Foto: Antonio Cruz, SinEmbargo

Foto: Antonio Cruz, SinEmbargo

Ciudad de México, 7 jul (Sin Embargo).- En Los muertos indóciles (Tusquets), la escritora mexicana Cristina Rivera Garza (Matamoros, Tamaulipas, 1964) indaga sobre los distintos discursos nacidos a la luz y entre las sombras de las nuevas tecnologías digitales.

Lo hace, como el hidalguense Yuri Herrera, un autor además al que admira, estableciendo lazos con los cadáveres que se multiplican en el México de la violencia contemporáneo y que se niegan a morir, que gritan desde las tumbas, desde las fosas comunes, desde los osarios, dispuestos a embarazarnos el aire de preguntas sin respuestas, de clamores sin atención.

¿Qué retos enfrenta la escritura?, es la pregunta que se hace la también autora de Verde Shanghai y El mal de la taiga, entre otros, quien de este modo da continuidad al anterior libro de ensayos Dolerse: Textos desde un país herido, editado por Sur en 2011.

“Tratar de confrontarse con el presente siempre es un poco ambicioso”, admite la autora a propósito de la aspiración que tiene Los muertos indóciles, un trabajo que abre muchas puertas y ventanas a la reflexión.

Cristina Rivera Garza presenta "Los muertos indóciles" (Foto: Antonio Cruz, SinEmbargo)

Cristina Rivera Garza presenta “Los muertos indóciles” (Foto: Antonio Cruz, SinEmbargo)

Con ese perfume vallejiano del poema “Masa”, cuando el legendario poeta peruano dice aquello de “Pero el cadáver, ¡ay! Siguió muriendo” y con el título de un poema del salvadoreño Roque Dalton, Rivera Garza se pregunta, como la artista plástica Teresa Margolles que cita en el prólogo, “¿Cuánto es capaz de experimentar un cadáver?”.

“Muchos de los textos que forman parte de Los muertos indóciles fueron concebidos primero para “La mano oblicua”, la columna que mantengo semanalmente en la sección de cultura del periódico mexicano Milenio.

En su paso del periódico al libro, sin embargo, ninguno de esos textos “originales” quedó intacto. Algunos fueron reescritos en partes; otros en su totalidad. Todos encontraron posiciones nuevas en nuevas secuencias de argumentación. Todos son, luego entonces, textos trastocados.

Aunque la primera tentativa para conformar un libro con esos textos la llevé a cabo en San Diego, muy al inicio de la primera década del nuevo siglo, no fue sino hacia fines de 2012 que pude, gracias a una estancia sabática en la Universidad de Poitiers en Francia, gozar del tiempo y la calma suficientes para reorganizar los escritos y configurar así los argumentos centrales del libro.

Una residencia artística en el Centro de las Artes de San Agustín Etla, en Oaxaca, México, me permitió continuar con el proyecto e introducir cambios de última hora, así como revisar el manuscrito completo a inicios de 2013”, cuenta Cristina en el primer capítulo.

Para la escritora, ganadora dos veces del Premio Sor Juana de Literatura y una de las figuras más destacadas de la literatura mexicana contemporánea, su nuevo libro “es una especie de ensayos por entrega y que me pareció oportuno sacar ahora, porque cualquier persona que le interese escribir tiene (tenemos) que pensar tanto en las nuevas tecnologías como en la mortandad y la violencia en la era post industrial”.

–      Tanto Los cuerpos indóciles como Dolerse… se constituyen, acaso sin quererlo, en textos pioneros…

–      Bueno, de textos que intentan interceptar el presente, a menudo aparecen personas muy prestigiosas que dicen que en sus tiempos las cosas eran mejor, que todo tenía valor y que ahora hay una degradación enorme…pues no creo eso. En todo caso, Los muertos indóciles invita a una conversación acerca de lo que hacemos, de lo que escribimos, sobre los libros que ya existen y en lugar de denostarlos o celebrarlos, vamos a criticarlos. Creemos entre todos los criterios que van a manejar lo que se queda con nosotros o lo que no…

–      Decía pioneros en el sentido de que la violencia cercana, manifiesta, no está siendo analizada en México…Los hechos son tan tremendos que incluso la intelectualidad más osada se niega a pensar en ellos…

–      Ya. Sin embargo, creo que es lo que más nos urge pensar. Primero vino la frase famosa de Adorno en el sentido de que no se podía hacer poesía después de Auschwitz. Luego vinieron muchos pensadores a decirnos que no se podía hacer poesía y que por tanto había que hacerla de otra manera. El momento actual es tenso, es grave, tenemos que escribir y utilizar las nuevas herramientas tecnológicas de otra manera, tratando de producir un lenguaje que incida en los mundos que habitamos hoy.

–      Citas a Peter Sloterdijk, destacando su concepto de “escritura nerviosa”, sin embargo Los muertos indóciles revela una escritura reposada, tranquila…por momentos distante…

–       Bueno, pero casi todos son textos que en su origen fueron reacciones inmediatas hacia un hecho del presente; claro que han sido rescritos, reacomodados, pero no dejan de estar motivados por mi interés esencial: el presente, el aquí y el ahora. Traer además esa reacción a un libro en el que estoy invitando a escritores actuales a identificar, distinguir en esto que nace y que es tan relevante. Nos toca porque escribir es nuestra pasión y nuestra vida.

–      Cuestionas en tu libro a la novela histórica por lo que tiene de a-histórica, ¿verdad?

–      Sobre todo porque esa ficción histórica, como la llamo, tiene un tufo a conformidad en ciertas versiones que da acerca de lo que hemos vivido. Oculta sus fuentes con mucha frecuencia. A veces, con gran dificultad esas fuentes se mencionan al final de la novela, pero no hay un sistema que honre la presencia de otras autorías.

Foto: Especial

Foto: Especial

–      Los muertos indóciles remite sugestivamente a la reciente novela de Yuri Herrera, La transmigración de los cuerpos

Adoro el trabajo de Yuri Herrera. Es una de las voces más interesantes de las nuevas generaciones. Y en cuanto al título del libro, corresponde a un verso de un poema de Roque Dalton que marca el crecimiento espectacular de nuestros muertos, quienes a la vez se vuelven cada día más indóciles. Lo que quería con el título era marcar esa indocilidad. Nuestros muertos quieren ser parte de nuestra conversación, no nos permiten olvidar, nos dicen que las comunidades que formamos en vida son parte también de las comunidades ausentes. Tenemos que hacerlo. La persona que quiera escribir hoy no puede darse el lujo de olvidar la revolución digital, mucho menos a nuestros muertos.