El siguiente texto es resultado de una entrevista periodística realizada a una mujer que fue víctima de violación. Sus datos personales no aparecen en el texto, a fin de proteger su dignidad.

Gritos insonoros forma parte de los relatos de Rostros en la oscuridad

Por Jessica Espinoza Miranda 

Ciudad de México, 6 de julio (Rostros en la oscuridad/SinEmbargo).– ¿Alguna vez te ha pasado eso de que ‘‘se te sube el muerto’’? Bueno, es estar completamente paralizada, no sé si es porque no puedes moverte o porque a veces tienes horribles visiones, pero te invade un miedo que viene de lo más profundo de ti. Quieres gritar —aún cuando no hay nadie cerca que pueda escucharte— y por más que intentas no lo logras, es como si ese grito se expandiera infinitamente en tu garganta hasta el punto de la asfixia… así, así me sentí cuando me violaron.

Tengo 23 años, nunca he sido una ‘‘chica de novios’’, ¿sabes? Pero me llevo muy bien con los hombres, creo que porque es más fácil echar carrilla con ellos y porque a la hora de la hora no se andan con dramas, además, suelen ser menos hipócritas. Tengo una atracción especial, no necesariamente sexual, hacia las personas inteligentes, con un gusto desarrollado por el arte, que están interesadas en ejercitar su mente y que lo hacen a diario.

Y eso fue lo que, en principio, desató mi interés y admiración hacia él. Se llamaba Josué. Lo conocí en una iglesia cristiana a la que asistí durante 6 años. Él tenía pareja y yo también; él tenía 29 años y yo 16. Al principio no hablamos mucho, pero con el tiempo comenzamos a entablar pláticas dentro de la iglesia. Él fue el primero en hablarme, eso no lo olvido, y fue de esas ocasiones en las que haces ‘‘clic’’ de forma casi inmediata.

Sólo hablábamos en persona y en ese sitio, dado que ambos teníamos parejas celosas y así fue durante un par de años. Durante ese tiempo, él y la congregación entera notaron el decaimiento de mi relación de pareja y el de mi estado de ánimo, contrariamente a su caso.

Finalmente decidí terminar con el que, entonces, era mi novio. Veía mi estado psicológico y emocional, devastado, pero yo tenía ganas de salir adelante. Buena parte de mí sólo quería superar ese terrible episodio de violencia, infidelidades y abuso. Al tiempo que eso sucedió, Josué también terminó su relación.

Yo me enteré del asunto, más bien, lo inferí, pero no quise mencionarlo, así que continué tratándolo con normalidad y empatía. Me daba cuenta de que, al igual que yo, estaba harto de que los demás le trataran con lástima. También notaba su soledad, aunque no sé si sólo me proyecté en su persona.

Así que un día se me hizo buena idea invitarlo a tomar un café. Para mi sorpresa, aceptó, y esa fue la primera de las tantas veces que salimos juntos y a partir de las cuales construimos una amistad muy fuerte que, más adelante, abriría paso a una relación de noviazgo.

“EL PEOR DÍA”

Compartí todo con él, incluso mis secretos más obscuros. Uno de ellos, el abuso sexual que había sufrido a manos de mi anterior pareja. Yo no había querido hablar de eso, nunca lo denuncié quizá porque en el momento no lo concebí o no quise concebirlo como lo que era, me dolía mucho y aunque pesaba en mi interior, prefería guardarlo y enterrarlo, porque la verdad es que no quería lidiar con esa situación.

Aunque por fin lo había hablado, no me sentí libre. Tampoco me sentía atrapada, aunque sí limitada. Él lo sabía, lo sentía y pudo ver en mí el dolor que me provocaba, porque yo permití que lo viera, pero no me di cuenta de que no logró escucharlo y, por tanto, no lo comprendió. Me había convertido en una película con diálogos y efectos de sonido impactantes, pero a la que le habían puesto ‘‘mute’’.

A mí nadie me dijo que era posible que dentro de un noviazgo en el que se mantienen relaciones sexuales consensuadas también puede existir violación, pero ahora pensaba que podía estar a salvo, que al hablarlo se evitarían muchos problemas; pensaba que, si ahora decía que no, iba a ser respetada; pensaba que, por fin, podría silenciar el ruido que generaban los gritos dentro de mí, pero no fue así.

El peor día de mi vida ocurrió un domingo de septiembre de 2016. Josué y yo fuimos al Estado de México a ver a unos amigos, él estaba muy cansado, pero no quiso cancelar el compromiso. A mitad del camino llamó a una de las personas con las que nos encontraríamos más tarde y esta le dijo que estaban, más o menos, 3 horas atrasados, lo cual significaba que había que encontrar algo qué hacer mientras tanto.

Yo no sabía qué tenía en mente, pero ya estando cerca del punto de reunión, a los alrededores podían verse muchos hoteles y sitios por el estilo. Él empezó a hacer indirectas sobre que quizá sería buena idea entrar a uno, yo jamás había tenido una experiencia de ese tipo, nunca había estado en un hotel a menos que fuera por motivos de viaje.

“GRITÉ, PERO SÓLO PARA MIS ADENTROS” 

No me sentía cómoda con la idea y se lo dije, quizá porque tenía prejuicios sobre el tema, pero tomó lo que dije como si fuese una broma y me dijo que fuéramos, aunque sea a descansar, lo cierto es que no supe decir no y terminé por acceder. Ya estando instalados en la habitación, él comenzó a juguetear conmigo, a besarme y tocarme, yo me sentía muy incómoda por el lugar y por alguna razón que desconocía, me sentía insegura con él.

Lo primero que causó mi inseguridad fue su forma de tocar mi cuerpo y la fuerza con que lo hacía. Le dije que fuera más delicado y, sin embargo, continuó. Después empezó a usar expresiones como: “eres mi zorra”, “mi puta”, “te encanta que te cojan a la fuerza, ¿no es cierto?”. Eso desató en mí una enorme tristeza, pero no supe qué hacer, cada vez era más brusco, jalaba mi cabello, me empujaba y golpeaba mis glúteos con violencia.

Fue entonces que le dije que se detuviera, específicamente dije: “para, por favor”, no lo dije una vez, sino varias veces. Eso no lo detuvo. Tuve mucho miedo, puse resistencia, pero él era muy fuerte. Grité, pero sólo para mis adentros. Me congelé, sentí como el dolor que llevaba dentro comenzaba a crecer hasta que algo en mi interior se rompió.

Cuando terminó, permanecí en silencio pensando que ya nada más podía dolerme, fue entonces que dio el tiro de gracia al decirme: “¿sabes qué es lo que me gusta de estar contigo? Que puedo hacerte lo que yo quiera”. No he podido silenciar sus palabras desde entonces, pero a mí ya no me escucho, él tampoco me escuchó, ni antes ni después. Nadie lo hace. Espero que tú sí.

En 2018, en México, se registraron 5 mil 78 llamadas de emergencia al 9-1-1, relacionadas con incidentes de abuso sexual y violación, según datos de Centro Nacional de Información (CNI). El conteo exacto de violaciones realizadas en México, no existe.

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