Esta es la historia real de una remota colonia menonita de Molotschna, Bolivia, donde durante años mujeres y niñas amanecían doloridas y sangrando, como consecuencia de haber sido drogadas y violadas por la noche. La comunidad atribuía estas heridas a demonios que las castigaban por sus pecados.

Los violadores eran familiares y vecinos de las mujeres que habían administrado anestésico de animales a sus víctimas para dejarlas inconscientes. Los ocho hombres fueron detenidos, pero ahora quedarán libres bajo fianza y regresarán a casa. ¿Qué rumbo deberán tomar ahora estas mujeres?

Ciudad de México, 7 de noviembre (SinEmbargo).- Durante años, en la remota colonia menonita de Molotschna, las mujeres han sido sistemáticamente drogadas y violadas mientras duermen. La comunidad se empeñaba en hacerles creer que las heridas eran producto de su imaginación u obra del demonio que las castigaba por pecadoras. Pero los violadores eran hombres de carne y hueso: familiares y vecinos que fueron detenidos, pero que ahora quedarán libres bajo fianza y regresarán a casa.

Ocho de esas mujeres que padecieron abusos y violaciones, cuatro de la familia Loewen y cuatro de las Friesen, están a punto de reunirse en secreto para tomar una decisión que determinará su futuro. ¿Qué deben hacer? ¿Perdonarlos, como pide el obispo Peters? ¿Responder a la violencia con más violencia? ¿O marcharse para siempre, lejos del único mundo que hasta ahora han conocido?

En el punto en el que estas ocho mujeres –niñas, jóvenes, adultas y ancianas– toman la palabra y comienzan a compar­tir sus miedos, deseos y esperanzas, arranca esta formidable novela, inspirada en hechos reales que ocurrieron hace tan sólo una década. La autora narra con hondura, afecto y sentido del humor la historia de unas mujeres que reclaman su derecho a decidir, y se hacen preguntas sobre la convivencia, el perdón, la justicia y la naturaleza del amor.

A continuación, SinEmbargo comparte, en exclusiva para sus lectores, un fragmento de Ellas hablan, de la escritora canadiense Miriam Toews, quien ha publicado ocho libros y su obra ha sido galardonada con una decena de premios, entre ellos el Governor General’s Award for Fiction y el Rogers Writers’ Trust Fiction Prize en dos ocasiones. De ascendencia menonita, varias de sus obras versan sobre el papel de las mujeres en estas comunidades. En 2007 dio vida a la protagonista, madre de una familia menonita, de la película Luz silenciosa de Carlos Reygadas. Cortesía otorgada bajo el permiso de Sexto Piso.

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UN APUNTE SOBRE ESTA NOVELA

Entre 2005 y 2009, en una remota colonia menonita de Bolivia llamada Manitoba, como la provincia canadiense, muchas mujeres y niñas se levantaban por la mañana doloridas y con sensación de modorra, sus cuerpos amoratados y sangrando, como consecuencia de haber sido agredidas por la noche. Estas agresiones se atribuyeron a fantasmas y demonios. Ciertos miembros de la comunidad eran de la opinión de que o Dios o Satán estaban castigando a las mujeres por sus pecados; un grupo muy numeroso las acusaron de mentir para llamar la atención o encubrir sus adulterios; hubo incluso quienes creyeron que era todo fruto de una imaginación femenina desbocada.

Con el tiempo se descubrió que ocho hombres de la colonia habían administrado anestésico para animales a sus víctimas para dejarlas inconscientes y así poder violarlas. En 2011 un tribunal boliviano halló culpables a estos hombres y los condenó a largas penas de prisión. En 2013, con los condenados aún en prisión, se denunciaron en la colonia nuevas agresiones y abusos sexuales del mismo tipo.

Ellas hablan es tanto una reacción a través de la ficción a estos hechos reales como un acto de imaginación femenina.
M. T.

