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Alejandro Páez Varela

08/03/2021 - 12:08 am

Pobre Lucía, de unos 35 años

Todos esos diarios y todas esas televisoras y todos esos comentaristas de radio que ahora destacan esa tragedia no la tocaron durante los años

Tragedias. Foto: Andrea Murcia, Cuartoscuro

Desde el techo de mi departamento en la capital mexicana es posible ver otras azoteas y en particular la del edificio marcado con el número 80 de mi calle. Allí, entre los tendederos y cuartos de servicio vivía Lucía Delgado, de aproximadamente 35 años. Era del Estado de México.

El viernes por la noche, mi pareja y yo nos tomamos una cerveza en la sala de mi casa. Desde donde estábamos podíamos lanzar una piedra a aquella azotea donde estaba Lucía. Nunca supimos que mientras nosotros platicábamos el ajetreo de la semana aquella chica era atada de pies y manos; le ponían una cinta en la cabeza y la asesinaban. En un cuarto en la azotea, donde vivía. Nos fuimos a dormir sin enterarnos que agentes de la Secretaría de Seguridad Ciudadana (SSC) acordonaban la zona y peritos de la Fiscalía General de Justicia investigaban.

En la mañana siguiente me di cuenta del feminicidio no por mi vecindad, sino por la prensa. Pensé de inmediato en qué tan importante rol juegan los medios en advertir a las comunidades lo que está sucediendo en su entorno porque yo mismo no supe lo que había pasado en mis narices; literalmente a tiro de piedra. Pobre Lucía, de 35 años. Como miles de mujeres se había ido a vivir a la capital mexicana seguramente por razones de trabajo. Acá la alcanzó la muerte. Acá la hallaron asesinada, en un barrio relativamente tranquilo, o más tranquilo que muchos allá, de donde venía.

Qué tan importante rol juegan los medios en advertir lo que sucede en los barrios y en las ciudades, me dije. Y cuánto daño le hacen a su sociedad cuando se callan. Celebro que ahora los medios le den tanta cobertura a los feminicidios y a lo que sucedió en Palacio Nacional: el muro ese de hierro, qué burrada. Pero no siempre ha sido así. La cobertura de esos eventos tiene hoy la atención que merece, por supuesto, porque los feminicidios en México son alarmantes. Pero no siempre ha sido así, insisto. O la prensa se siente más libre hoy de hacerlo; o potencia lo que se guardó por años; o simplemente aprovecha estos fenómenos terribles para a apuntalar una agenda contra el proyecto de centro-izquierda que gobierna al país y a la ciudad.

No digo, en lo absoluto, que esos eventos (en particular lo que sucede hoy con las mujeres mexicanas) no deberían cubrirse. Lejos de eso, SinEmbargo los cubre desde hace una década de manera exhaustiva. Lo que digo es que me hubiera gustado que con Felipe Calderón –cuando empezaron a dispararse los asesinatos de mujeres– y con Enrique Peña Nieto –cuando se consolidaron, gracias en parte a la impunidad– los grandes medios hubieran estado así de activos. Otro gallo nos cantara hoy si esos medios que ignoraron este fenómeno criminal por décadas hubieran levantado la voz desde antes. Pobre Lucía, de unos 35 años.

***

Varios diarios mexicanos, y no se diga las televisoras, ocultaron durante años los asesinatos de periodistas. Cosa de revisar archivos para quien quiera datos puntuales. Recuerdo muy bien conversaciones con colegas y con directivos de organizaciones defensoras; expresamos muchas veces nuestra frustración porque aún los casos más mediáticos, los que escalaron a portadas de la prensa internacional –como los de Regina Martínez, Javier Valdez o Miroslava Breach– fueron ignorados por las principales empresas mediáticas en el país. Una prensa que ahora sí da hasta seguimiento a cada investigación como ya hubieran querido las familias de Nadia Vera, Rubén Espinoza y las otras mujeres que murieron en el multihomicidio de la Narvarte, por citar.

