El escritor mexicano habló acerca de un episodio de su vida hace ya cinco años: “Durante el proceso de rehabilitación no podía hacer nada, tenía que estar quieto porque el corazón debía cicatrizar. Tuve tiempo de pensar mucho sobre lo que he hecho y sobre las personas que me han apoyado”.

El autor cerró un año con varios reconocimientos en torno a su cumpleaños 70, celebrado el pasado 6 de diciembre. Además de los festejos, publicó La cuarta pregunta, segundo libro de aventuras del Capi Garay, bajo el sello Alfaguara.

Por Enrique Mendoza Hernández

Ciudad de México, 7 de enero (Zeta).- El narrador mexicano Élmer Mendoza cerró un año con bastantes reconocimientos que giraron en torno a su onomástico número 70, que celebró el 6 de diciembre de 2019. Fue un año en que, además de los festejos, publicó La cuarta pregunta, el segundo libro de aventuras del Capi Garay publicado en octubre del año que recién concluyó, bajo el sello Alfaguara de Penguin Random House.

Cuando Zeta le preguntó cómo fue 2019 al cumplir 70 años, Mendoza reflexionó: “Fíjate que fueron increíbles los reconocimientos porque no estoy acostumbrado a eso, soy una persona que fui educada para trabajar y para conseguir cosas trabajando sin esperar demasiado”, y luego compartió un breve recuento de las celebraciones:

“La primera sorpresa fue que en marzo la Universidad Autónoma de Sinaloa me dedicó la Feria del Libro de Mazatlán (Feliuas), fue como tomar conciencia que iba a cumplir 70 años. Después, en la Feria Nacional del Libro de León (Fenal) me dieron un premio, luego de eso la Universidad Autónoma de Nuevo León (UANL) hizo una cosa parecida con un reconocimiento, incluso hizo un seminario de mi obra y creó la Cátedra Élmer Mendoza, lo cual realmente me dejó frío; no quiere decir que yo no tenga conciencia de que he hecho cosas, pero así como para tanto, pues se me hace muchísimo”.

También valoró otros acontecimientos:

“Me impactaron dos cosas: recibí el Premio Nacional Letras de Sinaloa; yo me lo tomé como parte de la celebración de mis 70 años, es un premio que se da a escritores nacionales que tienen un trabajo sólido y que me reconozca mi tierra, siempre tiene un agregado que me enternece mucho, saber que tengo lectores y que mis paisanos están atentos a lo que hago.

“También me impresionó mucho recibir un reconocimiento de la ciudad de Matamoros a través de su Ayuntamiento, este año me hicieron un homenaje en el Festival Internacional de Otoño por mi obra y por mis 70 años, fue espectacular”.

Transcurría la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL) cuando el 6 de diciembre, Élmer celebraba su cumpleaños entre presentaciones y abrazos tanto de sus amigos como de sus lectores.

“En la FIL también me sentí muy celebrado, todo el día recibí abrazos, pero sobre todo en mi presentación de ‘Mil jóvenes con Élmer Mendoza’, hubo un auditorio lleno, me cantaron ‘Las mañanitas’ y Luis Jorge Boone me compuso un corrido; claro, cuando regresé de la FIL mi familia me hizo una comida, me dio mucha alegría ver a mi familia reunida, que nunca la veo”, rememoró Mendoza para, posteriormente, confesar algunos secretos de su niñez y de su vocación como narrador.

ENTRE FANTASMAS Y CICLONES

Hijo de Filemón Mendoza y Librada Valenzuela, “Fili”, como le decían cariñosamente su abuelo materno Tomás Valenzuela y su familia, nació el 6 de diciembre de 1949 en el Hospital Civil de Culiacán, Sinaloa. Vivió con sus abuelos hasta los 9 años en el rancho “El Continente” en Sinaloa, donde los fantasmas y los ciclones abundaban, tal como confesó a Zeta.

— ¿Qué es lo que más atesoras de tu niñez?, cuestionó Zeta.

“Hay dos momentos básicos en mi niñez: fui un niño educado por mujeres, entonces eso fue bueno porque me acostumbré a ver mujeres semidesnudas desde niño, y también ahí me enseñaron que a las mujeres se les respeta, se les quiere, se les ayuda; es una conducta que he tratado de mantener a lo largo de mi vida.