ACTAS DE LO DICHO POR LAS MUJERES

Relativas a las asambleas celebradas en la colonia Molotschna los días 6 y 7 de junio de 2009, tal y como quedaron registradas por August Epp.
Estuvieron presentes:

Las Loewen
Greta, la de más edad
Mariche, la hija mayor de Greta
Mejal, otra hija más joven de Greta
Autje, una hija de Mariche

Las Friesen
Agata, la de más edad
Ona, la hija mayor de Agata
Salome, otra hija más joven de Agata
Neitje, una sobrina de Salome

6 DE JUNIO
AUGUST EPP, ANTES DE LA ASAMBLEA

Me llamo August Epp (irrelevante a todos los efectos, salvo por haber sido designado secretario de las asambleas de las mujeres porque las mujeres son iletradas y no pueden cumplir esta función). Y puesto que éstas son las actas, y yo el redactor de las mismas –y además soy maestro de escuela y a diario instruyo a mis alumnos para que hagan esto mismo–, soy de la opinión de que mi nombre debe aparecer en el encabezado junto con la fecha. Ona Friesen, miembro también de la colonia Molotschna, fue quien me preguntó si podría yo redactar las actas (aunque no utilizó la palabra «actas», y me preguntó más bien si podría yo dejar constancia de algún modo de las asambleas y crear un documento del que ellas pudieran disponer).

Tuvimos esa conversación ayer tarde, en el camino de tierra entre su casa y el cobertizo donde me tienen alojado desde que volví a la colonia hace meses. (Una disposición temporal, en palabras de Peters, el obispo de Molotschna, donde «temporal» podría significar cualquier plazo de tiempo porque él no se rige por un entendimiento convencional de las horas y los días; estamos aquí, o en el Cielo, para la eternidad, y eso es todo lo que necesitamos saber. Las casas principales de la colonia son para las familias y, estando como estoy solo, no sería extraño que me quedara para siempre en el cobertizo, para los restos, lo que en realidad tampoco me importaría. Es más grande que la celda de una prisión y quepo de sobra, yo ¡y un caballo!).

Ambos fuimos rehuyendo las sombras mientras hablábamos. En cierto momento, a mitad de una frase, el viento le levantó la falda y tuve la impresión de que me rozaba la pierna con el dobladillo. Íbamos buscando el sol, moviéndonos a cada tanto conforme las sombras se alargaban, hasta que los rayos desaparecieron y Ona rio y blandió el puño hacia el sol de poniente y lo llamó traidor, cobarde. Me contuve para no explicarle lo que son los hemisferios, que estamos obligados a compartir el sol con otras partes del mundo, que si observáramos la Tierra desde el espacio exterior veríamos hasta quince anocheceres y quince amaneceres al día (y que quizá, al igual que comparte el sol, el mundo podría aprender a compartirlo todo, aprender ¡que todo es de todos!). Me limité a asentir, en cambio. Sí, el sol es un cobarde…, igual que yo. (También me callé porque fue precisamente esta tendencia mía a creer, con tanta exaltación, que todos podemos compartirlo todo lo que me hizo dar con los huesos en la cárcel no hace tanto). He de admitir que la conversación no es algo que me venga fácil y, además, por desgracia, padezco la angustia del pensamiento tácito a cada minuto de mi vida.

Ona volvió a reír, y su risa me envalentonó, y quise preguntarle si yo suponía para ella un recordatorio del Mal en carne y hueso, y si eso era lo que la colonia pensaba de mí, que yo era el Mal, y no porque hubiera estado en la cárcel, sino por lo ocurrido tanto tiempo atrás, antes de que me encarcelaran. Me limité, sin embargo, a acceder a redactar las actas, por supuesto que sí (no tenía más alternativa, pues yo por Ona Friesen haría cualquier cosa).

Le pregunté para qué querían las mujeres un documento escrito de las reuniones si no iban a poder leerlo. Ona, que sufre de narfa, o nerviosismo –al igual que yo, mi propio nombre así lo dice, Epp viene de «álamo», del álamo temblón, el árbol con hojas que tiemblan, el árbol al que también se le llama a veces Lengua de Mujeres porque sus hojas están en continuomovimiento–, me respondió con lo siguiente.

Ese mismo día, a primera hora de la mañana, había visto dos animales, una ardilla y un conejo, justo cuando la primera cargaba a toda velocidad contra el segundo. En el momento en que la ardilla estaba a punto de entrar en contacto con el conejo, éste pegó un salto hacia arriba en el aire, de dos o tres palmos de alto. La ardilla, confundida, o al menos a Ona así se lo pareció, se dio entonces media vuelta y cargó contra el conejo desde el otro lado, todo para encontrarse de nuevo un vacío cuando una vez más el conejo, en el último segundo posible, saltó en el aire y evitó el contacto con la ardilla.

Disfruté de la anécdota porque era de Ona, pero no llegué a entender qué había querido decirme exactamente, o qué podía tener eso que ver con las actas.
¡Estaban jugando!, me dijo.
¿Tú crees?, le pregunté.

