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Alejandro Páez Varela

07/09/2020 - 12:09 am

México, libre

Con un poco de decencia, con un poco de honestidad –que no han mostrado hasta hoy–, Margarita y Felipe deberían entender que quizás sea momento de buscarse un empleo; uno digno.

Margarita Zavala, exaspirante a la Presidencia de México, y el expresidente Felipe Calderón.
Margarita Zavala, exaspirante a la Presidencia de México, y el expresidente Felipe Calderón. Foto: Diego Simón Sánchez, Cuartoscuro

¿Quién pierde sin México Libre? Podríamos empezar por esa pregunta que genera, necesariamente, otras preguntas. ¿Pierde el sistema de partidos? No; lo que sobran son partidos (yo eliminaría, de entrada, a Encuentro Solidario y a la Basura Verde o-como-se-llame) y ya el sistema democrático es lo suficientemente “robusto”, por no decir caro. ¿Pierde la oposición? No: la hay; sólo que no tiene ni pies ni cabeza. ¿Pierde México? Respondo con pregunta: ¿Y como por qué?

¿Quién pierde, entonces? Sin temor a equivocarme, pierden Margarita Zavala, Felipe Calderón y todos los que, con ellos, esperaban regresar al erario. Y gana el erario: menos bocas qué alimentar. Y gana algo de credibilidad el Instituto Nacional Electoral; apenas en 2017 le habíamos gritado “árbitro vendido” por la elección de Edomex; gana algo de terreno.

Creo que, además, gana la cultura de la legalidad. Margarita y el expresidente, su esposo, acumulan años de acusaciones de fraude. Por orden de importancia está la elección de 2006 y la candidatura de fotocopias del 2018, pero no son las únicas. Con la cultura de la trampa araron sus carreras y del regodeo con la chapuza están sembrados sus campos. La guerra que vive México, por ejemplo. Se lanzó para tratar de ganar legitimidad y se sostuvo inventando argumentos: que “era necesaria”, que “el país no podía esperar más”, que era para “acabar con los grupos criminales”; mentira, mentira, mentira. Estados Unidos detuvo a Genaro García Luna y otra vez, a mentir: que casi casi ni lo conocían; que nadie les advirtió que trabajaba para el crimen organizado. Mentira tras mentira.

Y no se trata de mentiras inocentes. El fraude de 2006, por ejemplo, puso a todos contra todos y luego vino la herencia de sangre, la matanza que no termina. Tampoco se trata de mentiras y nada más: son campos sembrados de impunidad: ni Margarita ni Calderón han pagado uno solo de sus engaños; básicamente se han salido con la suya una y otra vez. El INE (y esperemos que el Tribunal Electoral también) apenas les puso freno. Y hasta allí. No los hizo pagar. Nadie los ha hecho pagar. Se han aprovechado del círculo vicioso que permite a muchos en México evitar el castigo: hacen su fechoría; luego las pelean como buenas; pagan multas o ganan y se siguen. Así como cualquiera dentro de la política o en el mundo de la criminal.

***

México gana, creo; México se libra, al menos por ahora, de esos dos engaña bobos. Dos engaña ilusos. Dos que saben jugar a la desesperanza y la desilusión para colarse, para colocarse, para seguir pegados a la ubre de los impuestos. Siempre al amparo del dinero público. Siempre jalándole al cochinito del erario. No saben ganarse la vida, como millones de mexicanos; más bien se ganan la vida con la vida de millones de mexicanos.

Con un poco de decencia, con un poco de honestidad –que no han mostrado hasta hoy–, Margarita y Calderón deberían entender que quizás sea momento de buscarse un empleo; uno digno. Recurrir a los que los han apoyado con dinero siempre y pedirles un préstamo para poner una tienda; algo de fiado –aunque no sé si sean buena paga– y poner una farmacia, un puesto de tacos. Trabajar por primera vez en su vida sin tocar los impuestos de todos los demás.

O reunir a todos los que esperaban disfrutar con ellos las mieles del dinero público (ahora a través de México Libre) y decirles: hasta aquí. Ahora toca aportar al PIB; crear riqueza y no sólo gastársela. Formar equipos de diez o de cinco y discutir cómo –así le hemos hecho muchos– crean una empresa; cómo poner un changarro. O un despacho: la mayoría estudió derecho. Sí, me gusta para una despacho. Y si quieren retribuir en algo a la sociedad, tomar casos pro bono. Casos como, por ejemplo, los de las familias de desaparecidos; los de las familias que perdieron a alguien en manos de las fuerzas del Estado. Las víctimas de la guerra que desataron desde 2006. Me gusta, sí, un despacho; una firma de abogados.

Y si de plano hay contrición; y si de plano hay arrepentimiento, dedicar algo de tiempo a rascar la tierra con las uñas, de Norte a Sur y de Este a Oeste, para ayudar en las tareas de sacar huesos de los miles y miles que nunca tuvieron una buena sepultura; huesos de las víctimas de su guerra, regados por todo el enorme cementerio que también es su país.

Alejandro Páez Varela
Periodista, escritor. Es autor de las novelas Corazón de Kaláshnikov (Alfaguara 2014, Planeta 2008), Música para Perros (Alfaguara 2013), El Reino de las Moscas (Alfaguara 2012) y Oriundo Laredo (Alfaguara 2017). También de los libros de relatos No Incluye Baterías (Cal y Arena 2009) y Paracaídas que no abre (2007). Escribió Presidente en Espera (Planeta 2011) y es coautor de otros libros de periodismo como La Guerra por Juárez (Planeta, 2008), Los Suspirantes 2006 (Planeta 2005) Los Suspirantes 2012 (Planeta 2011), Los Amos de México (2007), Los Intocables (2008) y Los Suspirantes 2018 (Planeta 2017). Fue subdirector editorial de El Universal, subdirector de la revista Día Siete y editor en Reforma y El Economista. Actualmente es director general de SinEmbargo.mx

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