Los lugares y objetos también cuentan historias, y así lo constata Cristina Rivera Garza en su última novela Autobiografía del algodón (Literatura Random House, 2020), donde los campos de algodón y el territorio de la frontera norte relatan diversas historias de migración, deportación, expulsión y repatriación , vinculadas con el pasado familiar de la propia autora.

Indagar sobre el origen es abrir puertas con más preguntas y desempolvar recuerdos. Para el suplemento Puntos y Comas, Cristina revisa esos recuerdos, pero también observa el presente en temas tan actuales y urgentes como la migración, la importancia de la literatura que versa sobre este tema, y por supuesto, el sentido de pertenencia siendo migrante.

Ciudad de México, 7 de noviembre (SinEmbargo).- Los lugares y objetos también cuentan historias, y así lo constata Cristina Rivera Garza en su última novela Autobiografía del algodón (Literatura Random House, 2020), donde los campos de algodón y el territorio de la frontera norte relatan diversas historias de migración, deportación, expulsión y repatriación , vinculadas con el pasado familiar de la propia autora.

“Me interesaba explorar la experiencia migratoria de mis abuelos paternos, que habían caminado desde el Altiplano hasta la Región Carbonífera de Coahuila, para después establecerse en los campos de algodón en Tamaulipas. La experiencia migratoria de mis abuelos maternos fue un poco en sentido contrario; ellos pasaron toda su vida en Estados Unidos y fueron expulsados en los años 30, para llegar a pueblos repatriados en la frontera. Y también participaron del proyecto algodonero que impulsó el gobierno de Lázaro Cárdenas”, explica Cristina sobre su móvil para escribir esta novela.

Para la autora es tan importante la zambullida al pasado como al presente, pues visitar nuestras raíces nos lleva inevitablemente a donde estamos parados el día de hoy. “Al mismo tiempo, mientras escribía, escuchaba noticias de las caravanas de migrantes centroamericanos atravesando a pie todo el territorio de México. La gran tragedia del manejo de la migración en estos tiempos”, agrega.

En estas páginas, Rivera Garza sigue con curiosidad y asombro los pasos de hombres y mujeres que conforman su árbol genealógico, obreros y campesinos que trabajaron la tierra que ahora conforma la frontera entre Tamaulipas y Texas, una región que alcanzó un alto nivel económico, social y cultural gracias al sistema de siembra del algodón. Tras el fracaso del sistema, los campesinos algodoneros dejaron libre su espacio, un espacio que representó antes un símbolo de progreso y autonomía, y que ahora lo ocupa la llamada guerra contra el narco.

Indagar sobre el origen es abrir puertas con más preguntas y desempolvar recuerdos. Para el suplemento Puntos y Comas, Cristina revisa esos recuerdos, pero también observa el presente en temas tan actuales y urgentes como la migración, la importancia de la literatura que versa sobre este tema, y por supuesto, el sentido de pertenencia siendo migrante.

REVISITANDO EL ÁLBUM FAMILIAR

Como recolectando fotos en un álbum, Cristina reunió diversos testimonios para el desarrollo de su libro, tanto de sus propios familiares como de personas de las comunidades, proceso que no fue nada fácil por la propia naturaleza de la vivencia migrante:

“Lo que sucede con las historias de migración es que son historias bien difíciles de contar, pues usualmente estamos hablando de experiencias traumáticas, historias que no salen a la primera: hay hambre, hay humillación, hay exclusión, hay dolor de muchas formas. Es una experiencia muy compleja, no son temas que se traten a la ligera en una sobremesa. Los migrantes tienen miles de razones para no compartir cierta información, previniendo, por ejemplo, algún daño que le pueda ocurrir a sus hijos o nietos. O simplemente como reacción selectiva para olvidar cosas”.

“La migración también incluye borramientos, incluye silencios y cosas que se van perdiendo con el tiempo. Yo no sabía que en el acta de nacimiento de mi abuelo paterno dice que él es indígena, que lo clasificaban étnicamente así, y a su primera esposa también. Todos los que asistieron a su boda venían de una comunidad indígena. Ellos son los que migraron primero. Caminando se fueron hasta Coahuila y cuando llegan allá y se convierten en trabajadores de carbón en todas las actas de nacimiento de los hijos, de los futuros matrimonios y demás, ese término, ese pasado indígena, se borra”.

