Ocean Vuong. Foto: Instagram (@ocean_vuong).

Para las abuelas Graciela y Ofelita.

Para lxs nietxs.

Tendría que encontrar las palabras para explicarlo –finalmente ése es mi trabajo, el único que sé hacer–, lo intento de este modo: últimamente sólo me interesa leer aquellos libros cuya belleza me conmueve de manera profunda, donde puedo subrayar una frase y quedarme leyéndola y releyéndola durante un tiempo sin fin, dejando que caiga en el fondo de mi ser, que pueda sentirla en la piel, que me haga lagrimear, y a veces sonreír al mismo tiempo. No sé si me entienden. Muchas veces no tiene que ver ni siquiera con la historia, sino con la redondez de la imagen, con su fuerza o con su dulzura. Me quedo en esta última palabra: dulzura. Lejos de la cursilería, aunque no parezca. Una dulzura teñida por la melancolía, por el dolor; una dulzura de viejo sabio, de edad sin tiempo. Me quedo aquí para hablar de Ocean Vuong y su profunda dulzura, su antigua sabiduría, presente en cada una de las páginas que iba escribiendo cuando apenas tenía veintiocho años. Hoy que lo leo y me conmuevo con su escritura tiene treinta y dos, una lengua –el inglés– que aprendió al llegar a Estados Unidos a los dos años, con la conciencia de que la necesitaba para protegerse a sí mismo y a su familia de la violencia y las agresiones que les esperaban por ser diferentes. Hoy que lo leo morosamente dejando que sus frases se me tatúen en la memoria del alma, estoy en la piel de un chico vietnamita de aspecto frágil, de una madre nacida entre nubes de napalm, de una abuela cuyo último deseo es volver a saborear el arroz del pueblo del cual salió 30 años atrás. Ellas no aprendieron nunca el idioma del nuevo país, tampoco aprendieron a leer o a escribir, no lo hizo la tía Mai, ni tal vez el padre violento que está cada vez más lejos.

Hoy que lo leo y me conmuevo con su escritura tiene treinta y dos, una lengua –el inglés– que aprendió al llegar a Estados Unidos a los dos años, con la conciencia de que la necesitaba para protegerse a sí mismo y a su familia de la violencia y las agresiones que les esperaban por ser diferentes. Foto: Especial vía Guim.

De un suburbio sórdido de la costa este, donde la droga y las armas son algo habitual; de los prejuicios y las frustraciones de los que allí habitan –asiáticos, latinos, afros, blancos pobres, alcohólicos–; de la memoria de una guerra tan brutal e inexplicable como la de Vietnam; del descubrimiento de una sexualidad que llenará al adolescente Vuong de miedo y de incertidumbre; del deseo como descubrimiento del propio ser; del amor reconocido en pequeños gestos que a veces no tienen otra forma que una taza de té  o el sabor de un caramelo, nace esta novela entrañable y deslumbrante que es En la tierra somos fugazmente grandiosos (Anagrama, 2020. On Earth We’re Briefly Gorgeous, Penguin Press, 2019).

Ocean, como lo renombró su madre ya en Hartford, Connecticut, al enterarse que la palabra océano “se refería a un cuerpo de agua que toca muchos países, entre otros Estados Unidos y Vietnam” (su nombre vietnamita es Vinh Quoc Vuong y en casa le dicen “Little dog”), es “un hijo de la guerra”. Así llamó Primo Levi en La tregua al niño que los prisioneros comenzaron a conocer como Hurbinek, y que nadie sabía cómo había llegado al campo de concentración. “Un hijo de la guerra” podría ser también una descripción de Vuong, tal como lo cuenta en su largo poema “Notebook Fragments”: “An American soldier fucked a Vietnamese farmgirl. Thus my mother exists. / Thus I exist. Thus no bombs = no family = no me”.

