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Violeta Vázquez-Rojas Maldonado

05/12/2022 - 12:04 am

¿Qué nombre le pondremos?

“El Presidente sabe -y todos sus simpatizantes saben- que todavía hay mucho por hacer para consolidar su proyecto, y que esa será una labor en la que él, por todo lo que ha dicho, no tendrá participación alguna”.

A la marcha de más de siete horas sobre Paseo de la Reforma el pasado domingo 27 de noviembre le siguió un discurso de más de una hora y media en el que el Presidente detalló cada uno de los logros de su Gobierno condensados en más de cien puntos, seguidos de un pasaje especialmente interesante: una reflexión teórica sobre cuáles son los principios que guían a su proyecto y cómo debería llamarse, más allá de un Gobierno específico, la etapa histórica a la que caracteriza. Dice el Presidente: “no deja de importar cómo definir, en el terreno teórico, el modelo de Gobierno que estamos aplicando. Mi propuesta sería llamarle ‘humanismo mexicano’”.

Los siguientes minutos de su discurso los dedica a delinear los principios políticos, económicos y sociales de ese modelo de Gobierno y explica cómo, por más novedoso que sea el término en sus discursos, sintetiza lo que ha venido diciendo, por lo menos, desde hace veintitrés años, desde aquella campaña por el Gobierno de la Ciudad de México en la que acuñó la conocida frase: “por el bien de todos, primero los pobres”.

En el discurso del Presidente -como en cualquier otro- pesan tanto las palabras que elige (“felicidad”, “justicia”, “distribución equitativa” y, sobre todas las cosas, “pueblo”), como las que no menciona. El del domingo pasado contrasta con su discurso de hace un año por la ausencia de palabras como “izquierda”, pero también porque se excluye la mención reiterada de sus adversarios, a quienes hace un año describió como “conservadores” y “reaccionarios”,  “políticos corruptos”, “prensa que se vende o se alquila”, “intelectuales convenencieros” y “potentados dominados por la codicia”. Si el año pasado atribuyó explícitamente varios flagelos a la política neoliberal, este año apenas si empleó el término una vez.

El centro de la atención, sin embargo, es la selección de esos dos conceptos, «humanismo» y «mexicano» para caracterizar algo tan inasible como las palabras mismas que eligió para capturarlo. A veces parece que buscamos los nombres de las cosas como quien busca una caja del tamaño de lo que quiere guardar. Pero a veces, designar es algo más parecido a darle forma a algo a partir de su molde. En este caso, el Presidente escogió un molde lo suficientemente laxo como para incluir un amplio espectro ideológico pero a la vez delimitarlo con un adjetivo que no permita que se le diluya.

Humanismos ha habido muchos: religiosos, seculares, cientificistas, marxistas, existencialistas. Decir que tienen en común poner en el centro y como medida de todas las cosas la categoría de “ser humano” tampoco es decir mucho, pues ésta se puede entender como una propiedad universal (aquello que nos hace a todos ser miembros de la misma especie, como por ejemplo, la racionalidad) o bien se puede concebir como el énfasis en la libertad individual de las personas. Me atrevo a pensar que la elección de esta palabra en el discurso del Presidente obedece menos a un afán de hurgar en las entrañas del concepto y más a una intención de neutralizar los polos de dicotomías clásicas como “izquierda” y “derecha”, no porque el Presidente mismo no asuma su ideología como de izquierda (basta releer el discurso de hace exactamente un año por estas fechas), sino porque el término lo han usado tantos de maneras tan distintas que se ha vaciado de sentido, o al menos del sentido suficiente para definir un fenómeno relativamente nuevo y, dentro de las propias izquierdas, relativamente heterodoxo como el modelo del Gobierno que encabeza.

No hay que olvidar que para que AMLO lograra llegar a la Presidencia después de dos intentos fue necesario un discurso que, sin que traicionara los principios básicos de justicia social redistributiva, fuera suficientemente incluyente como para no ahuyentar a una buena parte de la sociedad que asume valores socialmente conservadores. De ahí que, por ejemplo, la defensa de derechos civiles como la interrupción del embarazo o el matrimonio igualitario, si bien nunca recibieron oposición de parte de AMLO, tampoco fueron defendidos abiertamente como tales. Hoy, varios años después de esas campañas, la penalización del aborto fue declarada inconstitucional y el matrimonio entre personas del mismo sexo es legal en todo el país.

