría que marca la pauta de cada carnaval. Que este año lleva el de “Lanao”, una alteración innecesaria de La Nao de China que, recordemos, venía desde el lejano oriente y se detenía, no en Mazatlán, sino en Acapulco, para continuar su ruta hacia los puertos del sur del continente.

Pero la consulta va, el Alcalde solicitó al Instituto Electoral del Estado hacerla y fue literalmente bateada por los consejeros, que no quisieron verse envueltos en esta insensatez, entonces, el Alcalde ante la negativa dijo: “no hay problema, nosotros mismos hacemos la consulta”.

Es decir, este domingo 6 de diciembre, los funcionarios del Instituto de Cultura serán los encargados de instalar seis centros de acopio de opiniones con la siguiente pregunta: “No obstante la pandemia, ¿Estás de acuerdo que se realice el Carnaval Mazatlán 2021? Si o no”. El Gobierno como juez y parte.

Como escribimos al principio, en el carnaval se vale prácticamente todo, pero nunca un alcalde se había atrevido hacer este tipo de consultas que evidentemente están marcadas por la parcialidad. Vamos, por el deseo, que se haga sin importar la salud o la vida de quienes aterricen en medio de la multitud sea por placer o trabajo.

O quizá, entendemos mal el sentido del tiempo, de aquellos años en que el carnaval era simple y llanamente fiesta para los lugareños, donde bastaban unos cuantos pesos para pasarla en grande, pétite comité, y ahora con los años, aquello ya no es lo que fue, es parte de la industria turística, y así los políticos, que eran entusiastas organizadores dejaron de serlo para convertirse en empleados de los empresarios y sus regalías, los moches, en medio del espectáculo, el confeti y la tambora sinaloense.

Sólo, por último, ¿dónde está la opinión de López-Gatell, responsable de la estrategia nacional de salud?

¡Al tiempo!