“Eso me hizo pensar mucho acerca del tan hablado mestizaje en México, algo se supone que ocurrió históricamente durante la Colonia, casi después de la invasión española. Actualmente hay muchas conversaciones sobre el mestizaje. Toda esta información me hizo entender que el mestizaje no es una cosa del pasado, cómo se fue dando en mi familias en generaciones atrás, y cómo incluye borramientos que pueden ser tanto resultado de la imposición estatal que ya no reconocen ciertos términos étnicos, como lo que te cuento, como pueden ser decisiones de los migrantes mismos como manera de protegerse o para evitar más discriminación o más exclusión.
Esa información que es muy personal y que fue muy iluminadora, me ha permitido, dentro y fuera del libro, repensar procesos de mestizaje que parecieran ser mucho más lejanos en el tiempo de lo que realmente son. Creo que un análisis de la migración en ese sentido, nos da otro tipo de retratos de la gente, por los lugares por los que pasa”, concluye.

También fue necesario para la autora recurrir a documentos y hacer investigación de campo: “Visité archivos personales familiares, archivos institucionales que siempre son sesgados e incompletos, pero que ahí están. Además, me pareció muy importante estar en los lugares, tomar muestras del suelo, hacer colección de artefactos. Es decir, empaparme lo más posible de los espacios, de los territorios de los cuales estaba hablando”, comenta.

“Me interesaba también explorar esa relación entre las personas que no sabían leer y escribir y los trabajadores del algodón. Creo que ahí se establece una relación personal y familiar, pero también de lo que es la frontera este entre México y Estados Unidos, y más específicamente, entre Tamaulipas y Texas, sobre todo el Valle del Río Bravo, que es una comunidad transfronteriza que comparte condiciones climáticas, características geográficas y población, por supuesto”.

SOBRE EL RACISMO Y LAS CARAS DEL ALGODÓN

—Los campos de algodón también están estrechamente relacionados con la historia de la comunidad afroamericana. El campo como espacio cuenta estas historias de huella agridulce. ¿Qué otros espacios dirías que podrían contarnos más historias?

—Los cultivos, las plantas, tienen sus distintas maneras de producir distintas formas de vida. En el sur de Estados Unidos, el algodón va de la mano con la plantación y la esclavitud y genera todauna economía y un sistema de explotación, del cual da como resultado el Estados Unidos que conocemos hoy; su pasado y su presente racista, de exclusión, etcétera. Siendo la misma planta, el algodón produce otro tipo de relación en la frontera norte de México, desde Mexicalli hasta Matamoros. Esta relación está en conexión con la Reforma Agraria. Campesinos y agricultores sin tierra se convirtieron en dueños de tierras pequeñas por primera vez en generaciones; parcelas de 15 o 20 hectáreas, y se estableció una relación mucho más autónoma de la que conocemos respecto al algodón en EU.

Me interesaba hablar de estas especificidades, hablar de cómo siendo el mismo cultivo, alrededor del algodón se generan relaciones tan distintas, dependiendo del contexto. Yo creo que algo similar se puede hacer con muchos otros cultivos. Hay un montón de cosas sobre el maíz en Mesoamérica, por ejemplo. Me parece que al algodón fronterizo no se le ha puesto tanta atención. Por supuesto hay análisis muy interesantes desde el punto de vista de la historia, de la economía, y lo señalo al final del libro. Hacía falta esta otra visión íntima, emotiva, de estas relaciones interespecie que vemos en la frontera en los tiempos de los que habla el libro.

—Siendo un país de migrantes en el extranjero, ¿por qué crees que tenemos tanto rechazo hacia lo diferente? Pienso en la reacción de muchos mexicanos ante las caravanas que han arribado al país en tiempos recientes…

—Somos un país profundamente racista y clasista. Creo que eso ha quedado muy al descubierto en diferentes reacciones. Por supuesto, hay temor a lo distinto culturalmente, pero también temor ante la posibilidad de ver en peligro cierta estabilidad económica. Todas estas ideologías y estereotipos que son tan comunes y cosa de todos los días en EU, y que en México a veces no queremos ver, pero están ahí y salen con mucha fuerza en momentos específicos de la historia. Creo que hay que tener una conversación bien amplia sobre el racismo que influye en nuestra manera de ver el mundo.

Habría que pensar, de manera mucho más productiva, sobre los beneficios de la migración y la diversidad. Ver cómo todos salimos ganando cuando trabajamos de forma más abierta y flexible, con flujos de migración que son parte fundamental del mundo en el que vivimos. Creo que la respuesta de odio, de miedo, de construcción de muros, de nacionalismos baratos, nunca podrá aprovechar la riqueza económica y cultural que viene con los procesos de migración. Siendo migrante, creo que hay mucho más que ganar para los contextos donde se establecen estas comunidades migratorias.

