El águila negra hecha con cuentas, la serpiente devorada como una veta de oro, las hojas de nopal sobre la que se posa el ave, de textura granulada, tunas como brillantes rubíes; todo enmarcado en líneas azul turquesa. El encanto de la china poblana sigue vigente, fresco como una flor recién abierta.

Por Emanuel Bravo Gutiérrez

Ciudad de México, 7 de febrero (SinEmbargo).-  Mi madre observa la portada de la revista, ella fue quien decidió quitarle el plástico. La imagen es el detalle de una blusa de lino bordada con chaquira, prenda que pertenece al Museo de la Indumentaria Mexicana. El águila negra hecha con cuentas, la serpiente devorada como una veta de oro, las hojas de nopal sobre la que se posa el ave, de textura granulada, tunas como brillantes rubíes; todo enmarcado en líneas azul turquesa. Nuestro escudo nacional en la blusa de la china poblana se transfigura tras un brillo de cristal o de taller de orfebrería. Brillo acuoso que resalta sobre el impoluto lino.

Mi madre abre el número de la revista Artes de México dedicada a este singular personaje. Los dedos bordean las fotografías en blanco y negro, se dejan sorprender por los óleos de José Agustín Arrieta o las chinas de mirada melancólica retratadas en pastel por Alfredo Ramos Martínez. Aquellos dedos que se mueven por entre los renglones queriendo apoderarse de un solo zarpazo de los textos. Rara vez veo a mi madre así de fascinada, ella, renuente a la quietud de la lectura, se deja llevar por algo que pertenece a lo más hondo de su universo. Su fascinación me conmueve de forma inevitable. Desde los quince años ha dedicado su vida a la labor de la costura. Nuestra familia ha pertenecido durante generaciones al estado de Puebla. Es comprensible entender la emoción que la embarga al contemplar la historia de la china poblana; el respeto reverente y cuasireligioso que la invade al contemplar todas aquellas mujeres en relucientes faldas; el impostergable orgullo de haber confeccionado muchos de ellos para las fiestas patrias… y más atrás. Me cuenta que mi abuela usaba esas faldas cuando iba a misa, y que también poseía esos delicados rebozos de seda de un tejido tan sutil que era posible pasarlos a través de un anillo. Me cuenta que mi bisabuela fue bautizada con el nombre de Catarina en honor a Catarina de San Juan, la que inició la leyenda. Mi madre se reconoce en su historia más de lo que yo hubiera imaginado, su voz es la del encanto. Es fácil caer en la admiración de un entramado tan enigmático como maravilloso y lleno de tantas leyendas.

El encanto de la china poblana sigue vigente, fresco como una flor recién abierta. Foto: Artes de México

Roshni Rustomji-Kerns, en su texto Las raíces olvidadas de Mirrah-Catarina, hace un profundo rastreo por las idas y venidas de la princesa Mirrah, cuyo destino inició en las tierras del gran Mogol, posiblemente Rajastán. Niña educada en las maneras de la corte oriental, influenciada por las historias del Mahabarata, del evangelio por parte de los misioneros y del islam. A pesar de provenir de una familia rica y de ser resguardada como una joya en medio de jardines fabulosos, fue raptada por piratas; después, el destino la llevó hasta el mercado de esclavos de Manila, donde fue adquirida por el capitán Miguel de Sosa. Sería él quien la llevara a Puebla para que trabajara como sirvienta. Finalmente, a raíz de su conversión, envuelta en un aire milagroso donde los cielos se abrieron como señal divina del beneplácito de su bautizo, Catarina de San Juan se volvió una mística ardorosa y, por poco una santa. Rustomji-Kerns afirma que: “La vida de esta visionaria parece ejemplificar los modelos de una kavya del sánscrito (una forma ricamente trabajada de la poesía clásica de esa lengua). Una kanvya tiene como objetivo la recreación artística y la comunicación poética del rasa, que en poesía o en música puede ser traducido como la intensidad de cada emoción”.

Sin embargo, la imagen de la anciana devota frente al altar, vestida de rústico hábito de penitente, no concuerda con aquella mestiza obsequiosa y jovial que vemos desfilar sobre los carros alegóricos del cinco de mayo. Y a esta necesaria disyuntiva responde Gutierre Tibón con su texto Las dos chinas: Catarina de san Juan y la atractiva mestiza, quien decide realizar un recorrido por la leyenda de la princesa oriental, y también por el origen histórico y antropológico, cuya etimología refiere lo siguiente: “China es voz quechua; significó origen “hembra de los animales”, luego pasó a denominar a una sirvienta, india o mestiza, una mujer del bajo pueblo”. Tibón deconstruye el elaborado entramado del que está hecho el personaje y desmitifica su poblanidad, al proporcionarnos otras geografías para su origen: Oaxaca, Ciudad de México, Jalisco: ““Debido a la convergencia de las palabras –“poblana” por un lado “pueblerina”, “plebeya”, y por el otro, oriunda de Puebla–, comprendemos la “trampa” en que han caído la marquesa de Calderón de la Barca, el pintor Carlos Nebel y los propios poblanos, a los cuales, desde luego, les halaga la idea de que el traje nacional se haya originado en su ciudad”.

La china poblana se terminó coronando como emblema mexicano durante las primeras décadas del siglo XX. Foto: Artes de México

Fue la anfibología de términos poblana-pueblerina lo que terminó por colocar al personaje como emblema de Puebla. Luego, la existencia de un personaje tan maravilloso como una princesa proveniente de la “China” en la ciudad daría pie a esta trasposición afortunada de historias. Esto constituyó un jugoso fruto para aquellos intelectuales del siglo XIX, hambrientos de encontrar figuras de identidad en una nación recién independiente.

Es en el texto de Ricardo Pérez Monfort La china poblana como emblema nacional, donde se nos explica que: “hubo quienes, basándose en otras fuentes y sin importarles gran cosa los orígenes legendarios y orientales, recurrieron más bien a las descripciones decimonónicas para autentificar la condición mexicana de aquel personaje femenino”. Ya fuera en el costumbrismo de Madame Calderón de la Barca, de las letras de Guillermo Prieto o en los cuadros de Arrieta, esta atractiva efigie se posicionó sobre otros modelos. Al final, la china poblana se terminó coronando como emblema mexicano durante las primeras décadas del siglo XX, popularizada por los ballets folklóricos, las ilustraciones para calendarios y las películas —una de ellas protagonizada por María Félix, aunque esta película se encuentra perdida actualmente y de ella sólo nos queden algunas fotografías.

Un traje es una travesía de historias. Foto: Artes de México

Un traje es una travesía de historias, como bien lo constata Emma Yanes en su artículo Cielo de lentejuelas. Nombres de artesanos, de pueblos perdidos en la lejanía del desierto y que me resultan tan familiares porque me yo me crie entre ellos: Tehuacán, San Gabriel Chilac, San Pablo Zoquitlan. Todos ellos toman su turno para la elaboración de la falda de castor, la blusa bordada, el rebozo de seda.

Al finalizar la lectura comprendí la emoción que embargó a mi madre al ver las ilustraciones y fotografías. El encanto de la china poblana sigue vigente, fresco como una flor recién abierta.

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