A lo largo de la historia se ha comprobado que todo grupo humano posee una serie de creencias y prácticas religiosas asociadas a las etapas más representativas de la vida: nacimiento, pubertad, matrimonio y muerte. El arte ritual de la muerte niña enfatiza, desde el título, el carácter sacro de la práctica, pues éste nos permite ⎯como señala Ruy Sánchez⎯ entender su intensidad y su sobrevivencia en las comunidades donde continúa practicándose.

Ciudad de México, 7 de julio (SinEmbargo).- A quien pierde a un cónyuge se le llama viuda o viudo, a quien pierde a sus padres, huérfano, pero no existe una palabra para nombrar a quien pierde un hijo, no existe una palabra para designar el dolor que trae consigo la “muerte niña”. El número 15 de la revista Artes de México está dedicado a un ritual que se lleva a cabo desde hace varios siglos en México: retratar a los niños recién fallecidos, convertidos en angelitos, para festejar su pureza y su regreso al Cielo. Se tienen registros pictóricos de este arte en la Nueva España y la tradición continúa hasta hoy en día en la pintura y fotografía mexicanas. El arte ritual de la muerte niña enfatiza, desde el título, el carácter sacro de la práctica, pues éste nos permite ⎯como señala Ruy Sánchez⎯ entender su intensidad y su sobrevivencia en las comunidades donde continúa practicándose. Con textos de, Enrique Molina, Roberto Tejeda, Alfonso Alfaro, Luis Mario Schneider, Alberto Ruy Sánchez, Carlos Navarrete, Josefina Vicens, Vicente Quirarte, Elena Poniatowska y Jorge Esquinca, además de un sólido acervo fotográfico, el número quince de la revista Artes de México se aproxima al trasfondo espiritual de una tradición inaudita.

Para algunos lectores el tema puede resultar desconcertante o incluso perturbador, aunque la cosmovisión mexicana es famosa por sus representaciones festivas y satíricas de la muerte. En otros países las imágenes que nos son cotidianas pueden resultar violentas. Ruy Sánchez incluso enfatiza cómo a Ray Bradbury le pareció muy inquietante ver a un niño mexicano morder con despreocupación una calaverita de azúcar con su nombre grabado en la frente.

Anónimo, El niño D. José Manuel de Cervantes y Velasco, s. XIX. Óleo sobre tela. Colección Carlota Creel Algara.

Anónimo, Niños Miguel José, Manuel Miguel María y Mariana Micaela Josefa, 1756. Óleo sobre tela. Museo Nacional de Historia, INAH.

A lo largo de la historia se ha comprobado que todo grupo humano posee una serie de creencias y prácticas religiosas asociadas a las etapas más representativas de la vida: nacimiento, pubertad, matrimonio y muerte. Como apunta Gutierre Aceves, desde el inicio de su vida, el individuo es partícipe de ceremonias sociales de tránsito. En la tradición cristiana, uno de los dos sacramentos más importantes son el bautismo ⎯que otorga al individuo un lugar en la comunidad⎯ y la extremaunción ⎯que está enfocado en la entrada del difunto al más allá. Tanto el nacimiento como la muerte han sido y seguirán siendo misterios que escapan nuestra lógica, misterios alrededor de los cuales se han erigido ⎯desde los albores de la humanidad⎯ rituales, mitos y cosmovisiones. En el caso del fallecimiento de un niño la distancia entre ambos extremos sagrados se acorta, la dualidad se mezcla, por lo que las exequias infantiles son especiales y de carácter extraordinario. Por su proximidad con los opuestos —vida-muerte, principio-fin— y por su falta de consciencia, es decir, de pecado —siempre y cuando estén bautizados—, los fallecidos prematuramente se transforman en “angelitos”, puros, inmaculados, divinos por su cercanía con Dios. De esta forma, los padres que pierden un hijo encuentran consuelo para su dolor en la alegría de saber que el niño tiene asegurada la vida eterna. Por esto, el ritual de fotografiar a los difuntos se torna festivo. En las imágenes aparecen los pequeños cuerpos rodeados de flores y de sus familias, ataviados como para ir a una fiesta, casi siempre de blanco.

Juan de Dios Machain. Finales del s. XIX y principios del XX. Plata sobre gelatina. Colección particular.

Gonzalo Ceja, A mi niño tan lejano tan presente; a mi ciclo vida muerte; atado siempre, s/f. Acrílico sobre tela. Colección particular.

Al observar los retratos en blanco y negro me asaltan diferentes sensaciones: compasión, perturbación y temor. Resulta desconcertante pensar que el retrato de un cadáver pueda ser reconfortante. Aunque la tradición nos dice que en este ritual se festeja a la muerte porque los niños resucitan gracias a la pureza de su alma.

El mexicano se regodea en lo grotesco, en lo que debería dar miedo y lo vuelve una razón para celebrar. A través de la imagen se cuenta con un recuerdo tangible y perdurable. La “muerte niña” es el ritual de inmortalización, una manera de resucitar para siempre a través del arte.