OTRAS MIRADAS SOBRE LA MIGRACIÓN

—Existe mucha literatura cuyo tema principal es la migración, ¿cuáles crees que son los tópicos urgentes que ahora tocan los autores más jóvenes? ¿Han cambiado con el tiempo los discursos sobre este mismo tema?

—Sí lo han hecho. Me parece que por muchos años este ha sido un tema que nos hemos empeñado a contar casi exclusivamente desde el punto de vista humano. Yo creo que la novela ha vivido mucho en la ciudad en general. La novela como género en México ha estado muy fascinada por la vida interna de la clase media, y me parece que es tiempo de salir de la ciudad y entrar de lleno al campo y el mundo rural y ver cómo se tejen esas relaciones de afecto, de trabajo y de producción de experiencia en el campo, especialmente en la frontera norte.

Justo en este libro lo que me importaba era incorporar de forma central la experiencia no humana. Por eso se llama Autobiografía del algodón y no “Mi autobiografía” o “Autobiografía de mis abuelos”. Lo importante aquí es revisitar un fenómeno que es una de nuestras grandes tragedias del presente. Revisitar los dramas humanos en relación a las historias del propio territorio. Me parece que esta es una veta que estamos explorando cada vez más en tiempos contemporáneos. Me gustaría ver más trabajos así.

Hay un montón de trabajos sobre migración, pero uno de los que leí recientemente y me emocionaron mucho es La tierra de las tumbas abiertas, del antropólogo Jason De León. Para mí ese libro fue fundamental, pues tiene que ver con el cruce de la frontera por el desierto de Arizona. También recomiendo los trabajos de Luis Alberto Urrea, como The Devil’s Highway. Además hay bibliografía muy interesante sobre las ciudades fronterizas como Tijuana, Ciudad Juárez y, en menor medida, sobre Matamoros.

LA SEMILLA DEL CAMBIO Y EL SENTIDO DE PERTENENCIA

—¿Este tipo de relatos sirven para generar reflexión, empatía, y que la gente se replantee sus posturas ideológicas?

—Ojalá ambas cosas se cumplieran. Me gustaría por supuesto acercar estas historias a personas que tienen poca idea de qué se trata migrar. Pero también me gustaría mucho convocar a los que han vivido estas historias, a reconocerse también en ellas. Yo te puedo decir que a estas alturas tengo más tiempo viviendo en Estados Unidos de lo que he vivido en México. Estar tan cerca de mis abuelos que crecieron acá, a través de escribir este libro, me ha dado un sentido más hondo y de pertenencia. Finalmente quien me regala este país y me da la posibilidad de sentir que pertenezco aquí es justamente el trabajo de mis abuelos.

Mientras estaba escribiendo, en alguno de los muchos viajes en Uber que hice en su momento desde Houston, donde vivo, me tocó varias veces platicar sobre todo con mujeres conductoras. Recuerdo una en particular que me preguntó qué hacía yo, y le conté del libro. La plática continuó y me di cuenta de que su familia venía de la misma región que la mía. Estábamos en Houston no por casualidad; compartíamos una raíz y tenía que ver con el algodón.

Es cuando pensé que esta historia personal y familiar es una cuestión que compartimos muchos. Ya lo sabía, pero es interesante corroborar con alguien, de manera tan azarosa. Esta es una historia regional, una historia que le pertenece a la frontera en sí. Me gusta pensar que detalles de ese tipo, que están presentes a lo largo del libro, pudieran crear esta sensación de acompañamiento en experiencias que suelen ser muy fuertes, cimbradas por la violencia, y muchas veces bastante solitarias.

Rivera Garza concluye con un deseo personal: “Ojalá este libro sirva para ponerse por un momento en los zapatos del otro. O si son migrantes, que puedan encontrar un lugar de escucha y reciprocidad respecto a esa experiencia. De cualquier forma, ojalá sea un punto de encuentro”.

Cristina Rivera Garza es autora, traductora y crítica. Sus más recientes libros incluyen The Iliac Crest, trad. Sarah Booker (The Feminist Press, 2017); The Taiga Syndroma, trad. Suzanne Jill Levine y Aviva Kana (Dorozanne Dorothy Project, 2018); ambos publicados en español por Literatura Random House. Había mucha neblina o humo o no sé qué (Random House, 2016). Premio Anna Seghers 2005; Premio Roger Callois para Literatura Latinoamericana 2013; Premio Sor Juana Inés de la Cruz 2001 y 2009, por Nadie me verá llorar y La muerte me da, respectivamente. Premio Shirley Jackson 2018. Fundadora del Doctorado en Escritura Creativa en Español en la Universidad de Houston.