Ona se explicó: quizá ella no tenía por qué haber visto el juego de la ardilla y el conejo; era muy temprano por la mañana, a una hora en que nadie más deambulaba por la colonia, con el pañuelo del pelo demasiado suelto, el vestido arremangado también de cualquier manera, una silueta sospechosa…, la hija del diablo, como la ha apodado Peters.

Pero ¿llegaste a verlo, ese juego secreto?, quise saber.
Sí, respondió, lo vi con mis propios ojos (ojos que en ese momento, mientras me contaba la historia, brillaban de la emoción).

Las asambleas han sido organizadas a la carrera por Agata Friesen y Greta Loewen en respuesta a las extrañas agresiones que llevan ya varios años atormentando a las mujeres de Molotschna. Prácticamente todas las mujeres y niñas han sido violadas desde 2005, y en su momento muchos de la colonia creyeron que era obra de fantasmas o de Satán, en teoría como castigo por sus pecados.

Las agresiones sucedían de noche. Mientras las familias dormían, dejaban inconscientes a las niñas y mujeres rociándolas con un espray del anestésico que utilizamos para los animales de la granja y que elaboramos con belladona. A la mañana siguiente se despertaban doloridas y aletargadas, a menudo sangrando, sin entender a qué podía deberse. No hace mucho que se ha sabido que los ocho demonios responsables de las agresiones han resultado ser hombres de carne y hueso de Molotschna, la mayoría de ellos parientes cercanos –hermanos, primos, tíos, sobrinos– de las mujeres en cuestión.

A uno de los hombres lo reconocí vagamente. Jugábamos juntos de pequeños. Se sabía el nombre de todos los planetas o, si no, al menos se los inventaba. Su apodo era Froag, que significa «pregunta» en nuestro idioma. Me acuerdo de que quise despedirme de aquel chico antes de abandonar la colonia con mis padres, pero mi madre me dijo que mi amigo estaba pasándola mal con los molares de los doce años y que había contraído una infección y no podía salir de su cuarto; ahora no tengo tan claro que eso fuese verdad. Pero el caso es que en la colonia no se despidieron de nosotros cuando nos fuimos, ni ese niño ni nadie.

Los demás asaltantes son mucho más jóvenes que yo y no habían nacido, o eran niños de pecho o de dos o tres años, cuando me fui con mis padres, de modo que no los recuerdo de nada. Molotschna, al igual que todas nuestras colonias, es autárquica y aplica sus propias leyes. En un principio Peters pensó en encerrar varias décadas a los hombres en un cobertizo (parecido al mío), pero no tardó en hacerse evidente que la vida de los hombres corría peligro. Salome, la hermana pequeña de Ona, agredió a uno con una guadaña, mientras que un grupo de colonos borrachos y airados, parientes de las víctimas, colgó a otro por las manos de la rama de un árbol. Murió, al parecer olvidado, cuando los hombres borrachos y airados perdieron el sentido allí mismo en el sembrado de sorgo, junto al árbol. Después de eso, Peters decidió, con el apoyo de los ministros, llamar a la policía para que los detuvieran –es de suponer que por su propia seguridad– y se los llevaran a la ciudad.

El resto de los hombres de la colonia (salvo por los que están seniles o inválidos, y mi persona, por razones que no me honran) han ido a la ciudad para depositar la fianza para los agresores detenidos, con la esperanza de que los dejen volver a Molotschna mientras siguen a la espera de juicio. Y cuando los responsables vuelvan, a las mujeres se les concederá la oportunidad de perdonarlos, lo que garantizaría un lugar en el Cielo para todos.

Por lo que ha dicho Peters, si las mujeres no perdonan a los hombres, tendrán que abandonar la colonia y vivir en el mundo exterior, del que nada saben. Las mujeres tienen muy poco tiempo, sólo dos días, para organizar su reacción. Según me ha contado Ona, las mujeres de Molotschna votaron ayer. Se podía votar por tres opciones:

1. No hacer nada.
2. Quedarse y luchar.
3. Irse.

Cada opción iba acompañada de una ilustración explicativa porque las mujeres no saben leer (nota: no es mi intención estar señalando de continuo que las mujeres no saben leer, sólo cuando resulta necesario para explicar determinadas acciones). Neitje Friesen, de dieciséis años, hija de la difunta Mina Friesen y ahora bajo tutela permanente de su tía Salome Friesen (Peters mandó hace años al padre de Neitje, Balthasar, a un remoto rincón del suroeste del país para que comprara doce tusones y todavía no ha vuelto), ha sido la que ha ideado las ilustraciones:

