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Antonio Calera

06/08/2022 - 12:04 am

Raúl Zurita: Poesía para los países devastados

NOTA DE IMPORTANCIA  Hace 18 años, el poeta chileno Raúl Zurita (Santiago, 1950), una de las voces más importantes de la poesía latinoamericana, visitó la ciudad de México con motivo de la publicación de su antología Mi mejilla es el cielo estrellado (Aldus, 2004). En aquella ocasión, Luis Felipe Fabre y yo tuvimos la oportunidad […]

La poesía se convirtió de pronto en un hecho privado, en un lugar donde, o bien el poeta se vuelca sobre su experiencia, o bien el poema se vuelca sobre sí mismo. Imagen de Arturo Ocampo.

NOTA DE IMPORTANCIA 

Hace 18 años, el poeta chileno Raúl Zurita (Santiago, 1950), una de las voces más importantes de la poesía latinoamericana, visitó la ciudad de México con motivo de la publicación de su antología Mi mejilla es el cielo estrellado (Aldus, 2004). En aquella ocasión, Luis Felipe Fabre y yo tuvimos la oportunidad de realizar con él una entrevista que aquí reproduzco en los textos numerados del 1 al diez.

Los textos siguientes, los numerados del número 11 al 20, fueron levantados por quien esto firma, igualmente a manera de entrevista, en el año 2012. Ambas conversaciones pueden ser concebidas como casi inéditas o leídas apenas por un número menor de lectores, esto por haberse publicado en medios impresos de tiraje reducido. Se registra exclusivamente el pensamiento del escritor y no de los entrevistadores.

El motivo de esta publicación es la de crear un marco para la acción que se realizará el sábado 13 de agosto de 2022, es decir la próxima semana, consistente en la distribución masiva de poemas del autor chileno (50 mil para ser exactos, con diferentes tipografías y dibujos de su rostro), desde un helicóptero sin puertas, hacia las comunidades de Tultepec, Estado de México. La acción será realizada por Mantarraya Ediciones, casa editorial de Hostería La Bota Centro Cultural, bajo la comandancia de Melisa Arzate Amaro y Antonio Calera-Grobet, y gracias al estupendo trabajo del artista Arturo Ocampo y la gestión entregada del escritor Ricardo Suasnavar. Se trata de una acción de divulgación poética sin precedentes en la zona, realizada sin inversión gubernamental o privada salvo la aportada por los creadores, con el fin de irradiar el fenómeno poético en comunidades un tanto olvidadas por la ley y la paz. La acción esta dedicada, por parte de los gestores, a todas las niñas y los niños de México, el porvenir.

“Se habla de esperanza, esperanza, esperanza ¿pero esperanza de qué?”. Imagen de Arturo Ocampo.

Uno

La poesía se convirtió de pronto en un hecho privado, en un lugar donde, o bien el poeta se vuelca sobre su experiencia, o bien el poema se vuelca sobre sí mismo. Se ha dado nacimiento a una poesía que se interroga sobre sí misma y siento que cuando algo se interroga sobre sí mismo y no sobre su afuera es tal vez porque esté muriendo. Entonces entiendo que hay que hacer una disolución: el poema podrá hablar (claro está, tangencialmente), sobre aquel a quien le haya tocado escribirlo, aunque debiera ser aquella zona en que los límites se han borrado (los límites entre tú, escritor, y la tierra) la que tendría que hacerlo. Los poemas no han sido nunca los sueños de algún poeta. Los poetas acaso lo único que hacen realmente es recoger fragmentos justo como lo hacemos desde niños al despertar. Los sueños que vislumbra el hombre son, realmente, los sueños que vislumbra la tierra. Por supuesto que todos vivimos nuestra vida privada, su fragilidad. Pero tengo la sensación de que a los sonetos de Shakespeare les interesaba muy poco los padecimientos, los desengaños y la ansiedad de ese tal William Shakeespeare: lo que quieran los sonetos de Shakespeare eran ser los sonetos de Shakespeare.

