Diego Gómez Pickering, autor de Diario de Londres, vivió varios años en Damasco, la capital de Siria. Hoy cuenta, en entrevista con SinEmbargo, los retos que enfrenta un corresponsal.

Ciudad de México, 6 de julio (SinEmbargo).– México y Siria son naciones cercanas, a pesar de los más de 12 mil kilómetros de distancia que hay entre uno y otro. Antes de la guerra, recorrer algunas partes de Damasco provocaba el recuerdo de la Ciudad de México, cuenta Diego Gómez Pickering, periodista, diplomático y escritor.

En Siria, “las estructuras sociales, las relaciones familiares también son muy parecidas a lo que somos en México. Eso hace, a pesar del idioma, que cualquier latino se sienta en casa, pues hay muchas cosas que son familiares. Es una experiencia maravillosa. Es un país con una historia extraordinaria, y con un pueblo maravilloso que ha sufrido mucho”, cuenta Gómez Pickering, quien se encuentra presentado Diario de Londres, una recopilación de apuntes que realizó cuando fue embajador en Reino Unido.

“Perceptivo, curioso, empático, inteligente, informado, Diario de Londres es, quizá, el canto del cisne de la tradición literaria y diplomática en la que se enmarca. Un canto británico y mexicano. Un canto digno”, escribe Enrique Krauze, historiador mexicano, sobre el texto de Gómez Pickering.

En entrevista con SinEmbargo, Diego Gómez habla sobre su libro y los retos que enfrentó como corresponsal y diplomático.

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–Diego, cuéntanos sobre los recorridos que se realizan en Diario de Londres.

Diario de Londres es una recolección de momentos, de personajes, de espacios de la capital británica. A través de sus páginas, puedes recorrer el Palacio de Buckingham, y ver el entorno en el que vive la reina Isabel II; ir al Palacio de San James y conocer de cerca al príncipe Carlos. Podemos visitar el Parlamento y subir hasta la torre del Big Ben. Recorrer la orillas del Támesis hasta donde viven comunidades de la India o de Pakistán. Vamos al campamento de refugiados de La Jungla. Visitamos a Julian Assange en ese encierro de años adentro de la Embajada ecuatoriana. Conocemos a Malala, esa niña que casi muere a manos de los talibanes y que en Inglaterra ha hecho su vida. Hacemos un recuento de esa maravillosa ciudad: Inglaterra. Verla desde adentro. Sentir, incluso si nunca has estado ahí, que la has visitado. Esos son realmente los componentes de Diario de Londres.

–En el libro aparecen todos esos personajes con los que te encontraste. ¿Con qué momento te quedas?

–Me quedaría con todos. Por ejemplo, los padres de Malala. El padre de Malala me parece una persona extraordinaria, maravillosa y que explica la gran fuerza que tiene Malala como niña, adolescente, como mujer. Me quedaría también con el príncipe Carlos, su risa espontánea. Me quedaría con todos y cada uno de los campesinos que conocí recorriendo las campiñas. Yo creo que cada momento, y eso se ve reflejado en el libro. Si uno lee cada uno de los capítulos, creo que sientes que conoces a cada una de las personas que están ahí descritas y te llevas contigo una parte de su esencia.

–Trabajaste durante la transición de 2012. ¿Qué veías en ese momento en el Gobierno que iba entrando? ¿Qué viste al final?

–Yo trabajé en la transición y trabajé durante el primer año en la Oficina de Presidencia, pero luego me fui. No volví a trabajar en esa administración. Trabajé como diplomático en el exterior. No me atrevería a hacer un comparativo. Conozco los primeros años. ¿Qué veía yo? Veía interés. Mi responsabilidad era la relación con los medios internacionales, es decir, yo llevaba el directorio de los corresponsales extranjeros aquí en México; respondía solicitudes de información; gestionaba entrevistas. Básicamente me tocaba cultivar la relación entre el Gobierno de México y medios extranjeros. Yo veía en ese año, en 2012, un gran interés por parte de los medios foráneos en ver cómo iba a transformarse el país con los proyectos que tenía la administración. Recuerdo mucho lo del Pacto por México, era algo que sorprendía mucho, sobre todo a los medios norteamericanos porque en Estados Unidos estaban ya en la última parte del segundo periodo presidencial de Barack Obama. Allá había una parálisis en el Congreso. No se avanzaba en ninguna de las iniciativas de ley. Había un encono. Por eso sorprendía que aquí sí. Y es que había presencia de diferentes partidos políticos y aun así se lograba el Pacto por México. Me parece que ya habían avanzado algunas de las reformas.