Si el de  “humanismo” es un término polisémico, el de “izquierda” tal vez lo sea más. Existe, por ejemplo, una buena parte de la oposición (digo “buena” no porque sea muy grande, sino porque es muy mediática) que le recrimina al Presidente no ser suficientemente “de izquierda” por no haber implementado una reforma fiscal que cobre más impuestos a los que tienen más ingresos. Lo que olvidan es que revertir la dura campaña de “López Obrador es un peligro para México”, los vaticinios de “venezuelización” y los bulos sobre supuestas futuras expropiaciones requirió compromisos que tranquilizaran a una clase empresarial que dos veces se interpuso en el camino entre AMLO y la Presidencia. La promesa de no aumentar impuestos se compensó, sin embargo, con una política recaudatoria mucho más eficiente y férrea que la de administraciones anteriores. Como este ejemplo de disputa por el término “política de izquierda” hay muchos otros.

AMLO considera que el principio definitorio de la izquierda es poner en el centro de la política a los pobres y la justicia social, pero no parece dispuesto a disputar más ese significante. En lugar de ello, se queda con el concepto -el significado-, y lo llama “humanismo”. Y a ese humanismo le otorga una delimitación que, entre todos los humanismos, lo haga particular: decidió, entonces, llamarlo “mexicano”. Lo mexicano, me parece, evoca no una simple denominación de origen, sino un sello de nacionalismo soberano. Este nacionalismo, a su vez, no peca del supremacismo, el el elitismo y el esencialismo de otras ideologías nacionalistas, pues en combinación con el término “humanismo”, claramente no considera “lo mexicano” como superior a lo demás, sino simplemente como una característica histórica -es decir, determinada por los acontecimientos de una historia común y lo que se aprende de ella.

Me atrevo a pensar que, a pesar de que el discurso del 27 de noviembre es una invitación a rumiar el concepto de “humanismo mexicano” y su adecuación para describir el modelo presente de Gobierno y el momento histórico que vivimos, la verdad es que a ese modelo y a ese momento no les faltaba nombre. Hace años que la base que apoya a López Obrador llama a su movimiento “obradorista”, y llama “obradorista” también a su modelo de Gobierno. Es un nombre orgánico, que surgió de la necesidad de designar un movimiento y un proyecto por el rasgo más sobresaliente que tiene como eje, que es el liderazgo de López Obrador.

Como en otros momentos de la historia, los simpatizantes del movimiento no pueden pensar o actuar igual que el Presidente. En la consulta popular de 2021, que se conoció como “de juicio a expresidentes”, mientras que la gente promovía la participación y el voto por el “sí”, el Presidente anunció que él se manifestaría por no juzgarlos: su alternativa era la de “punto final” o, como le diríamos coloquialmente, “borrón y cuenta nueva”. En la consulta de revocación de mandato, por razones obvias, el Presidente anuló su voto, y no habría podido animar a la gente a votar como él, ni mucho menos a votar a favor o en contra -aunque sí, desde luego, a participar en un sentido u otro-. Y ahora, el Presidente se ve ante la necesidad de encontrar un nombre más adecuado para aquello que todos los demás designamos con un derivado de su nombre propio.

Se entiende que esta batalla nominal se dé en la antesala de la sucesión Presidencial. Restan menos de dos años de Gobierno y lo logrado, sea mucho o sea poco, no es suficiente. El Presidente sabe -y todos sus simpatizantes saben- que todavía hay mucho por hacer para consolidar su proyecto, y que esa será una labor en la que él, por todo lo que ha dicho, no tendrá participación alguna. Se entiende que quiera deslindar al proyecto de su nombre, pero la verdad es que no le será fácil cambiar una práctica de más de veinte años. Después de todo, los nombres de las cosas no pertenecen al mundo ni a las personas, sino al lenguaje y en el lenguaje no son las voluntades individuales las que priman. Aunque todavía nos quede mucho que pensar y discutir sobre el nuevo término, lo más probable es que, para el resto de la historia, el humanismo mexicano será el obradorismo, y viceversa.

Violeta Vázquez-Rojas Maldonado
Doctora en lingüística por la Universidad de Nueva York y profesora-investigadora en El Colegio de México. Se especializa en el estudio del significado en lenguas naturales como el español y el purépecha. Además de su investigación académica, ha publicado en diversos medios textos de divulgación y de opinión sobre lenguaje, ideología y política.
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