Dos

Creo que es muy poco lo que puede decir un autor sobre lo que ha dicho o escrito. El poeta siempre sabe muy poco: da cuenta de cosas que lo sobrepasan. Cuando aparece un libro siento que hay algo que me hizo escribirlo, algo que no correspondía ni con mi físico ni con mi experiencia, con lo que haya vivido o no: era algo que quería escribirse. Y aún más: nada hay, en el fondo de un ser humano o de una lengua, que haga que el poema exista y sin embargo el poema existe. No había nada en Shakespeare o en el idioma inglés para que Hamlet existiera y sin embargo existe. Siento que gran parte de la poesía escrita después de Pablo Neruda o Nicanor Parra en el ámbito de la lengua castellana, es una poesía que se vuelca demasiado sobre sí: es una poesía encerrada en sí misma que no escucha los ruidos de la tierra.

Tres

No sé bien qué me llevó a escribir aquel verso en el desierto de Atacama (1). Me imagino algo profundamente físico, que acaso tenga que ver con el lodo. Yo sentí que era el desierto quien quería que escribiera no yo. La sensación no tuvo nada que ver con una experiencia de autor, una experiencia logocéntrica. Lo otro es que no todo es lenguaje. Hay un afuera del lenguaje y todo aquello que está afuera del lenguaje esta tan lejos que hablar de ello es casi como hablar con un muerto. Cuando uno escribe (y esto queda claro para los que han escrito desde Homero hasta el chico ensayando sus primeras líneas),  la vida se suspende. En el momento de la escritura (aunque uno pudiera estar muriéndose de hambre), se suspende la vida entera. La vida, pero también la muerte. Así que uno está ahí, escribiendo al mismo tiempo que todos los poetas. Esta experiencia no pertenece al orden de lo humano: en el momento del acto mismo, uno se da cuenta que la Iliada no fue escrita hace 2800 años sino justo en el instante en que uno está escribiendo. Incluso cuando uno lee, en el ejercicio de situar el libro físicamente delante de nuestros ojos, presenta a la Iliada por delante: no es una dimensión del pasado sino en todo caso una dimensión del porvenir: no existe otra que la escritura contemporánea.

Cuatro

Es en el momento de la escritura que se suspende el horizonte de lo humano. Todo aquel que haya sufrido una experiencia real de dolor, de profundo miedo o abierta dicha, sabe que ahí desaparece la idea de sociedad, de ciudad o nación. Todo desaparece. Aquel que ha perdido un hijo sabe bien que, sin importar cualquier esfuerzo, todo lo que uno le diga (“Estoy contigo”, “Te quiero”, será en vano. El que sufre está radicalmente expulsado del mundo: no escucha nada y su grito no es para nadie tampoco. Eso es lo que yo llamaría el infierno de toda cultura: todo aquello que no alcanza a entender y sin embargo conforma la base de sus palabras. Y lo mismo sucede en el otro extremo: cuando uno está de veras arrasado de amor por alguien, las palabras se suspenden también. En realidad, el lenguaje es un estado de comunicación lamentable de 80 mil años (que sólo nos ha dado algunas palabras y sonidos), al mismo tiempo que nos ha sido privado de la capacidad de ser felices. Yo creo en la poesía. Creo que la poesía es el manifiesto más basto, más sublime y desesperado por traer a este mundo lo que no puede ser narrado con las palabras de este mundo.

“Y lo mismo sucede en el otro extremo: cuando uno está de veras arrasado de amor por alguien, las palabras se suspenden también”. Imagen de Arturo Ocampo.

Cinco

Yo hago la pregunta: ¿Porqué hablamos? Y alguien podrá decir: “Porque somos seres sociales y queremos comunicarnos”. Pero yo la repito en serio: Esta bien, pero ¿por qué hablamos? Pues lo hacemos porque no somos uno: estamos separados. Las palabras son el precario puente para salvarnos de la maldición de la distancia, de la separación. De no ser por ellas no encontraríamos la salvación. Por ellas y por algo más: cuando dos seres se abrazan, pero de veras se abrazan, ahí se da la posibilidad de ser felices, una verdadera sensación de felicidad.

