Foto: Daniel Augusto, Cuartoscuro

La importancia y urgencia de tratar el cambio climático con la seriedad que apremia ha ocasionado que se logren acuerdos internacionales destinados a plantear estrategias de mitigación y adaptación. A través de las Contribuciones Nacionalmente Determinadas (NDC por sus siglas en inglés) anexas al Acuerdo de París de 2015 – el cual busca que la temperatura global se mantenga por debajo de 2° C –, los países firmantes ofrecen realizar acciones según sus capacidades, y cada uno de ellos evalúa sus compromisos cada cinco años, a fin de actualizar dichas NDC.

Aunque a diferentes niveles, la acción ralentizada de los países ha permitido a las Naciones Unidas observar que los compromisos actuales no son suficientes para combatir el cambio climático. Aun cuando llegaran a implementarse a cabalidad, existe un 66 por ciento de posibilidad de que la temperatura incremente 3.2° C para finales de siglo (UNEP, 2019). Parte del argumento es que estos compromisos – las NDC – son voluntarios, además de que las emisiones de gases de efecto invernadero continúan incrementándose.

Y estas acciones vienen acompañadas por otros contextos que consideran al cambio climático como elemento crucial. Tales son los casos de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas, el Pacto Verde Europeo de 2019 que busca una economía sostenible reduciendo la contaminación, y la Estrategia sobre Adaptación al Cambio Climático emitida apenas el mes pasado, pues hay falta de preparación tanto dentro como fuera de la Unión Europea y, por ende, se busca promover la acción internacional en la materia.

Esta perspectiva internacional puede ser vista desde dos polos que no son necesariamente opuestos, sino que pueden ser complementarios. Uno es el de la cooperación, en el que se considera la importancia de la acción conjunta en beneficios de todos como especie. Ese es el discurso habitual tanto de países desarrollados como en desarrollo. Otro es el de las intenciones maquiavélicas de los desarrollados para incidir en las políticas internas de los que están en vías de desarrollo.

Ese segundo pensamiento hace referencia a un “colonialismo climático” entendido como la dominación de gente y países menos poderosos a través iniciativas destinadas a reducir el ritmo del cambio climático, y que puede empeorar la desigualdad global (Martínez, 2014). Ejemplos pueden ser la conservación de bosques en África y América Latina para compensar emisiones de carbono en países desarrollados, o la búsqueda de la seguridad energética mediante granjas solares ubicadas en áreas de África que no cuentan con electricidad.

¿A través de cuál lente debe verse la interacción internacional para combatir el cambio climático? ¿Cooperación o colonialismo? ¿Está mal argumentar que se observen tintes de colonialismo en la noble tarea de cooperar?

 

Referencias:

– Martínez, D. (2014). The Right to Be Free of Fear: Indigeneity and the United Nations. Wicazo Sa Review, 29 (2): 63-87. University of Minnesota Press.
– UNEP. (2019). Emissions Gap Report 2019. Nairobi: United Nations Environment Programme. Disponible en: https://www.unenvironment.org/resources/emissions-gap-report-2019 [Acceso: 1 de marzo de 2021].