Es más, los medios que no ignoraron se fueron a otro extremo: a criminalizar a las víctimas. Recuerdo cómo en el caso de Nadia y Rubén la Procuraduría de la capital filtró teorías que intentaban ligarlos a narcotráfico cuando los dos, claramente, había advertido en un video que dejaron antes de su muerte que si algo les pasaba se culpara a Javier Duarte. Pero la mayoría de los medios grandes, las empresas más poderosas, se prestaron a defender al entonces Gobernador de Veracruz. Supongo que por los ríos de dinero en publicidad oficial. Cualquiera de esos medios, o todos en conjunto, tendrían una campaña montada contra un Gobernador de Morena si los hechos se dieran hoy.

Y no hablo de la prensa que sabemos lo que es. Hablo de medios que se denominaron a sí mismos progres. O que aparentaron ser progres. Cosa de revisar, insisto, los archivos. Regina Martínez, Javier Valdez, Miroslava Breach, Nadia Vera, Rubén Espinoza y otros –destaco los asesinados durante el periodo de Duarte– fueron ignorados o maltratados por la prensa capitalina y muchas veces en la local.

Tomo otro ejemplo: la vaquita marina. Decenas de artículos publicados en un puñado de medios alternativos y en otros, cero. Esa tragedia ecológica pasó sin que las mayorías se enteraran. Televisoras y grandes medios impresos y con webs poderosas no dijeron una palabra.

Y de las mujeres; de los feminicidios. Ufff. Todos esos diarios y todas esas televisoras y todos esos comentaristas de radio que ahora destacan la tragedia de los feminicidios no la tocaron durante los años de Felipe Calderón y mucho menos durante el periodo de Enrique Peña Nieto, que entre los dos repartieron a la prensa aproximadamente 100 mil millones de pesos en publicidad oficial, si no es que más.

Ahora han descubierto esos temas. Diría que nunca es tarde, pero me pesa más lo otro: el silencio cómplice. Sí, pues, ni modo: uso la frase de Andrés Manuel López Obrador aunque se la reclamo cuando generaliza: callaron como momias. Diría que nunca es tarde pero a veces, muchas veces, sí lo es. Díganle a todos esos periodistas muertos; a todas esas mujeres asesinadas; a las víctimas de las tragedias ambientales. No publicaron una palabra porque estaban abrazados del poder, y al poder le incomodaba que lo hicieran. Díganselo a los muertos, a las familias de los muertos. Un mea culpa no estaría nada mal.

Pobre Lucía, de unos 35 años. A su familia, sólo abrazarla y desear su consuelo. Quizás si los medios mexicanos hubieran denunciado obsesivamente años antes –como era su obligación y como lo hacen ahora– se habría salvado esa vida, muchas vidas. Si las autoridades se hubieran sentido presionadas desde entonces por una prensa crítica quizás habríamos encontrado, a estas alturas, como sociedad, una salida a ésta y a tantas tragedia que se esconden en la impunidad y se alimentan y se crecen con el silencio. Silencio de momias, pues sí. Pero sin generalizar.

Alejandro Páez Varela
Periodista, escritor. Es autor de las novelas Corazón de Kaláshnikov (Alfaguara 2014, Planeta 2008), Música para Perros (Alfaguara 2013), El Reino de las Moscas (Alfaguara 2012) y Oriundo Laredo (Alfaguara 2017). También de los libros de relatos No Incluye Baterías (Cal y Arena 2009) y Paracaídas que no abre (2007). Escribió Presidente en Espera (Planeta 2011) y es coautor de otros libros de periodismo como La Guerra por Juárez (Planeta, 2008), Los Suspirantes 2006 (Planeta 2005) Los Suspirantes 2012 (Planeta 2011), Los Amos de México (2007), Los Intocables (2008) y Los Suspirantes 2018 (Planeta 2017). Fue subdirector editorial de El Universal, subdirector de la revista Día Siete y editor en Reforma y El Economista. Actualmente es director general de SinEmbargo.mx

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