Seis

El verso “Ni Pena, ni Miedo” fue escrito en un tiempo en que mi vida y mi pequeño país sufrían demasiado. Fue un tiempo en que había mucha pena y más miedo. Yo no sé bien lo que significa. Pienso que fue una forma de decir: “Estamos aquí”. Recuerdo haber pensado en el desierto como un lugar cargado de dibujo. La sinuosidad del terreno, las líneas. Entonces me preguntaba qué querrían decir esas líneas. Sé que no lo hice por mi nombre (los nombres son aplastados borrados de la historia), sino como un pago. Tal vez es el precio de la inmortalidad de la poesía: los nombres mueren para que la poesía viva.

Siete

Es sorprendente como la vida depende de un filo. Ahora estamos conversando en México, sobre poesía, pero ¿qué hubiera pasado si hace miles de años nuestros antepasados no se hubieran conocido por alguna infinita hambruna, por alguna masacre súbita de la historia? ¿Quién haría estas preguntas? Todo es levedad y todo pende de un hilo increíblemente leve. Somos una realidad entre millones de millones de posibilidades en contra. El hecho de que estemos conversando hoy, a esta hora es algo milagroso. Las posibilidades de que esto fuera posible son matemáticamente remotas y todo estaba dado, ciertamente, para que no fuese. Y resulta casi un acto inimaginable pensar que uno de nosotros no fuera quien es, o bien que seamos exactamente como somos.  Por eso creo que la poesía es el recordatorio permanente de esa cosa increíble que significa ser, estar, mirar, respirar, sentir. Cada vez que uno mira, en realidad son millones de seres humanos los que vuelven a mirar. Todo esta precedido por todo: cada vez que alguien habla es porque hubo alguien que le diera la palabra, y tuvieron que sucederse miles de palabras y miles de miradas que terminaron en tu cara, en tu rostro. Es por eso que cada uno de nosotros, en cada instante de nuestra vida, cumplimos la resurrección de los muertos. Es así: todo ser que habla está dándole voz a sus muertos.

Ocho

Vivimos en un mundo atroz y nuestras experiencias humanas son muy crudas. A duras penas uno logra erguirse y afirmarse, seguir el paso con la ayuda de esporádicos ataques de dicha. ¿Qué puede hacer un hombre frente a este mundo? Primero, puede destruirse. O bien quizá responder con una feroz carcajada de ironía y burla. Otra cosa que puede suceder es que este hombre comience a alucinar y se imagine un paisaje inmenso, imagine un poema escrito en el cielo, un poema escrito sobre la mierda. Esas pueden ser sus formas de responder, pero en todos los casos estas respuestas no nacen de los sentimientos de certeza. Tan sólo es una manera de responder a su precariedad. A mí me sorprendió mucho un acto histórico. Se trata de Miguel Ángel con quien me siento humildemente identificado: no por su genio sino por un hecho. Hacia el final de sui vida, cuando realizaba el Juicio Final de la Capilla Sixtina, de dio a la tarea de pintar un demonio. Este demonio sostiene un pellejo y ese pellejo es su carne. Él era un hombre culpable, arrasado por la culpa, muerto de miedo. Y su forma de merecer la supervivencia fue pintar el Juicio Final e imaginar un monte de Carrara no como lugar para extraerle el mármol, sino como un monte convertido en escultura. Hay una tendencia en imaginar estos poemas que escribí como la construcción de una utopía, un mesianismo, una megalomanía. Yo siento que es justamente lo contrario. He hablado tan sólo de los sueños de un tipo que sabe que la muerte es un hecho inminente.

