A través de un collage de recuerdos de infancia, la autora Nona Fernández Silanes tejió una narrativa para darle sentido a los años del horror durante la dictadura de Agusto Pinochet. El resultado de este ejercicio de memoria se titula Space Invaders, novela que salió en Chile en 2013, y que ahora llega a México con el Fondo de Cultura Económica.

Esta obra finalista en los National Book Awards 2019, relata la historia de un grupo de amigos que convivieron con la hija de Guillermo González Betancourt, el oficial de Carabineros que en 1985 orquestó y ejecutó el secuestro y asesinato de dirigentes comunistas. Para Puntos y Comas, charlamos con la autora.

Ciudad de México, 6 de junio (SinEmbargo).- A través de un collage confuso de recuerdos de infancia, la autora Nona Fernández Silanes tejió una narrativa para darle sentido a los años del horror durante la dictadura de Agusto Pinochet (1973-1990). El resultado de este ejercicio de memoria se titula Space Invaders, obra finalista en los National Book Awards 2019, en la categoría de Literatura Traducida.

“Yo fui niña en dictadura y estuve expuesta, como muchos de mi generación, a un momento súper rudo, y no teníamos consciencia de la magnitud […] En esos días nos enfrentamos, sin entenderlo, al horror más absoluto: desde haber convivido con un criminal sin saberlo hasta exponerse a las manifestaciones y los golpes en la calle a una corta edad”, cuenta la también guionista y actriz chilena.

La novela relata la historia de un grupo de amigos que crecen en la dictadura, y que conviven con Estrella González, hija de Guillermo González Betancourt, el oficial de Carabineros que en 1985 orquestó y ejecutó el secuestro y asesinato de los dirigentes comunistas José Manuel Parada, Manuel Guerrero y Santiago Nattino.

“Aunque siempre pensé que era un libro tan chileno que fuera de mi país nadie lo entendería, ahora lo veo: América Latina tiene un historial de violencia que tristemente compartimos. Hay una similitud, un lenguaje en común que nos unifica, el monopolio del horror”, señala Nona, y agrega que más que un ejercicio terapéutico, al escribir el libro buscó instalar preguntas y reflexiones sobre temas importantes.

Space Invaders —publicada en Chile en 2013, pero recientemente traducida al inglés por Natasha Wimmer y lanzada en Estados Unidos— llega a México en edición de bolsillo por el Fondo de Cultura Económica (FCE). Esta es la entrevista para Puntos y Comas.

Entre sueños y recuerdos, las voces de un grupo de niños reconstruyen los años de oscuridad y lo atroz de la dictadura chilena, reviven, ya como adolescentes, las normas que en aquél momento regían sus vidas, la desaparición inexplicable de algún hermano mayor y se centran en la repentina partida a Alemania de una compañera del liceo. Nona Fernández presenta a estos compañeros de primaria como testigos conscientes, protagonistas involuntarios y participantes políticos que se comunican formando una memoria donde “no hay palabras, ni nombres, sólo un cuerpo de muchas patas y manos y cabezas”.

***

—En el horror de las dictaduras, la infancia es trastocada, pero no siempre se presta atención este grupo vulnerable. ¿Es por esto que decidiste darle voz a un grupo de niños en tu novela?

—Voy a ser honesta, no es esa la razón primordial por la que escribí el libro. El libro se escribió porque había una vivencia, una experiencia muy particular porque estaba hablando de mí. Yo fui niña en dictadura y había una historia ahí. Ese fue el objetivo inicial, querer recuperar esa historia e investigar a propósito de ella para fijarla en un libro, para que no quedara en el olvido.

Cuando empecé a escribir el libro empezaron a aparecer otras misiones, otras cosas a investigar. Y una de esas cosas es lo que mencionas: cómo vivimos ese tiempo adultocentrista donde las vulneraciones a los niños no son erradicadas como debieran ser. Cada vez que vulneramos un niño, vulneramos el futuro, lo golpeamos. Entendí cómo habíamos sido vulnerados sin estar en una primera línea más feroz. Es decir, ahora estoy conversando contigo, no fui herida o detenida cuando era joven, pero sí fui expuesta, como muchos de mi generación, a un momento súper rudo, y no teníamos consciencia de la magnitud.

