Joe Biden. Foto: AP

Cada vez se reconoce más la importancia de abordar la problemática del cambio climático. La frecuencia con la que se realizan reuniones para acordar estrategias y acciones desde los planos públicos y privados – tanto a niveles internacional, nacional, regional, y local – da muestra de ello. También la presencia en el poder de gobernantes que niegan el tema, o que lo dejan rezagado en su lista de prioridades, ha puesto en la mente colectiva la necesidad de continuar trabajando en conjunto y visualizar un cambio de actitud en las generaciones actuales y las venideras.

La llegada de Joe Biden a la Presidencia de Estados Unidos y la inmediatez con la que emitió órdenes ejecutivas de índole ambiental y climática – como la reincorporación de ese país al Acuerdo de París (negociado a nivel global para evitar la previsible crisis del cambio climático), la cancelación del gasoducto Keystone XL (que transportaría petróleo desde Canadá hacia el Golfo de México), y la reinstalación de otras regulaciones ambientales que fueron revertidas durante la administración de Donald Trump – causó entusiasmo entre los partidarios de la protección al medio ambiente y del combate al cambio climático no solo en ese país, sino en todo el orbe.

Si bien este cambio de dirección de política pública por parte de uno de los países más contaminantes abona a la percepción de un relanzamiento de la política climática a nivel mundial, la realidad es que esto no es suficiente. El mundo lleva una inercia extractivista y consumista que parece imposible de modificar, aun cuando paulatinamente estén surgiendo esquemas de negocio que apuntan a procesos de producción y consumo responsables y amigables con el medio ambiente. Dicha inercia queda comprobada cuando aparecen reportes señalando el incremento constante de dióxido de carbono presente en la atmósfera, el aumento de la temperatura (el año 2020 fue uno de los tres más calurosos de la historia), y la disminución del hielo marino ártico y de los glaciares de montaña, por citar unos aspectos. De hecho, la reducción de la actividad industrial durante la pandemia no redujo ni ralentizó el avance del calentamiento global.

¿Entonces qué se puede hacer? Hay muchas propuestas sobre el camino a seguir, varias son complementarias (como la promoción a la energía renovable, la reducción en el uso de combustibles fósiles, y la actualización de la movilidad en ciudades), mientras que otras se contraponen (como la inclusión del oximorón “crecimiento verde” como parte relevante del proceso de combate al cambio climático).

Se requiere de un cambio de paradigma, tanto de sistema económico, como de conceptualización de desarrollo. Esto es, un cambio que realmente permita transitar hacia modelos de bienestar de todos los pueblos; considerando sus particularidades y replanteando el significado del crecimiento económico, ese que necesita existir con recursos ilimitados en un planeta con límites de explotación y recuperación.