Nueve

Hubo momentos en mi vida en que la pasé muy mal. Yo quería hacer o escribir algo que fuera más vasto, más fuerte que el horror y la humillación que sufría Chile. Quería lograr una pequeña respuesta, evitar la resignación por lo que me decía: “Ahora no. No te quiebres ahora. En cinco o en diez años rómpete o suicídate por una mujer, pero ahora no: no ahora que están matando gente: no cometas la ridiculez de suicidarte”. Ahora creo que no me suicidé porque me pareció un acto de sobreabundancia absolutamente ridícula. Hay un poema de Ungaretti que dice: “De todas estas casas no han quedado sino jirones de muro, de cuantos yo había amado no ha quedado siquiera eso. Pero en el corazón ninguna cruz falta. Mi corazón es el país más devastado.”

Diez

La poesía y la política no son esferas separadas. Siento que hubo un momento en que las palabras y las cosas eran una sola. Cuando los antiguos poetas querían alegría, era convocado el todo: los cerros saltaban de gozo, los cielos se encendían y las playas bailaban. Lo mismo en el duelo: los ríos se secan, las hojas también. Todo se oscurece. Creo que estamos ante la agonía de la palabra. En un tiempo vaticinado por Nietzsche y Hölderlin. Algo se olvido en la poesía y estamos sitiados en el desamparo máximo.

[ Luego de Purgatorio (1979), el poeta chileno incluyó en su segundo libro, Anteparaíso (1982), un par de fotografías como registro de dos acciones realizadas para el espacio abierto: la primera, una inscripción de los 15 versos del poema “La vida nueva” sobre el cielo de Nueva York; la segunda, una inscripción monumental del último verso de este poema en el desierto de Atacama, al norte de Chile, para la cual se excavaron surcos de 40 metros de ancho y 1.80 metros de profundidad por cada una de sus letras, logrando así la escritura de un verso (“Ni pena, Ni miedo”), cuya extensión total es de 3 kilómetros].

Once 

Si viniera un marciano y su única información fueran las toneladas de libros de poesía que se publican diariamente llegaría a la conclusión de que fuera de algunos angustias privadas y problemas de soledad, este es un mundo blanco sin puentes con descabezados colgando, sin mujeres muertas a golpes, sin ciudades bombardeadas, sin niños saliendo con las manos en la nuca de entre las ruinas. Diría seguramente que en este mundo sin mundo nunca hubo sangre, nunca hubo muerte, nunca hubo amor. Sepultada bajo esas montañas de poemas autistas, la poesía se quedó atrás del mundo y ya no tiene nada que informar de él. Nicanor Parra acuñó la célebre frase “los poetas bajaron del Olimpo”, pero fue entendido al revés; no era una celebración, era una denuncia: bajaron dejando a la poesía librada a su suerte. Es la traición de los poetas. Bueno, ya lo hicieron, ya se tomaron sus vacaciones y se emborracharon lo suficiente, ahora de nuevo para arriba a escribir los últimos poemas y despedir con un mínimo de grandeza los tres mil años de este inmenso arte que está muriendo y que ya debe morir.

Doce

El Finnegans Wake se publicó en 1939 y James Joyce llegó a afirmar que la Segunda Guerra Mundial había estallado solo para que su libro pasara desapercibido. ¿Te puedes imaginar la situación? Le había tomado diecisiete años escribirlo y no pudo sino sentir que era una obra que superaba todo lo imaginable, que el mundo entero iba a caer rendido ante ella, incluidos aquellos que miraron con recelo Ulises, y en cambio recibir solo perplejidad, rechazo, y del único que podía haberlo entendido, Ezra Pound, silencio. Todo tiene que haber sido más o menos de esa manera. Pero intentar algo así, algo que no tenía otra posibilidad que la de ser un fracaso: escribir el lenguaje de la duermevela y de la noche, ese que infinidades de seres humanos hablan en el instante de quedarse dormidos o en el instante del despertar, es por lo único que tiene sentido la poesía; intentar lo que es superior a tus fuerzas y siempre lo nuevo será infinitamente superior a tus fuerzas, siempre será un salto al vacío. Hay demasiados otros oficios que no nos ponen frente a esos extremos, pero si estás en esto, es así. Intentarlo, e intentarlo sin tomar providencias, sin tener esperanzas. No. Me corrijo: esperando que, si tu fracaso es absoluto, que haya todavía algo, la mano de tu mujer, la risa de un nieto, donde puedan refugiarse aquellos que sin que nadie los obligara, solo por pasión, arruinaron sus vidas.

