Chavela Vargas. Foto: Cuartoscuro.

Entre García Lorca y Pedro Páramo[1]

 

A Chavela Vargas, a su muerte y a sus vidas, están destinadas estas conversaciones. Y a todos los que todavía lloran cuando canta Chavela[2]. Así comienzan las páginas que María Cortina -quien fuera amiga, cómplice, confidente, una de las personas más cercanas a “la gran Chamana” en sus últimos veinte años de vida- quien teje un manto amoroso con las palabras, los silencios, los recuerdos, las tristezas, las voces de la gente querida de nuestra “Dama de poncho rojo” (Es jorongo, Joaquinito, se dice jorongo. Y los únicos que portaba y con los que, al abrir los brazos, se volvía un ángel de dolor y fuego, un ángel rojo como los recuerdos rojos que saben a pan, eran los del mercado San Juan de Dios de Guadalajara. …vibran, saltan, casi bailan esos jorongos).

María, periodista, poeta, cronista, comprometida con los derechos humanos, amante de “mundos raros” y de la libertad que Chavela nos legó (Jóvenes del mundo, les dejo como herencia mi libertad) le regala su pluma fuerte y delicada a un tiempo a la mujer que no moriría ni aún el 5 de agosto de 2012 cuando los médicos dijeron que había dejado de respirar. Ve y dile a todos que no me iré.

Y no se fue, ni se irá nunca, porque es su propia reencarnación. Como dijera Pedro Almodóvar, “el único amor de Chavela en esta tierra, su esposo en este mundo –Eres mi único amor en la tierra- “Chavela Vargas no va a reencarnar, porque ya es la reencarnación de Chavela Vargas”.

Soy de las que todavía lloran cuando escuchan a Chavela (¡y cómo!!), por eso celebro la aparición de este libro como “agüita de mayo”: porque es puro amor y poesía.  Si tienes un hondo penar, piensa en mí / Si tienes ganas de llorar, piensa en mí / Ya ves que venero tu imagen divina…

La gente en las calles, en los mercados, en los pueblos, paraba a Chavela para tocarla, para abrazarla, para pedirle una bendición Ya ves que venero tu imagen divina… La gente, escribí: toda. No sólo esos grandes nombres que la recibían o acompañaban en los distintos escenarios del mundo, no sólo los artistas y los escritores, las actrices y los toreros, los políticos y los científicos, sino también y sobre todo esas personas que no salen en las noticias ni tienen miles de seguidores en redes: la señora de las tortillas, la niña que recorría el cementerio, el que le servía los tragos, la telefonista. Chavela se alimentaba del amor de todas ellas. Se sentaba a conversar, les preguntaba de su vida, las escuchaba. Como conversaba con Juan Rulfo y sus murmullos, o con Federico García Lorca a quien reencontraba cada vez que volvía a Madrid, en la Residencia de Estudiantes, o en la Huerta de San Vicente en Granada, aunque Federico hubiera sido asesinado tantos años antes. “Chavela, que antes de cantar saludó a Lorca y al público, consiguió que todos los que estaban en la Huerta sintieran la presencia del poeta. Fue la primera vez que vi llorar de emoción a un fantasma.”

Pero hace falta un dolor que desgarra la piel (“A Chavela le sangran las palmas de las manos cuando canta” (…) Martirio sostiene que “es una chamana de la canción, que cura con su canto los males que llevamos dentro. Y las chamanas, cuando curan, sangran”), una historia que desgarra el dolor, una libertad que desgarra la historia, para poder comunicarse no sólo con quienes ya no están aquí, con los entrañables amores idos -Frida Kahlo, José Alfredo Jiménez- sino con la madre naturaleza, con “la mar” acompañada de las pescadoras de Veracruz que le enseñaron los secretos del agua, o con los cerros poderosos que presiden nuestras tierras, como el Chaltén en la Patagonia donde Werner Herzog la invitó a participar en la película “Grito de piedra”. El rodaje no avanzaba porque lo impedían las tormentas de nieve. ‘Las piedras rojas del cerro Chaltén, traen sangre, traen desgracias’, me lo advirtió una indígena de por allá. Hablé con Herzog y le dije (…) ‘Le tenemos que pedir permiso, la vamos a lastimar, es eso o irnos…’ Y finalmente el director aceptó a regañadientes (“yo no creo en brujerías”, gritaba) que ella y la indígena hicieran lo que hubiera que hacer. Organizaron las dos juntas, entonces, una ceremonia; cada una cantó en su lengua ‘perdón Chaltén por no respetar tu fuerza, tu energía, tu espacio’. Se lo pedí de mujer a mujer. Fue cuando se dio el milagro. El cielo se abrió y Werner Herzog comenzó a grabar la película en la que yo tuve el papel de chamana.

Entre las decenas y decenas de anécdotas, de testimonios, de frases, de escenas, de emociones, de paisajes, de complicidades, de canciones, de confesiones, que María va enhebrando a lo largo de las páginas, y que son una continuación de aquel otro libro, bellísimo hermano mayor de éste, Dos vidas necesito. Las verdades de Chavela, quiero tomar a “La llorona” como imagen para cerrar estas líneas. Cada vez que Chavela la canta encuentra su voz el dolor de nuestra mujeres. Ella “la dejó en herencia a las mujeres del planeta”, escribe María. “Ultimamente resuena en las plazas y calles de un país y otro y otro, con más fuerza que cuando solo era leyenda. La llorona, el llanto de las mujeres que buscan a sus hijos e hijas desaparecidas. Una voz que gime el dolor de una niña que murió a patadas. O muchas mujeres que intentan, a gritos, recuperar su voz. La llorona somos todas las mujeres; es el deseo de tallar un alma nueva al mundo”.

Allí están las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, a quienes abrazó Chavela cuando estuvo en Argentina; están las madres de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, la Caravana de madres de migrantes centroamericanos desaparecidos en México, las madres de las chicas asesinadas en Juárez, en Ecatepec, en Catamarca, en El Salvador; están las mujeres de Ayutla luchando porque les regresen el agua que les han robado, están las activistas indígenas, las que gritan con Las Tesis “el Estado opresor es un macho violador”, las adolescentes de la Marea verde que están cubriendo el continente; están nuestras ancestras y nuestras hermanas, nuestras hijas y nuestra memoria. Estamos todas en la voz de Chavela. Me quitarán de quererte, llorona / Pero de olvidarte nunca…

Hoy domingo 6 de junio, día de elecciones en este país que tanto amó,  elijo celebrar la libertad, la lucha, el orgullo y la poesía, de la mano de María Cortina y Chavela Vargas. Elijo celebrar la vida llorando mientras canta Chavela. ¡Salud, Señora!

El libro Chavela Vargas. Entre García Lorca y Pedro Páramo está disponible en este enlace.

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[1] María Cortina, Chavela Vargas. Entre García Lorca y Pedro Páramo, USA, La Pereza Ediciones, 2021. A lo largo del artículo están en cursivas todas las palabras textuales de Chavela que María reproduce, y entre comillas los textos de la propia autora.

[2] Este artículo es un diálogo que construyo sobre otro diálogo: el que mantuvieron de modo amoroso durante tantos años Chavela y María. Es un modo de agradecer la presencia de ambas en mi vida. Y sí, soy de las que todavía lloran cuando canta Chavela. ¡Gracias, María!