Miruna Achim, historiadora de la ciencia e investigadora del México prehispánico, escribe sobre la formación del Museo Nacional de Antropología e Historia, testigo del pasado indígena del país y fundamento de lo que es ahora. Habla sobre su importancia, sobre cómo la colección de antigüedades casi termina en el Museo de Louvre y la relevancia del historiador José Fernando Ramírez para reconstruir la huella de nuestros ancestros.

Ciudad de México, 7 de enero (SinEmbargo).– “Si tienes tiempo para visitar un solo lugar, tiene que ser el Museo Nacional”, me dijo Will cuando llegué a la Ciudad de México por la primera vez, hace más de 20 años. “¿Cuál Museo Nacional?” pregunté un poco confundida. “El de antropología, por supuesto,” me contestó Will sin titubeos. Porque el Museo Nacional de Antropología es y ha sido EL Museo Nacional por excelencia. El arca que guarda y define el patrimonio de todos los mexicanos, sus artefactos más sagrados, de antes de la invasión española. Es esta una verdad tan incontestable que es tarea ardua, si no irreverente, imaginar que los objetos del pasado indígena hayan sido otra cosa que los fundamentos – materiales, históricos, simbólicos – del México moderno. Que fueron destruidos para borrar así las huellas de idolatrías paganas, sí, pero también ávidamente coleccionados por interesados, desde los primeros años del encuentro de los dos mundos; que despertaron tanto horror y repulsión como curiosidad; que durante años, ya una cabeza de serpiente emplumada, ya un chimalli de piedra, ya un cuauhxicalli hicieron de soporte de una casa o de pila bautismal, lo que le daba a la Ciudad de México el aspecto de un museo de antigüedades al aire libre. Es decir, los objetos del pasado tienen, como cualquier otro objeto, biografías. El ocaso de los ídolos y el complejo devenir de las antigüedades mexicanas como objetos de la ciencia y de la política acontecen a partir del siglo XVIII y a lo largo del XIX.

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“Desde el punto de vista del arte, no hay nada más miserable, más bárbaro que estos ídolos o simulaciones de la divinidad; parecen más el fruto de una imaginación sombría y extravagante” – he aquí la reacción del Conde Turpin de Crissé, el inspector del Departamento de Beaux Arts, cuando se le pidió que opinara sobre la posible adquisición de una colección de antigüedades mexicanas en 1826 por el Museo del Louvre. El Louvre desistió de la compra aunque, seis años más tarde, adquiriría las antigüedades mexicanas de Maximilien Franck, un talentoso artista bohemio quien, habiendo pasado una temporada en el México recién independiente, juntó una colección de objetos prehispánicos y un álbum de bellos dibujos de antigüedades en el Museo Nacional de México y en colecciones privadas, de mexicanos y extranjeros. Franck acompañó los dibujos con notas escritas con su letra uniforme y precisa, para dar detalles sobre cada uno de los objetos (su tamaño, material, proveniencia); destacan sus apuntes sobre aquellas antigüedades parecidas a antigüedades egipcias, fenicias, etruscas y chinas: “figura de pórfido, en imitación de las momias egipcias y otras divinidades.” Para Franck, como para muchos de sus contemporáneos, este tipo de comparación es producto de una aporía: ¿cómo ver, cómo nombrar, cómo dibujar o describir cosas que se salen de todos los cánones del arte conocido en Occidente? La analogía, superficial y arbitraria, es una apuesta hermenéutica. Es, al mismo tiempo, prueba de identidad. Ante la pregunta por la identidad del hombre americano – álgidamente debatida a lo largo del siglo XIX, los objetos trazan huellas hacia el origen de los tiempos: los americanos llegaron de Egipto, de Fenicia, de India, del antiguo Israel. Para finales del mismo siglo, los estudiosos de la historia y de la arqueología de México llegarían incluso a reactivar una hipótesis que tiene sus comienzos en la Ilustración: México es la tierra del Fusang, colonizada por monjes budistas chinos en el siglo V. (El Fusang es una especie de planta con frutos rojos que para muchos era, inexplicablemente, el maguey.) Fueron los monjes quienes habían llevado la civilización a tierras americanas; después, llegarían tribus bárbaras, como los aztecas, que olvidaron en parte las enseñanzas de los budistas. En otras palabras, las civilizaciones clásicas americanas – las maravillosas ciudades de Teotihuacan y de Palenque, por ejemplo – nunca les pertenecieron del todo a los americanos. Tampoco a los chinos, cuya migración a México, ya para finales del siglo XIX, no era vista por muchos con buenos ojos y desencadenaría masacres ya de sobra conocidos. No, los restos de las civilizaciones clásicas les pertenecían a sus herederos intelectuales, aquellos quienes se empeñaban a comprarlas, coleccionarlas, exhibirlas y estudiarlas desde Filadelfia, Londres, Paris, Berlín y Copenhague.

