luego me anduve sola. Foto: Julieta Cardona.

total que cuando abrí los ojos, me llené de montañas y quién sabe de qué manera, me punzaron las cicatrices. de con mi madre, que vive en Texas, me trepé a un bus con dirección al sur que también es norte y centro, todo al mismo tiempo. viajé toda la noche, una cosa bárbara porque una no pega un ojo y menos ahora con tanto retén ahí en la frontera de Laredo.

habré dormido cosa de dos horas cuando, como dije: abrí los ojos y me llené de montañas. yo nací en Saltillo, un pueblo hermoso sumido en los brazos de la Sierra Madre. lo más bonito de ese lugar es que, vayas adonde vayas, las montañas te siguen y que, si te sientes aprisionado, las paredes son árboles y roca limpia que nacen del centro de la Tierra.

y, bueno, crecí acá en el valle de México: acá me enamoré y se me desdobló la vida a borbotones, acá estudié, me rompí, me armé, me desenamoré; acá aprendí a andar en metro, en los mercados, a regatear, a comer pancita y hasta a alburear; acá probé la cochinita pibil, el mole, los tlacoyos, la flor de calabaza, el huitlacoche, la cecina, el guacamole –que te caes de nalgas de lo bueno–, las palanquetas, los tacos de barbacoa, maciza, espaldilla, campechanos, damedoscontodoensalsaverdeporfavor, el pozole, el dolor tácito de los amantes que no se olvidan, las tostadas de tinga y la cuba libre.

luego me anduve sola, migrando de allá para acá. y hace apenitas volví de Oceanía. después de casi dos años de no tener un lugar fijo y cargar una maleta con cositas simples; después de dormir en futones, colchonetas, hules inflables, casas de campaña, casas rodantes, camas rentadas, sillones y hasta sobre el piso congelado, llegué a sentir todas las certezas, a decir sin parar que la vida concede, a darme cuenta de que hogares, tengo muchos, pero origen, sólo uno: este lugar.