Trece

Si algo nos muestra esa suma de la desgracia que llamamos historia, desde Caín y Abel hasta la Siria de hoy, es que no hemos salido del periplo homérico. No hemos salido de la palabra con que comienza la La Iliada, el primer poema de la historia a la que nosotros también pertenecemos; la palabra “cólera”: “Cólera, canta oh diosa, la de Aquiles, hijo de Peleo”. Es la traducción literal. No dice canta, canta el amor de Aquiles, ni la belleza ni el heroísmo, sino canta la cólera, y la cólera es la cólera. Allí ya estaban descritos los próximos tres mil años. Somos la saga de un poema sangriento, el mundo entero aún lo es. El fin de la violencia será el fin de la poesía, al menos de la poesía tal como la hemos entendido.

Catorce

Sobre el libro Zurita, debo decir se titula así, Zurita, no porque crea que yo o lo que sea mi vida tenga algo de especial, al contrario, sino porque es mi dato básico, el hecho básico de estar vivo, si puedes llegar al fondo de ese dato concreto que es tu vida, sin autocompasión ni falsa solidaridad, estarás posiblemente vislumbrando el fondo de todas las vidas; los seres humanos no somos mucho más que distintas metáforas de lo mismo y todos, más o menos, somos semejantes en nuestras angustias y miedos, en nuestra necesidad de amor, en nuestra perplejidad frente a la muerte. Intenté una poesía que fuese tan fuerte como el dolor que se nos estaba causando y detrás estaba la formidable tradición de la poesía chilena. Ercilla, Huidobro, de Rokha, Neruda. Lo intenté porque era moral intentarlo. Theodor Adorno dijo que después de Auschwitz escribir poesía era barbarie. Recuerdo una polémica de Sartre con un dirigente estudiantil que dijo que La Náusea era nada comparado con un niño vietnamita quemado por el napalm, a lo que Sartre respondió que lo verdaderamente monstruoso es que alguien hiciera siquiera la comparación. No quiero ser drástico, aún considerando la increíble frivolidad de la frase de Adorno; el Auschwitz del mundo antiguo fue Troya, lástima que se escribiera después La Ilíada. Porque si Adorno cometió la monstruosidad de hacer la comparación, la pregunta era exactamente la contraria: cómo se puede, después de Auschwitz, escribir otra cosa que no sea poesía.

Quince 

La afirmación de mi querido Eduardo Milán “Crear desde el miedo no es posible”, es correcta. Pero tal vez lo sea aún más la afirmación contraria: sólo se puede crear desde el miedo. Creo que se escribe desde una cierta irreparable desesperación y a la vez desde una también imposible alegría. Del encuentro de esos fantasmas nace la escritura. La escritura es como las cenizas que quedan de un cuerpo quemado. Para escribir es preciso quemarse entero, consumirse hasta que no quede una brizna de músculo ni de huesos ni de carne. Es un sacrificio absoluto y al mismo tiempo es la suspensión de la muerte. Es algo concreto, cuando se escribe se suspende la vida y por ende se suspende también la muerte. Escribo porque es mi ejercicio privado de resurrección.

Dieciséis

Si el capitalismo se ha fisurado o no, la poesía no tiene nada que reportar al respecto. ¿Alguien recuerda la fotografía de esos dos jóvenes abrazados sobre un puente a la salida de Sarajevo, el serbio y ella musulmana, muertos por francotiradores mientras intentaban huir para casarse? Fue en 1993 y los medios titularon de inmediato la noticia como “Romeo y Julieta en Sarajevo”.  Pero exactamente para que nunca dos jóvenes deban morir víctimas de conflictos del que no eran responsables y que por lo tanto nunca hubiera existido una fotografía que diera la vuelta al mundo llamada “Romeo y Julieta en Sarajevo” es que se escribió Romeo y Julieta. Porque el solo hecho de que los seres humanos escriban poemas representa el intento más extremo, maravilloso y desesperado por levantar desde este lado del mundo una compasión sin fin que preserve a los que vengan de la locura y violencia que esos mismos poemas se vieron obligados a narrar. Pero el fracaso es evidente.