Evidentemente fue una línea de trabajo exponer cómo era nuestra educación, nuestra vida. Mi idea original era contar la historia de Estrella y su padre, pero después entendí que si bien ella era un sólo individuo, había un circuito de niños que estábamos alrededor de ella que también teníamos una historia. Vimos en un escenario muy particular y estuvimos expuestos, sin saberlo ni entenderlo, al horror más absoluto: desde haber convivido con un criminal sin saberlo hasta exponerse a los golpes y las manifestaciones en la calle a una corta edad.

Foto: Fondo Cultura Económica

—Construyes esta historia a partir de sueños y recuerdos… ¿Podrías destacar algún recuerdo que haya marcado tu vida particularmente? ¿Qué significó para ti ser adolescente en medio de una crisis de tal magnitud?

—En general lo que escribo está vinculado a algún hecho real que pasan por vivencias personales, historias que pasaron cerca de mí o de las que me enteré e investigo. Cada una de esas vivencias se transforma en un libro, y todas están vinculadas a la memoria reciente de mi país. Este recuerdo de haber convivido con Estrella, la hija de un asesino, y haber ido a su casa en un auto donde habían secuestrado gente, todas esas cosas quería escribirlas porque me estaban dando vueltas de manera muy confusa.

Cuando uno escribe le da cierto sentido a las cosas, y finalmente estructurar una historia para que se cuente algo. Creo que con este libro quedé más preocupada porque descubrí cosas mientras iba haciendo la investigación; cuando comencé yo no tenía toda la información, sólo recuerdos en la cabeza y algunas certezas. Sabía que tenía algo que contar, aunque no la tenía muy clara, me perturbaba.

—¿Dirías que el proceso de escritura te hizo sanar?

—No me gusta pensar la literatura como un ejercicio terapéutico, personal, aunque debo decir que de pronto sí funciona un poco así. No no lo veo como un ejercicio tan narcisista, para una mejoría personal, siempre lo intento instalar como un espacio cuya dosis de sanación no sea para uno, sino para un colectivo. Instalar esas historias para un grupo de personas, no sólo para un individuo.

En la investigación, que se basó en entrevistas a mis compañeros de curso preguntando por Estrella, armé una especie de collage con los recuerdos de todos. Después lo contrasté con la investigación judicial del caso. Ahí descubrí cosas que no sabía, como que yo había estado en el mismo auto donde llevaron a los detenidos al asesinato, un Chevy rojo, lo cual lo corroboré con mis compañeros. Por primera vez dije: “Wow, estuve ahí”.

O el tío Claudio, que iba a buscar y dejar a Estrella al colegio, lo cual era raro porque ella vivía como a cinco cuadras del colegio y cualquier niño de 12 años se iba caminando. Todos nos acordábamos de este personaje y no entendíamos bien quién era. Después en el informe judicial leo que este tío Claudio era un personaje más del comando asesino. El mismo tipo que nos regalaba cigarros…

Esas cosas las entendí después, escribiendo. La verdad no sé si eso me hizo sanar, más bien fui profundizando en el horror, fue bien perturbador. Es curioso, es perturbador porque tuve un sentimiento como de maternidad con esos niños que fuimos. ¡Cómo nadie se había dado cuenta de esto! Pero fue interesante como proceso creativo, una se va sorprendiendo así misma.

—En México desaparecen personas a diario. Son pan de cada día los feminicidios y asesinatos, la corrupción y la impunidad. ¿Ves similitudes entre nuestro contexto y el se vivió en Chile por aquel entonces? ¿Actualmente cómo ves el panorama de tu país?

—Cuando una habla de desaparecidos, yo no tengo que explicarle a México qué es esto, es casi un lenguaje común. Tampoco hay que explicarle a México qué es la violencia, ¿cierto? Este es un libro que ha circulado mucho y se entiende muy bien en los países latinoamericanos, aunque yo siempre pensé que era un libro tan chileno que fuera de mi país nadie lo iba a entender. Sin embargo a través de la lectura y el recibimiento de los lectores, voy entendiendo: América Latina tiene un historial de violencia que tristemente compartimos.

Nosotros sabemos lo que es construir una sociedad sobre una fosa de muertos que no tienen nombre, que no sabemos incluso quienes son. En Chile nos pasa esto todavía… la cantidad de gente que todavía no sabemos qué le pasó y ya no lo vamos a saber. Aparecerá tal vez en algún momento los huesos en una fosa, pero ya no lo sabremos. Entonces sí, desgraciadamente hay una similitud, un lenguaje en común que nos unifica tristemente. El monopolio del horror no solamente es chileno.

