Aspectos del uso del celular por parte de un niño, tras el regreso a clases a distancia.

“El de la escritura a mano es una más. Las clases en videoconferencias, los videos y las aplicaciones educativas, los padlets, las clases televisadas, las burbujas de estudiantes que se reúnen con un profesor externo y cualquiera que sea el método que seguimos para continuar con la educación de los chicos, parece estar prescindiendo de la escritura a mano: cada vez toman menos apuntes”. Foto: Rogelio Morales, Cuartoscuro

La escena, con sus variantes, se repitió incontables veces durante mi infancia y adolescencia. Me quedo con una más ritual que otra. Los grupos eran numerosos, más de cincuenta alumnos. Nos hacían formarnos alrededor del salón, con un cuaderno en las manos. Avanzábamos de a poco, con la mira puesta en el escritorio del docente, siempre arriba de una tarima. Algunos lo tomaban con cierta alegría, a fin de cuentas, era una forma de perder clase. Cuando llegaba mi turno, el ánimo se me iba a los suelos. Tengo fea letra, la tuve siempre, y nunca fui muy prolijo con mis apuntes. Así que siempre me llevaba algún regaño o una reducción en mis calificaciones. Sí, por tener fea letra a veces me bajaban puntos en matemáticas aunque todas las operaciones estuvieran bien.

La escena se repitió en otros contextos. Tengo fea letra, ni modo. Además, nunca me gustó el corrector: ese simulacro de la perfección. Recuerdo los botes pequeños con brochitas que cargaban los compañeros más aplicados (aún no era la época de esos otros que parecen diúrex). Yo tachaba. Si me equivocaba en algo, lo tachaba. Algún maestro o maestra nos dijo, alguna vez, que ante un error, pusiéramos la palabra o la frase entre paréntesis. Pero los paréntesis sirven para otra cosa. Así que tachaba. Y me regañaban, evidentemente, y me bajaban puntos.

Pese a ello, a esos intentos por refrenar mis trazos (que, sobra decirlo, con los años y la falta de supervisión se volvieron más extremos), establecí una profunda relación con la escritura a mano. Tanto, que mis novelas las escribo así, con pluma fuente (como la de la primaria y secundaria). Y, lo confieso, cuando transcribo no son pocas las ocasiones en que no tengo idea de qué dice en determinada parte. Ni modo. Y sigo tachando. Y los paréntesis los utilizo como se debe. Y nunca uso corrector, ya sea líquido, ya de tiritas.

He escrito varios textos estos meses sobre mis preocupaciones en torno a la educación en tiempos de pandemia. El de la escritura a mano es una más. Las clases en videoconferencias, los videos y las aplicaciones educativas, los padlets, las clases televisadas, las burbujas de estudiantes que se reúnen con un profesor externo y cualquiera que sea el método que seguimos para continuar con la educación de los chicos, parece estar prescindiendo de la escritura a mano: cada vez toman menos apuntes. Quizá porque el contenido ya está generado, tal vez porque es difícil hacerlo para un niño de primaria al que no le están dictando. El caso es que esa conversión de la oralidad a la escritura se ha interrumpido.

Y eso, al parecer, es grave. Hay muchos estudios que apuntan a la relación cognitiva que se establece gracias a la escritura. Más, si ésta es a mano. Otra cosa que hemos perdido con la distancia. Pues es impensable que los profesores corrijan en tiempo real cuadernos inexistentes a partir de fotos de mayor o menor calidad… y, eso, si hay maestros en el proceso.

Así que mi insistencia persiste: debemos hablar de educación, de lo que será regresar a clases dentro de algunos meses o en un año. No podemos volver, los niños no podrán volver, como si nada hubiera pasado, al grado escolar que les corresponde y bienvenidos. Es necesario trabajar con lo que se ha quedado pendiente. Entre esos pendientes, escribir mucho a mano, por supuesto. Aunque a uno lo regañen por tener mala letra.