Diecisiete

La poesía y la muerte son hermanas siamesas, nacieron pegadas, por lo que con la poesía no hay posibilidad de evasión alguna a no ser que estemos hablando de cosas distintas. Somos hijos del poema y de la muerte. Tal como todos los elementos de la vida estaban presentes en la explosión inicial, en el “Big Bang”, la muerte y la poesía son el ADN, las células madre, de cada ser humano que pisa o ha pisado esta tierra. Es lo que nos une a ese momento primordial, anclado en el fondo de lo humano, en el cual algo, un ser difuso e improbable, alzando los ojos del suelo vio las estrellas y comprendió de golpe que ellas continuarían allí cuando él ya no estuviese y que lo que miraba era una imagen de su propia muerte Ese algo, ese poco de excrementos y sangre, que en su precariedad está condenado a levantar imágenes fabulosas, cuentos y relatos, a componer sinfonías, solo porque para vivir debe paradójicamente levantar las imágenes de su muerte. Ese pequeño extra que le oponemos por un segundo a la muerte, escribámosla o no, eso es la poesía. Ella ha tomado múltiples formas antes y tomará múltiples formas después. A nosotros nos tocó el ciclo homérico, el ciclo de la ira, de la violencia y de la sangre.

Dieciocho

Es la rotundidad de los textos arcaicos que recogen la desnudez de lo oral, de la cual todavía nos llegan los ecos y donde entre la palabra y lo que la palabra nombra parecen ser una sola cosa. Es ese largo periplo que va desde “Cuéntame, oh musa, la historia del hombre de muchos senderos” hasta el “Just do it” de Nike donde ninguna palabra nombra lo que nombra ni ninguna frase dice lo que dice. Vivimos en el tiempo un tiempo que ha marcado el divorcio total entre los significantes y los significados y la forma que ha tomado esa agonía es el idioma de la publicidad. Pero ahora que me lo preguntas de nuevo, mira, es muy probable que los escribas de Tutankamón tuvieran que grabar jeroglíficos tanto o más idiotas que las frases de Nike o de Telefónica. ¿Cómo es la famosa frase de Macbeth? La vida es un cuento contado por un idiota lleno de sonido y furia que no significa nada. Lo sobrecogedor de la gran poesía es que no busca corroborar una verdad sino constatar una herida.

Diecinueve

Es intragable es el optimismo fácil: ese optimismo saludable que cree que el mundo es mejor porque haces “footing” en las mañanas. Son tres mil años donde la historia de la poesía ha sido la historia de la desdicha, el gran catastro de la infelicidad y solo desde allí puede emerger una pasión nueva tan fuerte que nos expurgue del dolor. Pero, si un hombre solo, concibe un paraíso es posible intentar la demente pasión de la esperanza. No de una esperanza a medias, no de una esperanza cautelosa, sino de una arrasadora esperanza, tan potente que doblegue la condena al dolor. Los grandes saltos son siempre resultados de apuestas hechas en el filo de la navaja, de juegos a perdedor, de heroísmos desesperados que emergen y que deberán continuar emergiendo en este mundo. Porque, en suma, sea lo que sea que afirme o desmienta una obra, lo que antes nada nos está diciendo es que no hemos sido felices, que si lo hubiésemos sido el arte no habría sido necesario porque cada segundo de la vida habría sido la más impresionante de las sinfonías, el más vasto de los poemas.

Veinte

Se habla de esperanza, esperanza, esperanza ¿pero esperanza de qué? Esperanza de que el león paste al lado del cordero, esperanza de que lo no amado sea amado, esperanza de que algún día no solo un viejo loco, antisemita, que pasó quince años en un manicomio armado, entendiera que el viento es el Paraíso, sino que lo entienda la humanidad entera.  Hundirse en el mar general del habla del cual todo surge y al cual todo vuelve.

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