Cada lágrima que no soltamos llena un vaso invisible que tenemos en el alma, hasta que llega el fatídico momento en que el alma se ahoga. Mamá no tiene alma desde que murió mi padre. Y yo voy presuroso a ser una isla a la mitad de una bahía en donde nunca baja la marea…

Por Sismaí Guerrero Osorno

Ciudad de México, 7 de septiembre (SinEmbargo).- Las líneas de luz que entran sin permiso por los espacios entre las persianas, dibujan tu silueta en la pared. Eres un montón de puntos amarillos, pequeños destellos vomitados por mi nostalgia, creando una imagen de ti que ni siquiera mereces.

En ese azul que se pintó con prisas de la habitación, eres el garabato de ese hijo que nunca nació por miedo a perdernos.

Apenas tiro de la cuerda levemente y desapareces, te traga la oscuridad de un viernes que amanece por inercia, frío, como si el invierno hubiera decidido quedarse mientras tú te marchabas.

Tropiezo por la casa a cada segundo con tus recuerdos, me miran los cuchillos afilados de la cocina, con la envidia de una herida que no les pertenece. Tiembla mi taza de café en la mesa, esperando madrugar entre tus labios, mientras los mosquitos que soñaron ser aviones pudren las manzanas de todos mis pecados. Despertar sin ti es igual a madrugar dos veces.

En los tubos de tu ropero, tus fantasmas juegan a pervertir cualquier señal de olvido. Hoy llevas el vestido negro que me regalé a mí mismo para poder llegar rápido a lamer el cielo cuando la lluvia nos llevaba la contraria, sin calzones y con los tacones altos que hacían de cada paso tuyo una nota dulce de una suave melodía.

Esa mujer que contesta mis llamadas, una y otra vez, repite como un eco la misma frase: “El número que usted marcó, no existe…”. –Si no existe, ¿¡por qué lo tengo en la cabeza!? –Le grito. Pero ella desaparece. Supongo que no tiene esa respuesta.

Mamá dice que no hay nada más terrible que llorar hacia dentro. Que cada lágrima que no soltamos llena un vaso invisible que tenemos en el alma, hasta que llega el fatídico momento en que el alma se ahoga. Mamá no tiene alma desde que murió mi padre. Y yo voy presuroso a ser una isla a la mitad de una bahía en donde nunca baja la marea.

Te odio. Te odio como se odian los domingos por la tarde o las canciones que oyen los vecinos en modo cíclico. Te odio como odian los cumpleaños las actrices de la televisión, como se odian las verdades en los hospitales y los chistes en los funerales. Te odio. Te odio de ese modo tan profundo en el que solo es capaz de odiar quien te ama todavía.