Javier Corral Jurado, Gobernador de Chihuahua.

“Desde el poder formal que aún le queda a la administración corralista, no pueden sobrevenir sino un par de cosas, excluyentes entre sí: o le obsequian un sobreseimiento de la causa que se ha pretendido ineficazmente consumar para descarrilarla, o veremos el espectáculo de un Javier Corral convertido en aprendiz de brujo”. Foto: Daniel Augusto, Cuartoscuro

También en Chihuahua hace aire. El escándalo provocado por Félix Salgado Macedonio ocupa la atención y se dejan de percibir acontecimientos de otras regiones del país con importancia. Vaya aquí un retrato del momento que está padeciendo el norteño estado.

Para entender lo que sucede en Chihuahua hoy, recurro a la ingeniosa frase del filósofo español José Ortega y Gasset: “Crisis es que no sabemos lo que nos pasa; y eso justamente es lo que nos pasa”.

Ese desconocimiento no es de ninguna manera ignorancia absoluta, pero sirve para colocarse a la hora de las conclusiones del lado de los intereses mayoritarios de la gente, de los cuales están distantes los partidos dominantes, y sin duda sus candidatos. Me explico:

Lo que se juega para el futuro de Chihuahua, reconociendo su pluralidad, está en riesgo, porque no se vislumbra que la elección de Gobernador –regionalmente la más importante– vaya a resolver el cúmulo de contradicciones y agravios que están en presencia. De una parte tenemos la crisis del partido político en el poder y el desastre que ha representado para el estado Javier Corral Jurado, y en el otro extremo la ausencia de una alternativa para afrontar los seis años que vienen.

La justicia ha sido selectiva, los aparatos encargados de administrarla la han banalizado a lo largo del escándalo de corrupción que envuelve a la candidata de ese partido, María Eugenia Campos Galván; baste subrayar que por enésima ocasión se ha diferido otra audiencia para encausar el procedimiento penal en su contra. Se trama así una política de actos consumados que empezaría con la consolidación material de su candidatura, con lo que se implica el acrecentamiento de su poder para cimentar su propia impunidad. Sólo los ingenuos pueden pensar que la justicia la alcanzará cuando eventualmente gane la elección.

Desde el poder formal que aún le queda a la administración corralista, no pueden sobrevenir sino un par de cosas, excluyentes entre sí: o le obsequian un sobreseimiento de la causa que se ha pretendido ineficazmente consumar para descarrilarla, lo que de suyo en algo la beneficiaría por esa figura que le daría briznas de credibilidad a una honorabilidad cuestionada, o veremos el espectáculo de un Javier Corral convertido en aprendiz de brujo, propiciando a capa y espada la consumación de una vinculación a proceso por la”nómina secreta” y el acumulado de imputaciones de las que se discurre en la lobosfera.

Con relación a esta última, y por más que Corral padezca del narcisismo propio de la Hybris, pudiéramos decir que se abstendría de realizarla porque no hay loco que coma lumbre y sí muchos factores que se lo impedirían y que pesan demasiado en su carrera. Hablo de sus relaciones personales, por ejemplo, con Francisco Barrio, y aun de los grandes capitales locales, en especial los proclives al PAN, que parten de la divisa de que el horno no está para bollos y hay que derrotar a la Cuatroté en el estado de Chihuahua, de la cual son enemigos acérrimos, profundamente antagónicos.

Con esa premisa, examinaré un par de cosas. El sector oligárquico de Chihuahua tiene como único plan, para impedir que la Cuatroté se establezca en el estado, que triunfe el PAN a como dé lugar con Campos Galván. No tiene plan “b”: o es, o es. Y en ese sentido el tema de la corrupción, sus compromisos con el duartismo, al que prestó servicios bien devengados, les importa poco, mostrando dos aspectos de una misma visión: la ya apuntada de poner un dique al lopezobradorismo, y la de continuar en el esquema de los negocios bien aceitados mediante los ancestrales mecanismos de la corrupción política.

Quiero decir que no se trata exclusivamente de una plataforma política para dirimir la confrontación con el actual Gobierno federal, sino continuar abonándole al mundo de los negocios que involucran el cáncer mencionado. En otras palabras, poco importa que las graves acusaciones que pesan sobre la alcaldesa con licencia se lleven al ámbito público y transparente de una justicia necesaria, indispensable; todo se resuelve frenando la hegemonía en construcción, si eso favorece el ámbito de sus negocios particulares.

Estos empresarios son muy dados a declamar todas las bellezas que le encuentran al Estado de derecho, pero parten de la divisa extrema de que si los mismos axiomas de las matemáticas chocaran con sus ganancias, habría que refutarlos. En este marco, Campos Galván tiene características especiales, una, de entrada: el PAN carece de liderazgos para el reemplazo; está tan abatido por el duartismo que no hay relevo a la vista, y por eso un plan de segundo nivel no existe. Y de continuar esa visión, la política en Chihuahua se estaría convirtiendo en el más deleznable vehículo de dominación para intereses en los que la sociedad y los ciudadanos no figuran en la agenda.

Del lado de enfrente está el debut electoral de Morena en una contienda local. Los providencialistas en este partido piensan que los rayos divinos de Andrés Manuel les va a iluminar la senda del triunfo. Sobra decir que andan descarriados. Aquí Morena no ha generado vínculos estrechos con la sociedad, no tiene una estructura sólida, recurre a liderazgos y candidaturas de los dos viejos partidos que dice combatir y que sintetiza en el llamado “PRIAN”.

Ejemplos de esto son los hoy candidatos Marco Adán Quezada, Cruz Pérez Cuéllar, Guadalupe Pérez y Armando Cabada. Son las caras que Morena mostrará en las tres más importantes y decisivas ciudades del estado, y que por más empeños que ponga en decir que representa un proyecto diferente, eso ya difícilmente resulta creíble, generador de confianza.

Y si bien la política siempre lleva consigo una brizna de pragmatismo, en este caso pragmatismo se ha convertido en vulgar utilitarismo y dicta pautas que en perspectiva conducirán a su propio desastre. Cómo podrá decir Juan Carlos Loera, el peregrino encuestador morenista, que María Eugenia Campos recorrerá el estado con un amparo bajo el brazo si está compinchado con Cruz Pérez Cuéllar en el estratégico municipio de Juárez.

Por eso sostengo, como Ortega y Gasset, que “la crisis es que no sabemos lo que nos pasa; y eso justamente es lo que nos pasa”.