–Diego, cuéntanos qué es lo más difícil de ser corresponsal.

–Lo más difícil es no romper la barrera. Hay una línea muy delgada, una línea muy fina que te separa del país en el que estás. Un corresponsal es, tradicionalmente, una persona que no es de ese país y, por ende, ve todo con ojos frescos, y puede hacer una investigación con una objetividad muy particular. El reto más importante para el corresponsal, después de haber estado varios años en un país, es comenzar a ver las cosas ya con los ojos de alguien local. Ahí es cuando deja de ser un trabajo de corresponsal. Eso es clave. Es una línea muy delgada. Tú tienes que llegar a conocer el país a la perfección, pero nunca puedes pasar esa línea para que tu trabajo no se vea afectado, para que tu periodismo e investigación sean objetivos. A veces cuesta trabajo. Si llevas muchos años en un país, comienzas a sentir y comienzas a mezclar opiniones. Las opiniones no deben inmiscuirse en lo que se investiga. Es un reto.

–Tú viviste en Siria.

–Sí, yo viví en Damasco 4 años.

–¿Cómo es vivir ahí?

–Yo estuve antes de la guerra. Afortunadamente cuando yo salí… Bueno, ya comenzaba cierto conflicto, pero todavía no era una guerra. Estuve ahí entre el 2008 y el 2011 y fue una gran experiencia. Siria es una país muy cercano a México. Uno se siente casi en casa. Si uno recorre ciertas partes de Damasco o ciertas partes de Beirut, en Líbano, es como si recorrieras ciertas partes de la Ciudad de México. En el español tenemos muchas palabras, más de 8 mil palabras, que provienen del árabe. A mí me encanta la palabra “alberca”, que no usan en ningún otro país hispanohablante. Las estructuras sociales, las relaciones familiares también son muy parecidas a lo que somos en México. Eso hace, a pesar del idioma, que cualquier latino se sienta en casa, pues hay muchas cosas que son familiares. Es una experiencia maravillosa. Es un país con una historia extraordinaria, y con un pueblo maravilloso que ha sufrido mucho.

–Me imagino que era sencillo llegar allá.

–El primer viaje que hice fue en 1997. Aún vivía Háfez al-Ásad. Había mil maneras. Se podía volar desde varias ciudades europeas: de Praga, de Bucarest, de París, de Londres.

–¿Qué es lo más difícil de ser un diplomático?

–Lo más difícil es representar a tu país. Algo que le llama la atención a los que no son diplomáticos, es tener que cambiar de país, tener que formar una familia en diferentes continentes… Para mí no es difícil. Es divertido. Pero muchos consideran que es complicado tener que estar cambiando de entornos.

–Eres un experto en relaciones internacionales, ¿cuál es tu opinión, en esa materia, sobre la relación actual entre México y Estados Unidos?

–Estamos en un momento, en el mundo en general, muy difícil. Es un momento en el que los nacionalismos van al alza. Tenemos regímenes políticos que denostan al multilateralismo; que denostan la globalización; que denostan las estructuras que se crearon después de las guerras. Este incremento del nacionalismo puede llevar a conflictos. Espero que no sea así. Cuando tenemos regímenes aislacionistas, se reduce el espacio de diálogo. Queda menos lugar para la diplomacia.

–Estuviste fuera de México mientras la violencia se convirtió en uno de sus mayores problemas. ¿Cómo se vive desde el extranjero eso?

–Se vive muy mal aquí o afuera. Hay preocupación y temor. No es algo de meses, es algo de años. Años en que la tranquilidad va en declive. Como mexicano, genera tristeza, genera frustración y hace vivir con miedo. En el extranjero, desafortunadamente, la imagen de México se vio dañada. Creo que será complicado que se reestructure la manera en la que desde afuera se ve a México. De manera generalizada, se le ve como un país peligroso, un país en el que te puede pasar de todo. Ese no era el México de mediados de los noventas. Uno recorría el mundo y siempre había opiniones maravillosas de México. Nunca se vinculaba a México con sangre y muerte. Hoy se le ve así. En Siria, por ejemplo, recuerdo cómo me daba tristeza que se hicieran chistes: “no voy a ir a México porque me agarran los narcos”. Esos chistes los hacían en el trabajo sirios. A ese grado se ha perjudicado la imagen del país en el exterior.