La novela En la Tierra somos… nace como una carta escrita por Ocean a su madre. Al leer en la universidad el Diario de duelo de Roland Barthes, el libro que él escribió día tras día durante un año a partir de la muerte de su madre, algo se dispara:

“He conocido el cuerpo de mi madre”, escribe [Barthes], “enfermo y luego moribundo”. Y ahí es donde me he detenido. Donde he decidido escribirte. A ti, que sigues viva.” (p. 17)

El cuerpo que “Little dog” sí conocerá enfermo y luego moribundo será el de su abuela Lan. Me quedo un momento en esta frase, porque en el tejido que las mejores lecturas arman con nuestra propia vida, las abuelas han sido un elemento que nos han unido a mi hija, a Vuong y a mí. ¿Me dejan contarles?

Cuando Lan muere en ese departamento de un solo ambiente en el que llegaron a vivir tres décadas atrás, deciden llevar sus cenizas a Vietnam y enterrarlas en el lugar en que nacieron abuela, madre e hijo: distrito de Go Cong, provincia de Tien Giang. Una noche, después de la austera ceremonia de despedida, Ocean escucha ruidos cerca del hotel donde se hospedan. ¿Una fiesta? ¿En plena madrugada en las calles de Saigón? Al bajar a ver de qué se trata encuentra un grupo de drag queens cantando, niños jugando, luces, música. A un lado del escenario, cuatro personas con las cabezas gachas le dan la espalda al festejo: tienen frente a sí un cuerpo cubierto con una sábana blanca. Lo están velando.

Más tarde descubriría que esto era algo habitual en la noche de Saigón. Los forenses de la ciudad, escasos de fondos, no siempre trabajaban día y noche. Cunado alguien muere en la madrugada, se ven atrapados en un limbo municipal en el que el cadáver permanece dentro de su muerte. Como reacción, se formó un movimiento de base a modo de bálsamo comunitario. Los vecinos, al saber de una muerte súbita, recaudaban dinero en menos de una hora y contrataban a una troupe de travestidos para lo que llamaban “posponer la tristeza”. (p. 240)

Y estos días hubiéramos querido, en mi familia, posponer la tristeza. El 30 de agosto es el día en que murió mi madre. Sucedió hace 14 años, pero duele como si hubiera sido ayer. No la internamos, no tenía sentido ya cuando descubrieron el cáncer que había ido creciendo en su interior –como el de Lan– y que terminó con su vida en menos de tres meses. Pasó las últimas semanas en un sillón reclinable en la sala de la casa. No quería ni siquiera estar en su cuarto; prefería estar cerca de las charlas familiares, de los ruidos cotidianos, de la vida de todos los días. Tenía sólo 69 años y un optimismo a toda prueba. Aquí guardo sus últimas pinturas esperando estar algún día a su altura para acompañarlas con poemas y hacer finalmente ese libro que siempre quisimos que fuera de ambas. Cada primavera del sur, sus cenizas se transforman en las hermosísimas flores de una azalea.

La misma alegría de vivir tenía la otra abuela de mi hija, la mamá de su papá, la querida Ofelita que este 1 de septiembre se apagó a los 97 años. Vivió una vida libre, plena, creativa, supo enfrentarse a los dolores siempre con una sonrisa y una palabra cariñosa para quienes la rodeaban. Reía, tocaba la guitarra, hizo teatro para niños, fue bailarina en Bellas Artes. Había quedado viuda con veintipocos años y tres niños, pero los sacó adelante trabajando sin tregua, y reencontró el amor. Su compañero y ella estuvieron juntos más de medio siglo.

Pero la muerte en esta época impide los abrazos, los rituales, la cercanía. Impide acompañarse. Aun sabiendo que el cariño nos une, cada una llora sola, cada uno llora solo.

Dan ganas de inventar una despedida como la que hacen en Saigón, simplemente para posponer –siquiera un tiempo más– la enorme tristeza que nos cubre. A nosotras, a ustedes, a ese niño al que hoy llamamos Ocean y que ha escrito algunas de las páginas más bellas que he leído.