El Jefe de Estado es el centro a partir del cual se construye la unidad y a él no le viene bien, nunca, el refrán de “a Dios rogando y con el mazo dando”. Foto: Galo Cañas, Cuartoscuro.

Ni remotamente me considero un conocedor de la Biblia, mucho menos de su Antiguo Testamento. Pero no imagino a Noé frente al Diluvio pensando como la gran oportunidad que se le presentó para instalar un astillero, construir una gran embarcación y recluir, para después del desastre, a todas las especies.

Quiero conectar el tema con el problema de la imprevisión que afecta a los liderazgos políticos. En el mundo contemporáneo se da el hecho de que un líder se prepare para construir un gran Gobierno, pero no todas las variables están bajo su control, de tal manera que un hecho aquí o allá puedan cambiar el curso de la historia, como se pensó desde el gabinete o desde el escenario mismo donde se conquista o ejerce el poder.

A cualquiera esta premisa le permite pensar en lo incierta que pueda ser la reelección de Trump a fines de este año, o el endurecimiento que traerá para que se conserve ahí. En medio de la pandemia muchos jefes de estado o de Gobierno se encuentran en zona de peligro, de riesgo. Gran parte de su futuro depende de lo que hagan o de lo que dejen de hacer, más si, como se sostiene en México por quienes están instalados al frente de la Cuatroté, consideran que la política internacional la diseña, la marca y la encauza la política interior, como si fuéramos una ínsula y no parte de un mundo global en el que se han trabado infinidad de compromisos bi o multilaterales. En el caso mexicano, como gran muestra el T-MEC, de grandes implicaciones para la planta productiva y comercial del país, hoy en tendencia sostenida hacia una recesión muy superior a la crisis de 2009.

En todo esto también juega el que a medio camino los líderes suelen enajenarse y entonces dejan de pensar en función del Estado y sus instituciones, con responsabilidad, para aislarse y cerrarse con terquedad en las propias convicciones, como diciendo: “yo gané para esto y nadie me lo cambia”. No es así. Y señalarlo no es conspirar contra nadie, sino el ejercer una crítica con la pretensión de corregir rumbos y facilitar la unidad y la colaboración.

El Jefe de Estado es el centro a partir del cual se construye la unidad y a él no le viene bien, nunca, el refrán de “a Dios rogando y con el mazo dando”. Si como se dice, es tiempo de bajarle una rayita, eso nos implicaría a todos, salvo que el que hace la recomendación crea que trae la verdad absoluta agarrada en un puño.

Otros lo han dicho, yo lo recapitulo: Tocqueville afirmó que los vicios del sistema son más fuertes que la virtud de los hombres que la practican.

Pero lo más aleccionador es lo que reseñó la periodista Bárbara W. Tuchman en su obra La marcha de la locura; cuando los gobiernos siguen una política contraria a sus propios intereses  se interroga: ¿por qué quienes ocupan altos puestos actúan, tan a menudo, en contra de los dictados de la razón y del autointerés ilustrado?

Por eso creo que nunca una crisis de las dimensiones de la actual sea el anillo que le faltaría al dedo para salir avante ganando y haciéndonos ganar a todos. Como Noé, o, aquí entre nosotros, pensar que Juárez añoró la intervención francesa y el imperio para tomar la dimensión que le concedió la historia.