“Es un lujo que haya venido a México con un temperamento tan comunicativo. Si un muro no tiene puerta, ella se encarga de inventarla”, dice Juan Villoro. A ella, a la artista renacentista, como bien aclara Hernán Bravo Varela, le dedicamos nuestra portada por su reciente libro de poemas Solastalgia, editado por Almadía. ¿Adónde iremos a cantarle a la naturaleza los poetas si continuamente la castigamos?

Ciudad de México, 6 de octubre (SinEmbargo).- “Según parece, hay algo en mí que intenta / atravesar paredes de cristal: / algo inútil / y transparente / cuando entiendo que no se puede / hacer./ Es una sensación fugaz de impacto, como de ave, / pero sin la memoria prodigiosa del vuelo.”

El “Ars poética” de Tanya Huntington (Pierre, EUA, 1969), escritora y artista plástica, con la traducción de Hernán Bravo Varela, comienza en su libro Solastalgia (Almadía).

Es una artista binacional y escribe en inglés, pero sabe tanto de México como la sangre misma de alguien que vivió el terremoto, que tiene dos hijos y que ha aprendido a abrirse paso aquí, cuando la mirada sólo accedía a una sola profesión, a un solo oficio.

Ha escrito también Martín Luis Guzmán: Entre el águila y la serpiente (Tusquets, 2015) y A Dozen Sonnets for Different Lovers / Docena de sonetos para amantes distintos (Ediciones Acapulco, 2015) y como artista siempre anda regalando un dibujo o haciendo su serie de escritores en cuadros.

Habla muy bien el español, pero fundamentalmente es mexicana. No tiene una postura de extranjera que vive en un país extraño, aunque todo lo pueda parecer un espacio inconmensurable a la hora de vislumbrar una imagen, un color.

Cuando decidimos hacer nuestra portada, fue ella la que se encaramó con esa voluntad poética, con esa decisión para un decir autonómico y claro. Es cierto que dos por tres hablamos de lo bien que está la poesía mexicana y ella es una de sus máximas representantes, pero al mismo tiempo quisimos hacer un homenaje a su condición de alguien que se abre paso artístico en este país tan aficionado a dejarse andar y explorar.

“Tanya Huntington es alguien que se dedica a abrir puertas y ventanas a rumbos imaginarios. Poeta, pintora, actriz, traductora, profesora, conductora de programas de televisión, acumula oficios y se mueve con enorme soltura en dos idiomas. La tradición quiere que las personas pelirrojas tengan un temperamento arrebatado. En el caso de Tanya más bien podemos hablar de una energía y una generosidad sin límites. Es un lujo que haya venido a México con un temperamento tan comunicativo. Si un muro no tiene puerta, ella se encarga de inventarla. Todo lo contrario a su innombrable paisano que sólo piensa en levantar un muro”, dice Juan Villoro.

Lo que estás viendo aquí es una de las facetas de lo que para mí es el proyecto Solastalgia. Foto: Cortesía

“Tanya me parece una artista total, una renacentista que ejerce la poesía, la traducción, el ensayo, las artes plásticas, el teatro y hasta la gastronomía con pareja gracia e inquietud científica. Su poesía es un registro de esas investigaciones, pero, también, una muestra bastante infrecuente de agudeza formal, densidad conceptual y ligereza sonora”, afirma el también poeta Hernán Bravo Varela.

“Tanya Huntington es una creadora todoterreno, lo mismo pasa de la actuación a la pintura que de la fotografía a la poesía o a la traducción. Generosa como pocas, también es una frecuente colaboradora de proyectos culturales. Combina inteligencia y sensibilidad en su obra, y en su persona”. (Rocío Cerón, poeta)

“A veces pienso en Tanya como en una suerte de duende luminoso que reparte paz, sonrisas y apapachos. Y los reparte con generosidad, como hace todo en la vida: pintar, traducir, escribir poesía, inventar proyectos, celebrar a los amigos cuando están felices y abrazarlos en las tristezas. Compartimos la extranjería y el amor infinito a este país que se volvió nuestro hogar; esto nos ha vuelto cómplices: las dos nos emocionamos con “La suave patria”, con el “Huapango” de Moncayo, con la poesía de Rosario Castellanos y con el pase de lista por los 43 estudiantes de Ayotzinapa. Adoro su poesía, límpida, clara, irónica muchas veces, profunda siempre. Adoro también su obra plástica que va del hiperrealismo más puntilloso al más enternecedor retrato de la infancia. Pero sobre todo adoro su palabra solidaria, su mirada cálida. Y su amistad a prueba de todo (créanme, lo digo por experiencia).”, afirma Sandra Lorenzano.

–¿Cuándo la poesía dejó de ser una descarga emocional para convertirse en un oficio?

–Es una muy buena pregunta. Yo siempre digo que hay dos clases de poetas, igual que hay dos clases de luchadores, están los técnicos y están los rudos. Hay un aspecto que siempre muestra lo rudo de la poesía, es ese aspecto que nos mueve el tapete, nos quiere conmover, que nos arrastra casi siempre en contra de nuestra propia voluntad. Para mí siempre va a estar en diálogo con esa poesía que le gusta lo racional, los juegos de la mente, los acertijos, las paradojas. Para mí pueden coexistir dentro del mismo formato.

Alejandro Magallanes mostrando su diseño para Solastalgia. Foto: Twitter

–Tú, ¿cómo lograste esa combinación?