Maximilien Franck, Antigüedades mexicanas, 1830

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Desde México, la respuesta ante la competencia por las antigüedades fue la fundación del Museo Nacional de México en 1825. Había, por parte del ilustrado primer ministro Lucas Alamán, el fundador de facto del Museo, un interés genuino en impulsar una colección nacional, que, por un lado, daría continuidad a los espacios de sociabilidad novohispana, alrededor de objetos de colección, al mismo tiempo que, por el otro, forjaría a los ciudadanos de la nueva patria independiente. No se trataba del museo que conocemos hoy en día. Durante sus primeros cuarenta años, el Museo Nacional ocupó dos salones pequeños en la antigua universidad, estuvo cerrado más veces que abierto y operó con un presupuesto precario, incluso sin ningún presupuesto cuando las prioridades de estado eran financiar guerras civiles, combatir invasiones extranjeras y pagar por las fiestas del general Santa Anna. Se trataba de una colección sumamente ecléctica, que reunía desde objetos prehispánicos hasta meteoritos, pedazos de plata virgen, la bandera que portaba Hernán Cortés al entrar a la antigua Tenochtitlan, grabados de los primeros presidentes de los Estados Unidos (del Norte), esqueletos de mamuts, conchas y caracoles. Para hacerse de una colección de pájaros africanos emplumados, el primer director del Museo regaló antigüedades a un viajero francés. Se trataba de un intercambio “notoriamente ventajoso”, opinaba el director Isidro Icaza, ya que las antigüedades se “parecían” a otras de la colección del Museo, mientras los pájaros africanos no eran algo que se podía conseguir cualquier día. Las antigüedades que regaló Icaza en 1828 están hoy en el museo de Quay Branly, en París; los pájaros hace mucho que los devoraron los insectos. ¿Hubo mala fe o falta de visión por parte del director? Ni una cosa ni la otra. El trueque de antigüedades por pájaros nos habla de un momento cuando los objetos prehispánicos no tenían el valor monetario o simbólico que tienen hoy en día. Ese valor se iría agregando con el tiempo y con el esfuerzo de algunos personajes en particular.

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Ha sido injusta la memoria patria con José Fernando Ramírez, el historiador y estadista, quien, por colaborar con el gobierno del Emperador Maximiliano, fue expulsado del panteón de héroes nacionales construido por la historia liberal después del retorno de la República. Fue, sin embargo, Ramírez quien, a mediados del siglo XIX, desde su puesto como director del Museo Nacional, trazó un proyecto rigoroso para el estudio de las antigüedades mexicanas, ya no en base a arbitrarias analogías estilísticas, sino a la creación de un archivo de códices, documentos coloniales, estudios materiales y análisis químicos, toponímicos y lenguas indígenas. “Los que no quieren conceder al infortunado hijo de América ningún pensamiento original, explican sus pirámides como una imitación de las de Egipto”, se lamentaba Ramírez, mientras descentraba los modelos narrativos que presuponían las culturas occidentales como las más avanzadas y como la raíz de todas las demás. Para el historiador, el pasado – y el presente – de México era un fenómeno particular y autónomo, que podía conectarse con otras culturas, absorbiéndolas o rechazándolas según sus propios códigos. El “padre” de la historiografía, Leopold von Ranke escribiría por esas mismas fechas que “cada época está igualmente cerca de Dios”; esto es, ninguna época había de ser juzgada en términos de otra; su fenomenología se debía de buscar en sus propios textos y monumentos. Ramírez estaba metido en una misión muy semejante. Sus escritos, muchos de ellos aún inéditos, formarían la base del estudio del pasado de México para las generaciones futuras de arqueólogos e historiadores mexicanos.