«No hacer nada» iba acompañada de un horizonte vacío. (Aunque creo, si bien me abstuve de mencionarlo, que podría haber servido para ilustrar igualmente la opción de irse).
«Quedarse y luchar» iba acompañada de un dibujo de dos miembros de la colonia enzarzados en un cruento duelo a cuchillo. (Las demás lo tacharon de demasiado violento, pero el significado queda claro).
Y la opción «Irse» iba acompañada de un dibujo de un caballo visto por detrás. (Una vez más pensé, si bien me abstuve de comentarlo, que parecía que fueran las mujeres las que vieran irse a otros).

El recuento estuvo muy reñido entre la segunda y la tercera opción, el cruento duelo a cuchillo y el caballo visto por detrás. En general las Friesen se decantan por quedarse y luchar, mientras que las Loewen prefieren irse, aunque existen indicios de opiniones cambiantes en ambos bandos.

También hay mujeres en Molotschna que han votado por no hacer nada y dejar las cosas en manos del Señor, pero hoy no estarán presentes. La que más se hace oír entre las mujeres del «No hacer nada» es Janz Caracortada, miembro incondicional de la colonia, recolocadora de huesos oficial y mujer conocida también por tener una vista excelente para medir distancias. En cierta ocasión me explicó que, como molotschnaní, ella tenía todo lo que podía pedir; bastaba con contentarse con pedir poco.

Ona me informó de que Salome Friesen, iconoclasta como la que más, señaló en la asamblea de ayer que en realidad «No hacer nada» no era una opción como tal, pero al menos así las mujeres que se decantasen por el «No hacer nada» sentirían que tenían cierto poder de decisión. Mejal (palabra que significa «niña» en bajo alemán) Loewen, una simpática fumadora empedernida con dos dedos de yemas amarillas, y barrunto que una vida secreta, se mostró de acuerdo, pero, según me contó Ona, también señaló que a Salome Friesen nadie la había erigido en la persona que podía afirmar qué constituye y qué no la realidad, o cuáles eran las opciones. Por lo visto, las demás Loewen se mostraron de acuerdo con lo dicho asintiendo con la cabeza, mientras que las Friesen expresaron su impaciencia con gestos rápidos y desdeñosos.

Esta clase de conflicto menor ilustra bien el tono del debate entre ambos grupos, las Friesen y las Loewen. Con todo, dado que el tiempo apremia y urge tomar una decisión, las mujeres de Molotschna han decidido por consenso permitir que estas dos familias debatan los pros y los contras de cada opción –salvo por la opción del «No hacer nada», que la mayoría de mujeres de la colonia ha tachado de dummheit– y decidan cuál es la más conveniente y, a partir de ahí, elijan la mejor forma de implementar esa opción.

Un apunte a la traducción: las mujeres hablan en plautdietsch o bajo alemán, el único idioma que conocen y lengua oficial de todos los miembros de la colonia Molotschna (si bien hoy en día los muchachos de Molotschna aprenden los rudimentos del inglés en la escuela, y los hombres hablan también un poco de español). El plautdietsch es un idioma medieval sin representación gráfica, moribundo, un batiburrillo de alemán, holandés, pomerano y friso. Quedan muy pocas personas en el mundo que hablen bajo alemán, y las que lo hacen son todas menonitas.

Lo menciono para explicar que antes de poder transcribir las actas de las reuniones, si quiero dejar constancia por escrito, tendré que traducir al inglés (al vuelo, mentalmente) lo que las mujeres digan. Y otro apunte, de nuevo irrelevante para el debate de las mujeres, pero necesario para explicar en este documento por qué yo sé leer, escribir y entender la lengua inglesa: aprendí inglés en Inglaterra, adonde me mudé con mis padres cuando los excomulgó el obispo de Molotschna de aquellos tiempos, Peters el Viejo, el padre del Peters que actualmente es el obispo de Molotschna.

Cuando estaba allí en mi cuarto curso de la carrera, sufrí un trastorno nervioso (narfa) y participé en unas actividades políticas que me llevaron en última instancia a ser expulsado de la universidad y encarcelado durante una temporada. Mi madre murió estando yo preso. Mi padre había desaparecido hacía años. No tengo hermanos porque a mi madre le tuvieron que extirpar el útero después de tenerme a mí. En definitiva, no tenía a nadie ni nada en Inglaterra, aunque sí conseguí terminar mi licenciatura en Magisterio por correspondencia mientras cumplía condena. Sin dinero, sin techo y medio loco –o loco del todo–, tomé la decisión de suicidarme.

