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Susan Crowley

07/05/2022 - 12:04 am

¿Y si Venecia muere?

Ahora toca al arte ofrecerse como última víctima propiciatoria.

Mientras la frivolidad y el esnobismo de los primeros visitantes flotan por sus canales y por la sede de la bienal, Venecia se hunde inexorablemente. Como si recibiera el último aliento, con una dignidad de diosa que se descubre mortal, sabiéndose ultrajada por las masas de turistas sin personalidad, sin cultura, sin sueños, sin capacidad de asombro, pero con una necesidad de cumplir con los piks de Instagram y ser reconocidos como quienes tienen acceso al famoso must.

Sin consciencia del daño que le hacen a Venecia y a cada sitio que suben a sus redes, sin entender que el turismo es algo más que una competencia por quién llegó primero y posteó antes que nadie. Así es como la ciudad que fuera centro neurálgico del Renacimiento, de la intriga política de cortesanos y reyes poderosos, del arte que solo puede existir ahí, de la historia de mundanidad de seres que gozaban la vida igual que eran arrasados por una epidemia; Venecia pierde habitantes cada día y se consagra a ser un sitio más en el que los millones de instagrameros dejarán su impronta. Una impronta mediocre, inútil, vacía, fruto de la imagenología a la que esa red nos ha condenado.

Ahora toca al arte ofrecerse como última víctima propiciatoria. Entre más rápido se suban las imágenes de los acontecimientos VIP de la Bienal, más rápido se deja en claro quiénes son los invitados a las fiestas, cócteles y openings. Y no es que sean necesariamente los que tienen clase; entre los importantes hay una buena cantidad de arribistas, oportunistas, influencers que igual posan para una marca que en una exposición. Hemos dejado que el mal gusto se adueñe de todo. Parece que una pieza de arte vale menos por su significado que por la proyección que una personalidad pueda hacer de ella. Un objeto más de deseo. Muchos artistas dejan de valorar su trabajo y lo colocan como mercancía en Instagram. El tiempo del arte es el tiempo del consumo inmediato. Cuánto dura tu historia, cuánto vales.

Pronto, apenas pasadas las aperturas de eventos, se irán en sus vaporetos de lujo. Así, dejarán abandonada la ciudad. Después vendrán los “otros”, el turismo masivo que funciona como otra manada. Una especie de arqueólogos graduados en Instagram. Expertos en seguir a los que marcan la diferencia, son el estatus aspiracional, miembros de la cofradía de la imitación. Con el respectivo like asumen la democracia como algo que se ganaron. “Si yo camino por el mismo espacio en el que caminan los famosos, entonces soy uno de ellos”. Mis “likes” valen oro. Las poses francamente ridículas delante de obras de arte certifican su poder en las redes. Lo que no se dan cuenta es que Venecia necesita más que una selfi; que es una ciudad que pide ser vista en sus grandes y pequeños detalles, en su esplendor y en su inminente destrucción. Que puede aún salvarse de la destrucción vaticinada desde hace siglos, si nuestros ojos se vuelven cómplices amorosos de su decadencia.

Las entrañas de Venecia sufren el abandono y el desamor, porque quién que no habite una ciudad, sus calles, sus desastres, sus crisis, su pasado, su belleza ¿la puede amar? Justo al terminar el verano, en plena despedida a los cruceros de lujo, que se alejan seguidos por otros más baratos de paquetes todo incluido, las calles de la ciudad se hunden y terminan por confundirse con los canales de agua contaminada que sube a niveles angustiosos. No hay manera de que la ciudad resista el cambio climático del que tanto se ha hablado y que aquí se muestra año con año.

Sus iglesias, palacios, comercios se hunden sin saber muy bien en qué condiciones llegarán al siguiente verano. Las esclusas que cuestan millones de dólares no garantizan que pueda detenerse el flujo del agua que amenaza. Los cientos de andamios forman pasillos por donde la gente camina, son construidos a toda velocidad por trabajadores temporales. En las tiendas se venden impermeables y botas de plástico gigantes que la gente usa y luego desecha en cualquier sitio. Como si fuera una catástrofe que no se había vivido nunca, cada año la resignación de los pocos habitantes que aún se atreven a soportar este lento pero seguro deterioro, aflora como acto de dignidad y así resisten la batalla en contra del mar.

La población permanente de Venecia se compone en su mayoría por personas de la tercera edad que no quieren dejarla y que probablemente desaparezcan antes que ella o junto con ella. Otras personas, más jóvenes y audaces, se han ido a sitios en los que la vida es más fácil. Cada noche, Venecia sufre otro abandono. En las calles oscuras y llenas de basura, los viejos de la ciudad se mezclan con los nuevos habitantes, los migrantes que han dejado sus países por situaciones políticas o desesperación económica. Ellos son los trabajadores que ayudan a mantener la ciudad apenas limpia. La basura que dejan los turistas es imposible de ser recolectada. Los cerros de desperdicios se acumulan en las esquinas. Más allá de las fiestas y el glamour, que la ensucian Venecia entra en una especie de letargo que parece su defensa natural.

Las casas deshabitadas son utilizadas por las grandes empresas y en temporada alta se convierten en apartamentos de lujo a precios absurdos. Venecia es una ciudad que no produce prácticamente nada más que artesanías baratas que cuelgan de sus tiendas. Una detrás de la otra, todas iguales, como si el encanto y el arte de aquellas máscaras, arlequines, figuritas de cristal que representan el carnaval, quedarán como un falso vestigio. Así es el fin de temporada de una ciudad que cada tanto revive con las bienales.

Lo que no se dan cuenta es que esas imágenes son desechables, inútiles en un universo que durante siglos ha tenido un valor que no se cifra en la popularidad y el consumo. Muerte en Venecia de Tomas Mann nos conmovió hasta el alma, en ella un enamorado de la antigua ciudad, Gustave von Aschembach se entrega a la muerte en el intento de atrapar a la belleza representada por Tadzio. Imposible y dolorosa resignación, pero logro infinito del arte ¿Será posible que más allá del abuso de las imágenes en las redes, recuperemos la poesía y la belleza de una ciudad que muere todos los días?

@Suscrowley

Susan Crowley
Nació en México el 5 de marzo de 1965 y estudió Historia del Arte con especialidad en Arte Ruso, Medieval y Contemporáneo. Ha coordinado y curado exposiciones de arte y es investigadora independiente. Ha asesorado y catalogado colecciones privadas de arte contemporáneo y emergente y es conferencista y profesora de grupos privados y universitarios. Ha publicado diversos ensayos y de crítica en diversas publicaciones especializadas. Conductora del programa Gabinete en TV UNAM de 2014 a 2016.
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