Jean Frederick Waldeck, Colección de antigüedades del Museo Nacional, 1827

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La importancia de Ramírez para la historia del Museo Nacional de México no se limita a sus propuestas de estudio de las antigüedades. Poco se sabe que la razón por la cual la colección del Museo no acabó en el Louvre en 1865 tiene mucho que ver con Ramírez, tal vez, incluso, con su decisión de participar en el gobierno imperial, para tener una voz en el futuro de su país. Así, cuando el embajador francés Montholon les reclamó a los mexicanos el ser tan bárbaros como para impedir la excavación y exportación de antigüedades mexicanas a Francia, Ramírez le contestó, supuestamente: “Cambie el verbo y diga que no seríamos tan bárbaros como para permitir la excavación y exportación de antigüedades.” La otra razón por la cual el Museo se quedó en México es Maximiliano, quien logró lo que ningún gobierno republicano había logrado: trasladar la colección a una sede mucho más adecuada, en la antigua sede de la Casa de la Moneda, a un costado del Palacio Nacional. La mudanza tomó más de un año y, para 1867, cuando Juárez retomó la capital del país, los objetos del Museo se encontraban todavía en sus cajas. Les correspondería a los liberales sacarlos de las cajas, desempolvarlos y exhibirlos en su nuevo recinto, en el corazón de la patria, para empezar a escribir nuevas historias alrededor de ellos.

 

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La portada del nuevo libro. Nebraska University Press, 2017

En 1913, ante la insuficiencia del espacio, las colecciones de arqueología y de historia natural se separaron para siempre. La historia natural, con sus minerales, sus huesos, sus fetos en formol y sus teratologías se mudaron al Chopo, para ocupar la estructura de vidrio y acero importada de Alemania. El Museo Nacional de Arqueología, Historia y Etnografía permaneció en el Palacio Nacional hasta 1964, cuando, realzando su compromiso con la arqueología estatal, el gobierno mexicano le construyó uno de los edificios más emblemáticos del modernismo mexicano, donde se ubica hoy en día el Museo Nacional de Antropología. Irónicamente, ese mismo año, en 1964, la colección de historia natural fue desmembrada y muchos de sus especímenes se perdieron. El estado mexicano decidió cuidar el pasado indígena, y en menor medida, la historia colonial e independiente del país y dejar las propiedades naturales al cuidado de otros. Hoy en día, los significados de los bienes culturales y naturales de México han sido crecientemente cuestionados desde diferentes ángulos. Al tiempo que los sitios arqueológicos se vuelven parques bajo administración privada o están siendo reclamados por comunidades locales, y que las distinciones entre los patrimonios naturales y culturales se han ido desvaneciendo, los valores con los que el Estado mexicano ha imbuido el pasado antiguo de México y el Museo Nacional de Antropología como custodio de ese pasado se han vuelto temas de debate. Al momento de posicionarnos de diferentes lados del debate, vale la pena recordar un tiempo cuando las propiedades naturales y culturales de México eran semióticamente maleables y que ahora, como entonces, pueden ser usadas para crear nuevas historias.

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Miruna Achim

La investigadora Miruna Achin. Foto: Agencia Conacyt

Es historiadora de la ciencia y ha escrito sobre los usos medicinales de las lagartijas en el siglo XVIII, sobre el temperamento de Ciudad de México y sobre autopsias de virreyes y obispos en el pasado colonial. Su libro más reciente, Idols to Antiquity: Forging the National Museum of Mexico  (2017), versa en torno a la formación del Museo Nacional de México y a la invención del pasado prehispánico en el México del siglo XIX. Miruna obtuvo su doctorado en la universidad de Yale y es actualmente profesora investigadora en la Universidad Autónoma Metropolitana, Cuajimalpa, donde está muy orgullosa de trabajar con un insuperable equipo de investigadores en las humanidades y de tratar de cambiar el rumbo de este país mediante la educación pública.