–Hablar de mi propia poesía me cuesta. Empecé a escribir poemas cuando tenía 9 años y creo que quizás más allá de esa dicotomía que has establecido para mí era otro manera de entablar el diálogo con mis lecturas. Por eso los epígrafes. Quizás para mí va más en ese sentido.

–“Las piedras del corazón”…qué hermoso poema que has escrito

–Como Dijo Vallejo hay golpes en la vida que uno no espera y nos deja anonadadas como personas. Hay que entender qué nos mató, qué nos arrolló. Contemplar la posibilidad de que morimos en vida y que renacemos y armar la existencia bajo otro ser. Es un poco el proceso que trato de describir aquí. No sé si la poesía sea un antídoto, un barómetro o plasmar algo que es imposible de plasmar, qué es lo que sentimos en las grandes crisis de nuestras vidas.

El nuevo poemario se llama Solastalgia. Foto: Cortesía

–Tú sufriste un derrame cerebral. ¿Cómo influyó en tu poesía ese hecho?

–Para mí era algo más allá de la poesía. Era una manera de vivir un cambio constante en mi relación con las artes, como sabes, yo me dedico a varias. Me di cuenta de que no podía estar o desperdiciando el tiempo, porque nos podemos ir en cualquier momento. El derrame que tuve fue a una edad muy temprana. No esperes a haber leído todo para dar tu pequeño granito de arena, hay que empezarlos a dar cuanto antes. Es una cosa poder frasear la idea del carpe diem porque quizás mañana no estemos aquí a sentir la manera de que probablemente se nos vaya a claudicar la existencia mañana.

–Juan José Millás decía si mañana amanezco tonto y no puedo escribir una sola línea

–A mí me daba pánico dormirme, que es algo que disfruto tanto. Siempre cuento los minutos para la siguiente aventura onírica tras los párpados, pero dormirme y al otro día quizás levantarme con afasia. Eso me daba pánico. Se me afectaron las fechas, los días de la semana y he aprendido a vivir con ese daño cerebral, chequear la cita siempre tres veces, estoy contenta ahora con eso.

–Empiezas a curarte cuando empiezas a soñar

–Por supuesto que saco mucho de los sueños a la poesía y a las artes. Cuando encuentro alguna duda siempre digo: no te preocupes ahora, ya el inconciente lo resolverá. Quizás no sea la respuesta con mayúsculas, pero siempre llega la manera de darle vuelta a la tortilla.

–José Woldenberg no sabe idioma y siempre agradece a los traductores todo lo que le han hecho conocer de las obras literarias. ¿Tuviste a Hernán Bravo Varela como traductor?

–Sí escribo en español, como bien sabes, pero siempre he tenido que toparme que no puedo escribir poesía en español ni siquiera traducir mi poesía. Una de las mejores cosas es saber que uno tiene carencias y que puede confiar y entablar diálogos con quien puede ayudar a llevar a la obra fruición. Hernán no solo es un gran traductor, capaz de llevar la poesía de Emily Dickinson, sino que también es mi amigo y me conoce. Él no sólo entiende literalmente el sentido de los poemas, sino que también me conoce a mí. Qué forma tiene este autorretrato que estoy escribiendo, él lo sabe.

–¿Qué es Solastalgia?

–Solastalgia es un neologismo que me fascinó y que combina la idea de nostalgia con la idea de que podamos perdernos otra vez en la naturaleza. Hay una sensación de pánico frente a que la naturaleza se nos está agotando o más bien la estamos acabando. Cómo afecta la larga historia de amor que tenemos los poetas con la naturaleza.

–Es nostalgia por lo que va a venir

–Sí, es nostalgia por lo que va a venir, de lo que hemos leído en el pasado y un poco de darnos cuenta de que la relación que tenemos con el entorno es tóxica. Querer hacer poesía con la naturaleza a la que estamos golpeando es tremendo.

–¿Las otras artes como alimentan la poesía para ti?

–Una no existe sin las otras artes. Detrás de este poema hay performances, bocetos, fotografías, lo que estás viendo aquí es una de las facetas de lo que para mí es el proyecto Solastalgia.

–Tú resurgiste luego de la separación…

–Uno se muere muchas veces en la vida y eso es lo importante que he descubierto. Perduramos en varios planos cuánticos como nos quieren decir los físicos, pero también renacemos y debemos darle un poco de atención a este proceso. De pensar, ¿cómo va a ser? ¿Cómo seré después de esto? Leyendo Las metamorfosis de Ovidio uno piensa que si nos va bien, renaces como un lago o como un eco o puedes renacer como una gorgona.

–¿Qué significa México para ti, estar aquí?

–¿Qué tanto de nuestra nacionalidad política o social de nuestro nacimiento o qué tanto dónde elegimos estar? Con quienes elegimos rodearnos. Hay algo perverso quizás en el sentido de que nos gusta llevar la imagen del foráneo, pero no siento que así vivo aquí. De verdar no sé si podría vivir en otro lugar. Ese diálogo a quién fui cuando nací y a quién he llegado a ser gracias a mis esfuerzos en México.

–¿Qué es lo que le pasa a quien escribe poesía?

–Para mí forma parte de la existencia y sé que es un género algo castigado actualmente. Me tiene sin cuidado. Podemos cosechar los beneficios de escribir para pocos, para los interlocutores o para nadie. En una época tan narcisista, hasta megalomaníaca en que los autores se han convertido en estrellas de consumo masivo, qué maravilla poder conservar el delicioso anonimato que tu diálogo pueda ser con tus muertos, con tus lecturas.