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Susan Crowley

07/01/2022 - 12:03 am

Oaxaca: el cráneo de Juárez y otras infamias

Yo soy oaxaqueña y de niña esta anécdota me hacía reír tanto que nunca pensé las implicaciones que entrañaba.

Susana Harp, cantante mexicana y Senadora de la República.
“Susana no es la opción por cuota de género ni por amiguismo con AMLO, es la opción porque en sus manos, Oaxaca sería más feliz”. Foto: Mario Jasso, Cuartoscuro

En la entrada de las ruinas de Montalbán, un chamaco zapoteca, vende un pequeño cráneo humano (seguramente hechizo). Un turista pasa frente a él, “míster, míster, le vendo el cerebro de Benito Juárez”. El extranjero, curioso, observa la pieza. Después de una negociación desventajosa, y divertido por la ocurrencia, decide llevársela. Unos pasos más adelante, se encuentra a otro chico ofreciendo un cráneo (obviamente hechizo), más pequeño. “Míster, míster, le vendo el cerebro de Benito Juárez”. El extranjero reacciona molesto y en su mal español reclama, “¿cómo vender cerebro de Juárez… yo comprar éste, tuyo ser más pequeño”, “ay míster es que es de cuando Benito era chiquito”.

Yo soy oaxaqueña y de niña esta anécdota me hacía reír tanto que nunca pensé las implicaciones que entrañaba. La cantidad de anécdotas que pintan de cuerpo entero a los oaxaqueños, su encanto y gracia, son tantas, como las de su habilidad para sacar ventaja. La gente de Oaxaca se caracteriza por su ingenio y sagacidad. La diversidad de etnias que conviven en el estado forma una urdimbre compleja en la que aún persisten los “usos y costumbres”, a veces tan necesarios, aunque en otras ocasiones dolorosos lastres que hunden a su gente en el retraso más vil. Sólo entrando al nodo de su origen mítico se puede comprender la cosmogonía de la que son por un lado protagonistas y las más de las veces víctimas. El poder de sus lenguas, la fuerza poética de su música, la tradición que guardan las celosas familias que aún funcionan como tribus, y en las que la ley del más fuerte es la real autoridad. Curiosamente la fuerza de las mujeres oaxaqueñas, famosas por generar poderosos matriarcados, ha permitido una herencia cultural de altísimo nivel. Bellas, inteligentes, soberanas de mano fuerte, son un reto para la misoginia que también caracteriza a Oaxaca. Hay que conocerlas para admirar los valores culturales que ostentan.

Susana Harp Iturribarría es una de esas mujeres oaxaqueñas que surgen de la más profunda tradición, a la que suma una amplia trayectoria profesional. Como pocos entiende esa especie de palimpsesto que se ha conformado en una Oaxaca ancestral, de riqueza indudable, pero también anquilosada, espoleada y empobrecida por tantos malos gobiernos. Nuestra familia (somos parientes por parte de mi madre), pertenece a la ilustre pero también rancia aristocracia priista. Desde niñas escuchamos a los pensadores de nuestra estirpe hablar de tiempos mejores y también escuchamos de la imposibilidad de sacar a Oaxaca del retraso abismal. Algunos parientes de nuestra generación crecieron y se volvieron políticos mañosos y están escalando a velocidades vertiginosas a puestos altos.

Hace algún tiempo Susana fue elegida Senadora de Oaxaca por Morena. La noticia me llenó de alegría, pero a gran parte de la familia le provocó un enojo mayúsculo. Era una afrenta al priismo de corazón. Sin embargo, Susana mostró una entereza y una capacidad de entrarle a los temas complejos que brotan a cada instante en el estado. Lo ha hecho maravillosamente bien. Su sensibilidad y humanismo han sido fundamento de un pensamiento progresista, que mira al futuro desde el reconocimiento de las raíces de nuestra gente.

