“Desde hace semanas, cuando cierro los ojos antes de dormir, vienen a mi mente las atroces imágenes de mujeres asesinadas, cuyos cuerpos son convertidos en despojos carentes de sueños. Sin familia ni amores. Por la mañana, ruego a los dioses que esta no sea la última vez que contemple el rostro de los que amo”.

“Rengueando, con muñones por piernas y cubiertos por la cenizas del horror, nosotros creemos, y eso nos mantiene en pie, que el arte puede salvar los espíritus y la palabra será capaz de servir como arma para exigir justicia y que, al mismo tiempo, nos asistirá en la construcción de nuevos significados para tejer un nuevo córtex nacional”.

Palabras pronunciadas durante la apertura del Festival Poesía por Primavera, a celebrarse el 7 y 8 de marzo, en la plaza San Jerónimo, frente a la Hostería La Bota. En esta novena edición, el evento literario está dedicado a la lucha de las mujeres.

Por Melisa Arzate Amaro

Ciudad de México, 7 de marzo (SinEmbargo).- Desde hace semanas, cuando cierro los ojos antes de dormir, vienen a mi mente las atroces imágenes de mujeres asesinadas, cuyos cuerpos son convertidos en despojos carentes de sueños. Sin familia ni amores. El dolor se intensifica al recordar sus ropas, esas que nunca imaginaron serían las últimas que vestirían; su imagen se convierte en presagio y nos hace pensar, a todas quienes hoy levantamos el puño y nos desgañitamos en las calles, que esto que visto hoy, podrían ser los hilachos con que me hallaran enmudecida, anónima, desfigurada.

Al abrir los ojos por la mañana, le ruego a los dioses y a la vida que esta no sea la última vez que contemple el rostro de los que amo, porque si bien la vida es ese instante entre dos eternidades y siempre ha sido así, hoy la posibilidad de ser presa del odio, de la devastación social, de la injusticia invisibilizante y del anonimato, es más brutal que nunca en nuestro país.

Una nación que está a punto de no serlo más, donde muchos de sus habitantes, que podrían ser cualquiera, parecen haberse transformado en entidades para-humanas dentro de las cuales habita una maldad inimaginable, solapada por un poder coludido de las maneras más insospechadas; una demarcación territorial que no puede ser transitada ni siquiera en lo local, mucho menos en la esperanza pasada de sorprenderse al conocer otros mundos dentro de un mismo país, tan mágicos, tan distintos, tan decimonónicamente ensoñados.

¿Qué hay detrás del desastroso escenario de una inhumana puesta en escena donde se mata a mujeres, niñas y niños, al tiempo que se aniquila la tierra que es también madre, Coatlicue, mil veces Tonantzin?

Parece que estuviéramos ante un cuerpo desorganizado que ha optado por el suicidio al promover la muerte de los orígenes, la ausencia del pensamiento humanista. Que cree construir fortunas a base de corruptelas para, al final, contemplar cómo el oropel se tiñe con el bermellón de la sangre de miles y acaba por revelar la falsedad de sus destellos, en medio de cadáveres vanamente sepultados.

Andamos huérfanos y en esa orfandad corremos el riesgo de irnos desconociendo incluso entre pares, de tener encajado en la sien un miedo paralizante que nuble el entendimiento, incluso en los actos de amor más sublimes, ahora empañados por la sospecha y el desasosiego.

Es cierto que esto que vivimos hoy es la erupción de un magma que había venido cocinándose en lo más profundo de nuestra sociedad, amparado por una justicia inoperante y un sistema primordialmente patriarcal, corrupto y capaz de corromperlo todo. Sin embargo hoy nos encontramos de pie con la lava ardiente del pánico rodeando nuestras plantas, siempre a punto de calcinarlas.

Es por eso que, rengueando, con muñones por piernas y cubiertos por la cenizas del horror, nos agrupamos con quienes aún aman, como Javier Sicilia y Antonio Calera, creyentes aún de que existe una posibilidad, a veces necia y aparentemente inútil, de transfigurar esa terribilidad pánica, en una fuerza inmanente de recomposición, reorganización y reconstrucción.

Nosotros hermanados, amorosos, creemos que el catalizador de ese proceso alquímico, quizá más complejo que cualquier otro que se haya ensayado en la historia de este país, es la cultura: pensamos, y eso nos mantiene en pie, que el arte puede salvar los espíritus y la palabra será capaz de servir como arma para exigir justicia y que, al mismo tiempo, nos asistirá en la construcción de nuevos significados y nos permitirá el tejido de un nuevo córtex nacional, basado en la noción de comunidad.

Porque aún a pesar del horror, del dolor, del resentimiento y de la lucha tantas veces ignorada, amamos esta tierra de la que hemos mamado la fuerza que circula por nuestras venas: obsidiana líquida que nos convierte en un pueblo volátil en tanto espejo humeante.

Poesía por Primavera es este año, por ello, más que un festival, un ritual para retomar nuestro carácter de ciudadanos desde el arte y reflejar-nos borgianamente, duplicados en el abrazo con el otro y multiplicando nuestras voces para alcanzar a ser, por fin, lo que tanto anhelamos: haz de luz infinitamente multiplicado, que viaja por el instante de la vida, en la libertad que esgrime la palabra hecha poesía.