“Recuerdo esa educación, pero también recuerdo mucho las noches, los fantasmas, las sombras, siempre se hablaba de que había fantasmas en nuestra casa, que era la casa de mis abuelos -te estoy hablando de antes de los 9 años- y las huertas que, igual, era imposible ir en la noche porque estaban llenas de sombras, de movimientos, de ruidos. Me daba mucho miedo andar por ahí, eso es un recuerdo muy recurrente”.

Entonces trajo a este tiempo el recuerdo fantasmagórico del rancho “El Continente” que retomaría en su novela “Cóbraselo caro” (Tusquets, 2005) a propósito de Juan Rulfo y aquel mundo que se entrecruza entre la vida y la muerte:

“En el rancho siempre estábamos esperando a alguien, cuando menos los niños; la más famosa era una señora que andaba pidiendo monedas y se podía aparecer a cualquier hora por la noche; todos los niños teníamos una moneda guardada que era la que nos habría de pedir cuando llegara, y todas las noches la poníamos bajo la almohada. Muchas de esas cosas las recuperé en mi novela ‘Cóbraselo caro’, que es el universo de Rulfo, el universo de los fantasmas, de la pérdida de la línea entre la vida y la muerte.

“Después de los fantasmas, recuerdo los ciclones, que eran como un capricho de Dios que éramos mortales, de que podíamos perder todo, no solamente la cosecha, sino la casa, que ese tremendo techo de la casona se moviera, que mis tíos se tomaran medidas extraordinarias para amarrar vigas, que las paredes no se mojaran por dentro, pero por fuera sí, que se cayera una pared del gallinero y que matara a 50 gallinas y comiéramos gallina todos los días, frita o en caldo. Siempre había tortillas de harina, el ciclón era macabro pero siempre había comida riquísima, aparte de las bebidas calientes”.

Entre 1949 y 1957, “Fili” estuvo bajo la tutela de sus abuelos maternos, don Tomás Valenzuela y doña Herlinda Ramírez, mientras sus padres, Filemón Mendoza y Librada Valenzuela, probaban suerte en Culiacán. Cuando tenía 9 años, un día de 1957 Élmer tuvo que abandonar el rancho “El Continente” para ir a estudiar a Culiacán.

“Mi abuela me dijo ‘en la mañana te levantas temprano, te bañas, porque te voy a llevar con tu mamá para que te lleve a la escuela’. Y bueno, llegamos con mi mamá en Culiacán. A mi mamá la recuerdo muy bien, era una mujer delgada, traía un vestido floreado, negro con flores blancas, traía amarrada su cabeza, como le gustaba; entonces nos ve y mi abuela le dice: ‘Aquí te traigo el niño, para que lo mandes a la escuela’. Mi mamá le dio un abrazo y lloraron las dos, inmediatamente en su habitación, se cambió y me dijo ‘vente, te voy a llevar a inscribir’, ése era el último día de inscripción. Ya me inscribieron y como que empezó mi otra vida, es lo que más recuerdo de mi niñez”, compartió Mendoza.

PRIMERO FUE EL CUENTO

Transcurrían los primeros años de la década de los 70 cuando Élmer Mendoza publicaba cuentos en diversos periódicos de Sinaloa, aunque pronto pudo costearse su propio libro.

— ¿Cómo empezaste a publicar?

“En El Sol de Sinaloa, que es un periódico de Culiacán, en el periódico Noroeste y La Voz de Sinaloa, publiqué cuentos, no muchos, pero sí algunos cuentos. Sobre todo recuerdo que pude pagarme la primera edición de mi primer libro de cuentos Mucho que reconocer (B. Costa-Amic Editor, 1978), yo mismo ayudé a abrir una puerta.

“En aquel tiempo los nuevos escritores buscaban publicar con Joaquín Mortiz y, claro, yo llevé mi libro de cuentos ahí. Fui y me entrevisté con el señor, abrió mi libro, leyó algunos párrafos: ‘No están mal -me dijo-, pero mira’, y me enseñó un altero de libros de como metro y medio. Me dijo ‘puedes dejarlo, pero tu libro saldría quizá en 30 años’, y le dije ‘se me hace mucho, ¿qué otra opción puedo tener?

“Contestó: ‘Hay un editor que se llama Bartolomeu Costa-Amic, es amigo mío, dile que yo te mandé’. Me dijo dónde era, saliendo de ahí fui allí con el señor Costa-Amic y llegué, entré a su oficina y le dije quién me mandaba y que quería publicar mi libro. Lo abrió, leyó como tres líneas y me dijo ‘aquí tienes que pagar por publicar, por tantos ejemplares’. Y pagué 17 mil 120 pesos por mil ejemplares”.