Y es que Susana es artista. De una voz privilegiada y con una personalidad llena de carisma, decidió encauzar su talento aprendiendo mixteco y zapoteco. Penetrar en el universo de las lenguas, cargadas de poesía y símbolos que sólo a ellas pertenecen, significa poner en entredicho nuestra educación y valores “occidentales”. Susana tomó como propia la cadencia de la música, igual que cada uno de los atavíos de las distintas zonas. Verla en el escenario entonando las canciones antiguas luciendo los huipiles, los faldones, los tocados, es una gozada. Y no sólo eso, también entró en contacto con los diversos grupos y bandas de música regional. Oaxaca es uno de los estados con mayor riqueza musical. Artistas de renombre mundial se han quedado boquiabiertos al escuchar la calidad de los metales oaxaqueños. Susana ha incorporado a muchos de estos jóvenes talentos como parte de sus grabaciones. Aprende de ellos, de su forma de concebir el mundo, al mismo tiempo que los lleva de la mano en su percepción sobre el arte y la vida. Cantar con ellos durante tantos años le ha permitido conocerlos, saber sus sueños, sus alegrías, pero también sus miedos, sus angustias cotidianas. Eso es algo que revela el arte, la posibilidad de que un colectivo exprese más allá de una moda pasajera quién es, de dónde viene, en qué cree.

Mucho se ha hablado del primitivo sistema de usos y costumbres de Oaxaca de los que Susana es una especialista porque, antes de juzgarlo y reprobarlo, lo comprende, lo ha asimilado y ha acompañado a quienes viven en ese “otro” tiempo en el que las cosas ocurren de “otra” manera. Sabe que los matrimonios convenidos, la misoginia y el abuso de la autoridad son tan antiguos como nuestra cultura oaxaqueña (y no exclusivos de ella); y si bien reconoce que algunos aspectos son inadmisibles, entiende que erradicarlos es más complejo que simplemente incorporar a la modernidad a todos estos grupos, ya que podría ser otra forma de destruirlos. Ante todo, en sus recorridos por el bellísimo pero enredado estado (como el queso Oaxaca), hay mucho que aprehender antes de querer imponer nuestras formas civilizadas tan obtusas y convenencieras.

Después de muchos años de viajar por las cañadas, las cordilleras, por el Istmo, por las playas, por las selvas, Susana está preparada para dirigir seis años los destinos de los oaxaqueños. Sería la primera vez que una mujer, que ha tenido que abrirse paso contra todo, incluso, muchas veces contra la propia familia, llegara al liderazgo, y no a través del poder y la tranza o la habilidad para hacer dinero y construir bases sociales a modo. No, lo que Susana tiene en cantidades exuberantes es el amor por cada uno de los seres fantásticos que habitan en un estado tan lleno de magia, de claroscuros incomprensibles, de abismos insondables y de alturas incomparables.

Frente a ella, un político tradicional, conocido por sus tejes y manejes para ganar escaños, resulta ser la elección de un partido como Morena que parece vivir en la esquizofrenia permanente. Actitudes a contrapelo del humanismo y la lucha social que su creador emprendió para plantear una transformación tan necesaria en el país.

No se trata de encuestas y de puntajes de preferencia, tan susceptibles a la manipulación y prácticas clientelares, se trata de elegir a la persona idónea para salvar (si se puede), algo de lo que aún han dejado intacto los expoliadores priistas durante tantos años. Susana no es la opción por cuota de género ni por amiguismo con AMLO, es la opción porque en sus manos, Oaxaca sería más feliz. Eso también vale.

Es una mujer que tiene la voz y tiene la entereza, la fuerza y la capacidad de llevar a cada uno de los oaxaqueños a vivir seis años en los que se reconozca sus valores y tradiciones, en donde surja ese otro rostro velado y anulado por los intereses de grupúsculos de poder que deberían avergonzarnos. Digamos que Susana es una imagen positiva, el candidato Jara es como esos chamacos que venden cerebros en la entrada de Montalbán.

@Suscrowley

Susan Crowley
Nació en México el 5 de marzo de 1965 y estudió Historia del Arte con especialidad en Arte Ruso, Medieval y Contemporáneo. Ha coordinado y curado exposiciones de arte y es investigadora independiente. Ha asesorado y catalogado colecciones privadas de arte contemporáneo y emergente y es conferencista y profesora de grupos privados y universitarios. Ha publicado diversos ensayos y de crítica en diversas publicaciones especializadas. Conductora del programa Gabinete en TV UNAM de 2014 a 2016.
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