Incluso votando por Morena, abrigo las suficientes reservas como para no desear un cheque en blanco.  Foto: Daniel Augusto, Cuartocuro.

La única elección en que he atinado al candidato ganador fue en 2018 con el triunfo de Andrés Manuel López Obrador, todas las demás ocasiones que he sufragado lo he hecho por opciones que resultaron derrotadas. La mayor parte de las veces lo hice a sabiendas, consciente de que mi elección no tenía posibilidad de ganar, pero decidido a no dar mi voto a las fórmulas del PRI y el PAN, que implicaban la continuación de un estado de cosas que me parece equivocado. Aunque no siempre comulgaba cabalmente con las propuestas de los candidatos opositores, algunos apenas menos impresentables que los otros, asumía que cualquier cosa que ayudara a fortalecer una oposición desde la izquierda propiciaría eventualmente un Gobierno con mayor sensibilidad social y con disposición a atender el volcán que se viene gestando desde abajo.

Hoy, que por fin gobierna quien promulga el cambio a favor de los pobres, paradójicamente las cosas se han tornado más complicadas. Ciertamente el Gobierno de AMLO está haciendo un esfuerzo para combatir la corrupción, el dispendio y las prebendas; y es notable su empeño en dispersar recursos a los grupos sociales y regiones geográficas abandonadas. No ha sido fácil y es evidente que ha encontrado resistencias de poderosos adversarios.

Pero en respuesta a esa resistencia me parece que el Presidente ha escogido una estrategia que en muchos aspectos compromete sus promesas de un Gobierno más honesto y justo. En nombre de la disputa que existe contra los conservadores, se han tomado decisiones y actitudes que ponen en duda el capital ético de un proyecto que se declara a favor de los más necesitados. No ha sido correcto imponer la candidatura de la hija de Salgado Macedonio en Guerrero, o intentar alargar la presidencia de Arturo Zaldívar en la Suprema Corte, violando una norma constitucional con argucias desaseadas como las que caracterizaban al PRI. Se ha excedido el Presidente en sus ataques a la prensa que lo critica, y me parece desconsiderado para con las víctimas de la COVID y sus familiares el triunfalismo con el que se habla de la respuesta del Gobierno a la pandemia. En fin, me resulta inexplicable su desdén para reivindicaciones sociales y movimientos que no son el suyo, como sucede con la causa feminista o del medio ambiente, entre otras.

Y, con todo, son desaciertos y errores que palidecen frente a la infamia de gobiernos anteriores, como los de Enrique Peña Nieto o Felipe Calderón, absolutamente ciegos a las necesidades del México sumergido en el que habitan las mayorías. ¿O cómo entender un país en el que solo 10 personas acumulan una riqueza equivalente a lo que tiene el 50 por ciento más pobre? Puedo estar en desacuerdo con el espectáculo de la rifa de un avión sin avión, pero me parecen criminales los mandatarios que seguían trabajando para garantizar ese México perversamente desigual. Tenemos un Presidente rijoso e, incluso para los que simpatizamos con sus banderas, incómodamente pintoresco. Pero sigo pensando que nos salió barato considerando que representa a los que vienen a contradecir; a los millones de rezagados a los que el México construido en las últimas décadas no puede ofrecerles presente o futuro.

Sin embargo, sí hay un tema que resulta difícil de transitar de parte de las decisiones de López Obrador. Ha encumbrado a las Fuerzas Armadas a una escala que pone en riesgo a la sociedad en su conjunto, incluyendo a los dos Méxicos. Por más “pueblo” que sea, el Ejército es una institución conservadora orientada a defender el statu quo. También eran pueblo los soldados que dispararon en Tlatelolco. Ofrecerles amplios espacios de la administración pública y acostumbrarlos a ejercer poder ante la sociedad civil, es entrar a una zona de alto riesgo en la que incluso los gobiernos priistas prefirieron no incursionar. En otro momento habría que analizar los cómos y los porqués de un hombre que como candidato había prometido regresar los soldados a los cuarteles y terminó entregándoles tales cuotas de poder.

Y pese a todo, seguiría favoreciendo el proyecto social que defiende López Obrador si la opción es votar por el PRI, el PAN, el PRD o cualquier plataforma política que intente regresar al camino por el que antes veníamos. Un camino que condenó al 56 por ciento de los mexicanos a trabajar en el sector informal y, de facto, los convirtió en ilegales en su propio país.

Pero incluso votando por Morena, abrigo las suficientes reservas como para no desear un cheque en blanco. Se hace un daño al propio soberano hacerle creer que su 60 por ciento de aprobación es una patente de corso incondicional, o que todo lo que salga de Palacio es correcto e incontestable. En ese sentido, mi deseo para esta jornada electoral expresa estos sentimientos encontrados:

Que Morena y sus aliados obtengan la mayoría relativa, porque de otra manera los partidos de oposición neutralizarían cualquier potencial de cambio del Gobierno de la 4T, muchos de los cuales han sido favorables para los más necesitados.

Que Morena y sus aliados no obtengan la mayoría calificada que les permitiría cambios constitucionales sin necesidad de conciliar con la oposición. Como se ha señalado, hay decisiones cuestionables de parte de López Obrador, que no desearía se aprobaran sin revisarse o tomaran unilateralmente un carácter irreversible. Se han presentado varios proyectos de ley desatinados, semblanteados por legisladores morenistas, algunos por el líder del Senado Ricardo Monreal, que por fortuna han sido bateados tras la repulsa de la opinión pública y la oposición. Sería preocupante que, con una correlación de fuerzas más dominante, pudiesen imponerlos a su discreción.

Que pierda Evelyn Salgado la elección en Guerrero y nos evitemos un sexenio de nepotismo descarado y vergonzoso, del tipo de los que veníamos huyendo y nos empujaban a buscar un cambio.

@jorgezepedap