Central Park. Imagen de Thomas Kinkade.

Cuando nos conocimos sonreías como si todo te doliera (quién iba a decir, en serio, que yo terminaría enamorada hasta las nalgas de ese dolor que arrojaban tus muecas de niña triste y desesperada). Llegué al bar metida en una blusa de algodón color vino con patrones extravagantes. Tú vestías unas zapatillas ligeras y te andabas con el cabello largo —larguísimo— suelto, hermoso. El color algo entre castañas y rojos de un desierto atrapado.

Después del bar, nos fuimos a beber dos que tres copas a una cantina con adornos lúgubres. Y pasó que también caminamos otro tanto —más por la urgencia de reconocernos fuera de las sombras y el bullicio, que por encontrar alguna otra güisquería oliendo a vacío.

Tú me hablabas de cómo habías traficado éxtasis y ketamina siendo adolescente, y yo te contaba de cómo un día me volví alcohólica por puro aburrimiento. De cómo, por pura moda pubescente, fumé cigarrillos todos los días del año durante diez años. Quedamos enganchadas. Por nuestros pasados tórridos, adictivos. No sé, por culpa de nuestros malos modales. Por arrojarnos una a los brazos de la otra cuando deambulábamos como perros malheridos.

Nos creíamos diferentes y especiales —de pronto cometíamos la barbaridad de decirlo repetidamente y en voz alta—: “somos luz, mi amor, somos viento, verde, plantas, chícharos mágicos”. Pero no había nada que nos diferenciara del resto y, como es natural, luego de un tiempo dejamos de ser felices. Terminamos (“estoy cansada de todo esto”, dijiste un día señalando tu corazón y el mío) y echamos a correr en sentidos opuestos.

Y cuando me fui te escribía cartas, ¿recuerdas? Te decía bobadas como que el océano Pacífico era lo único que nos separaba. Te contaba que iba juntando las piezas de algo adentro mío que no estaba roto sino movido, como averiado. Mas nunca me carteaste de vuelta porque un día dijiste que una mujer podía tardarse quince años en escribir miles de palabras y decir apenas cualquier cosa.

Pasaron dos mil setecientos treinta y ocho días. Me tatué un montón de cosas. Te tatuaste un montón de cosas. Anduviste de novia con Natasha (esa muchacha que, según tú, ni te gustaba). Anduve de novia con Magdalena (esa muchacha que, según yo, ni me gustaba). Comencé a tomar el café con leche. Comenzaste a tomar café. Pasó que también te liaste con Cristina (esa muchacha con la mirada perdida y el cabello una cosa entre recuerdos enmarañados y rizos encrespados, casi enfurecidos). Yo me lié de nuevo con Magdalena. Y nos encontramos una vez. Fue el morbo, se me ocurre, de ver en qué nos habíamos convertido. Tú te volviste más fuerte, te conseguiste un trabajo de puta madre (según tú) donde vestías tacones altos, te creció más el desierto, y decías disparates como si la vida solo se tratara de anclarse a un mundo binario. Y yo me hice medio jipi, caminaba descalza para sentir los latidos de la tierra (según yo) y decía disparates como si la vida solo se tratara de bailar sobre glaciares lejanos.

Y hoy que ya pasó tanto (el doble, quizá, de los dos mil setecientos treinta y ocho días), se te ha ocurrido escribirme. La carta comienza con “vengo a decir cualquier cosa”. Y sí: cuentas que desde tu ventana ves ese pedacito de Central Park donde nos echamos a beber cerveza mucho tiempo atrás; cuentas que, si cierras los ojos y contemplas la nada, te llega el olor a arándanos y cansancio de aquella tarde. Terminas contando uno de tus sueños recurrentes y que no se te olvida lo que dijimos cuando nos separarnos.

Yo tampoco lo olvido, ¿verás?, cuando luego de que nos señalaras los corazones, nos acercamos despacio y con el tono más bajito del mundo —algo menos que un susurro—, nos dijimos: “es que la vida es otra cosa”.

Y no se nos olvida porque la vida siempre es otra cosa: un día fuimos las dos, otro tus mujeres, otro mis magdalenas, otro tus tacones y otro mis estrellas de mar. La vida ha sido todas las cosas: tu mundo a dos colores, mi danza sobre hielo embalsamado, nuestras cartas tontas y desagradecidas. La vida es otra cosa: inhalar profundo y llenarnos de universo, luego exhalar y vaciarnos sobre la tierra.