Foto: Fondo Cultura Económica

—Estas realidades parecen superar a la ficción. ¿La literatura ayuda a comprender nuestro entorno y ser más empáticos con otros contextos?

—Me gustaría pensar que es así, pero escribimos y escribimos libros y el mundo sigue siendo el que es. Por lo menos yo creo en eso; yo misma he leído libros y me ha explotado la cabeza. Los libros me han acompañado, he aprendido de los libros, me han hecho ser mejor persona, o mejor de lo que habría sido si no hubiese leído. Y tengo la fantasía de que no soy la única, que hay mucha gente que lee y entiende cosas. O a mejor no entiende algo, pero se le instalan preguntas sobre temas o se le abren ventanas sobre temas. Yo escribo teniendo esa fantasía de que quizá lo que una escriba puede llegar a salvar a alguien. A mí me ha salvado leer.

También debo incluir las películas, las obras de teatro, la música. Yo creo que el mundo de la creación y del arte en general tiene ese poder, es un bálsamo que nos logra iluminar y entendemos cosas en un reflejo, que no es el nuestro necesariamente. Creo profundamente en ese poder de la literatura. Imagínate cómo seríamos si no existiera el arte.

Foto: Fondo Cultura Económica

—Nona, eres escritora, guionista y actriz. ¿En general buscas transmitir un mensaje social o alguna postura política a través de tu trabajo?

—Cuando comencé no lo tenía muy claro, simplemente seguía una hebra de trabajo por alguna inquietud y la escribía; eran periodos de reflexión muy grande. Empecé a entender que cada vez que salía de esos libros quedaba puesta una interrogante que tenía, mi punto de vista sobre las cosas y el mundo, que es un punto de vista político, sin duda, pero no partidista necesariamente. Creo que la política es el tomar opciones; me tomo un café en el Starbucks o me lo tomo con el caballero de la esquina. Es un ejercicio que estamos haciendo constantemente con o sin consciencia, pero lo estamos haciendo.

Con el paso del tiempo me he dado cuenta de que sí, que cada ejercicio artístico que he hecho incluso lleva un poco de activismo de por medio porque yo soy así. No se lo exijo a la literatura, yo creo que la literatura no es necesariamente eso, pero a mí me interesa escribir y dejar algo y ojalá ese algo ilumine un espacio y lo vuelva mejor persona.

—“Casi me hizo llorar. Me enamoré tanto de este libro que tuve que volver a la librería y comprar cinco ejemplares”, dijo Patti Smith acerca de Space Invaders durante una charla sobre literatura chilena a mediados de noviembre de 2019, horas antes de ofrecer un concierto en Chile. Cuéntanos qué sentiste con la reacción de la “madrina del punk”.

—¡Fue impactante! Salió la versión en Estados Unidos los primeros días de octubre. Yo estaba en Suecia con poco internet, y de pronto un día revisé mis mensajes y tenía no sé, 2 mil mensajes; eran muchos amigos que habían visto un tuit que ella había hecho y me lo mandaban y mandaban. Y nada, yo muy agradecida, muy feliz.

Estuvimos juntas cuando vino a Chile y fue súper emocionante. En un conversatorio me hizo pasar adelante e intercambiamos palabras. Fue muy bonito porque la sentí honestamente conmovida con el libro. Es una mujer culta y también estaba muy preocupada sobre lo que estaba pasando en Chile y hacía preguntas.

Ella es muy generosa y delicada en su escritura. Es muy dulce también, de hecho eso me impresionó porque siendo ella la diosa del punk, una espera otra cosa, pero era como una tía muy dulce. Para mí ella es un referente de toda la vida, que siempre me ha inspirado, entonces es muy raro y bonito que de pronto me mire. Eso fue impactante.

Nacida en Santiago de Chile en 1971, Nona Fernández Silanes es una guionista, actriz y escritora que ha publicado tanto novela como relato, además de realizar numerosos guiones para telenovelas y escribir diversas obras de teatro. Estudió en la Escuela de Teatro de la Universidad Católica y fundó, como actriz, la compañía Merri Melodys. Junto a su marido, al que conoció en la Escuela de Teatro, dirige la compañía La Fusa. A lo largo de su carrera Fernández ha recibido premios como el Altazor o el Municipal de Literatura de Santiago de Chile. Entre sus obras cabe mencionar Fuenzalida, La dimensión desconocidaChilean Electric Voyager, entre otras.