Lo demás es historia para fortuna de la narrativa hispanoamericana.

ENTRE LA VIDA Y LA MUERTE

Élmer Mendoza estaría en la FIL de 2015 (del 28 de noviembre al 6 de diciembre), de pronto los organizadores avisaron con la consabida frase de que por “causas de fuerza mayor” el autor no se presentaría. Entonces sus amigos y periodistas empezaron a telefonearle para saber qué pasaba con él, así todos supieron que apenas en noviembre de ese año había sido operado del corazón tras sufrir un infarto del que salió vencedor.

— ¿Qué es lo que más valoras tras haber estado entre la vida y la muerte?

“Lo que más valoro es la capacidad de Leonor, mi esposa, para detectar que yo necesitaba ir a un hospital. La desperté en la mañana -yo me levanto temprano-, y le dije ‘me siento raro’, ella me vio y dijo ‘estás frío’. Se levantó de inmediato, me dio alguna pastilla para que sicológicamente reaccionara, me subió a su camioneta y veinte minutos después yo estaba entubado y todo lo que pasa en un hospital cuando llegas encamado; ya habían hablado con mis médicos y mi médico internista dijo ‘está infartado’, le dijo al médico que me recibió ‘inyéctale esto, voy para allá’, y bueno, llegó el cardiólogo. Entonces, lo que más valoro es la capacidad de Leonor para salvarme.

“Durante el proceso de rehabilitación no podía hacer nada, no podía escribir, no podía leer, tenía que estar quieto porque el corazón tenía que cicatrizar, y entonces tuve tiempo de pensar muchas cosas sobre lo que he hecho, lo que he dejado de hacer, las personas que me han apoyado, que siempre han estado impulsándome y también a las personas que nunca me echaron la mano y que tenían poder para hacerlo.

“Valoré todo, pero soy un hombre que no tiene rencores, siempre pienso que si alguien me niega algo, no es que pienso que tiene razón, sino que siempre hay una explicación que tiene que ver con muchas cosas y al final tengo que respetar las decisiones de la gente que me puede beneficiar o perjudicar.

“Entonces decidí que tenía que seguir trabajando el tiempo que me quedara de vida, porque desde luego, después de una operación al corazón la esperanza de vida se reduce; tiene que ver cómo me cuide y también que no puedo perder un día, tengo que estar trabajando siempre. Desde que decidí ser escritor tengo un proyecto a largo plazo y estoy en eso, el valor de la gente que me rodea, sobre todo mi esposa y, bueno, la necesidad de que si nací para ser escritor, pues tengo que hacer lo posible para hacerlo bien”.

EL CAPI GARAY EN EL DESIERTO DE SONORA

En 2019, Élmer Mendoza entregó la segunda obra de la saga de aventuras del Capi Garay, titulada La cuarta pregunta publicada por el sello Alfaguara de Penguin Random House, donde el protagonista y sus amigos viajarán en el tiempo en busca de un tesoro en el Desierto de Sonora que el padre Celerino le encomienda antes de morir.

“A mí me gusta mucho el desierto, tengo muchísimos años recorriéndolo, pasando por la carretera, metiéndome a los arenales, porque vivo en Culiacán pero tengo una relación con el norte muy íntima, con lo que el norte es. Con las montañas, con lo agreste, las montañas de La Rumorosa, la de la Baja California, he ido de Tijuana hasta Los Cabos y me gusta, es mi región, es nuestra región”, evocó a propósito del escenario donde El Capi Garay irá en busca del tesoro.

“Recorrí el norte muchas veces manejando una troca 4×4 con llantas altas, nos metíamos al desierto simplemente a jugar, porque mi familia vive en San Luis Río Colorado, en Sonora, entonces pues ahí es muy fácil ir a Santa Clara, Peñasco, en lugar de ir a Sonoyta. A veces nos íbamos hasta San Clara, al Golfo, y pues había que ir por los arenales, ésa es como otra fascinación; y bueno, Puerto Peñasco era un puñado de casas de pescadores, ahora es un centro turístico importante”.

El narrador concluyó:

“La primera novela (El misterio de la orquídea calavera) iba a ser en el desierto, pero opté porque fuera mejor en la selva de Xilitla, y la segunda (La cuarta pregunta) tenía que ser en el desierto”.

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