Un día, mientras me documentaba sobre las distintas opciones de suicidio en la biblioteca pública que estaba más cerca del parque que había convertido en mi casa, me quedé dormido. Estuve durmiendo muchísimo rato, hasta que por fin la bibliotecaria me despertó zarandeándome ligeramente y me dijo que tenía que irme, que era la hora del cierre. Esta misma mujer, una señora mayor, se dio cuenta entonces de que yo había estado llorando y tenía un aspecto desaliñado y parecía consternado, y me preguntó qué me pasaba. Le dije la verdad: no quería seguir viviendo.

Me invitó a cenar, y mientras comíamos en un pequeño restaurante frente a la biblioteca, me preguntó de dónde era, ¿de qué parte del mundo? Le contesté que venía de una parte del mundo que había sido fundada para ser su propio mundo, alejada del mundo. Le conté que, en cierto sentido, mi pueblo (recuerdo el tono irónico con que dije las palabras «mi pueblo», y que al instante me avergoncé y pedí perdón para mis adentros) no existe, o al menos ésa es la sensación que debe de dar, la de no existir.

Y supongo que de ahí a pensar que en realidad tú tampoco existes, dijo, o que tu propia existencia corporal es una perversión, sólo hay un paso.
No tenía muy claro qué había querido decirme y me rasqué la cabeza con saña, como un perro con garrapatas.
¿Y después?, me preguntó.
Unos años en la universidad y luego en prisión, le conté.
Bueno, quizá ambas cosas no sean autoexcluyentes.
Esbocé una sonrisa necia. Mi incursión en el mundo acabó con mi reclusión del mundo, dije.
Como si te hubieran traído a la existencia para no existir, comentó riendo.
Elegido para conformarse, sí, dije intentando no reírme yo también. Nacido para no ser.

Me imaginé a mi yo de bebé berreando al ser sacado del útero de mi madre, y luego, el útero en sí arrancado rápidamente y tirado por una ventana para evitar que sucedieran más abominaciones: este nacimiento, este niño, su desnudez, la vergüenza de la madre, su vergüenza, la vergüenza de ambos.
«Encontré un viajero de comarcas remotas»,* dijo la mujer, al parecer citando a un poeta que conocía y que le encantaba.

Una vez más no me quedó muy claro a qué se refería, pero asentí. Le expliqué que provenía de una colonia menonita, la de Molotschna, y que, cuando tenía doce años, excomulgaron a mis padres y tuvimos que mudarnos a Inglaterra. Nadie se despidió de nosotros, le conté a la bibliotecaria (viviré siempre con la vergüenza de haber dicho algo tan lastimero). Estuve años creyendo que nos obligaron a irnos de Molotschna porque me habían descubierto robando peras en una granja de la colonia vecina de Chortiza. En Inglaterra, donde aprendí a leer y escribir, dibujaba mi nombre con piedras en un gran prado verde para que Dios me encontrara rápidamente y completara así mi castigo. También intenté escribir la palabra «confesión» con piedras del muro de nuestro jardín, pero mi madre, Monica se llamaba, se dio cuenta de que esa tapia entre nuestro jardín y el de los vecinos estaba menguando.

Cierto día siguió hasta el prado el surco estrecho que había dejado yo en la tierra con la carreta y me sorprendió en el acto de rendirme a Dios, utilizando las piedras del mundo para señalar mi paradero, con letras enormes. Me hizo sentarme en el suelo y me rodeó con sus brazos, sin decir nada. Al cabo de un rato me dijo que había que devolver las piedras al muro. Le pregunté si podía devolverlas una vez que Dios me hubiera encontrado y castigado. Era tal mi agotamiento por anticipar el castigo que lo único que quería era acabar cuanto antes. Me preguntó por qué creía yo que tenía pensado castigarme Dios, y le conté lo de las peras, y mis pensamientos sobre las chicas, sobre mis dibujos, y mis ansias de ganar en los deportes y ser fuerte. Qué vanidoso, competitivo y lujurioso era. Mi madre se rio entonces, volvió a abrazarme y me pidió perdón por reírse. Me dijo que yo era un niño común y corriente, y que era hijo de Dios…