No es posible minimizar la violencia que se ejerce y que se ha ejercido contra las mujeres a lo largo de la historia. Foto: Mireya Novo, Cuartoscuro.

En el marco de la celebración del Día Internacional de la Mujer este 8 de marzo y las protestas que se anuncian para denunciar el feminicidio y la violencia de género se vuelve a dar un debate álgido y controvertido en México que vale la pena analizar. La relación entre el gobierno de Andrés Manuel López Obrador y el denominado movimiento feminista ha sido extremadamente tensa. Los debates entre la sociedad mexicana al respecto demuestran la elevada politización de un tema que debiera estar centrado mayormente en la justicia y en los derechos de las mujeres. La discusión que se da en vísperas de estos movimientos de protesta nos recuerda a otros momentos que han culminado en violencia, pintas en monumentos históricos y destrucción en establecimientos comerciales y edificios públicos. Por esta razón, la Ciudad de México se blinda con vallas metálicas alrededor de sus principales monumentos y edificios, incluyendo a Palacio Nacional, sede de la Presidencia.

Así, empieza una lucha encarnizada en redes y medios electrónicos que pareciera que más que estar enfocada en una preocupación por la seguridad y los derechos de las mujeres, fragmenta a la sociedad mexicana y resulta en una discusión sobre el gobierno de la llamada Cuarta Transformación y su líder, el Presidente Andrés Manuel López Obrador. Quienes simpatizan con el movimiento feminista acusan de represor al gobierno de la 4T, y parecen atribuirle una responsabilidad central en los feminicidios, desapariciones, abusos y violencia contra mujeres que más bien—y sin intentar justificarlos—han sido ancestrales. Por su parte, quienes apoyan al popular presidente mexicano, lo hacen a capa y espada, y denuncian los supuestos intereses políticos que se encuentran detrás del movimiento feminista mexicano—haciendo alusión a los partidos de oposición que dominaban el espectro político en años anteriores.

Hablar de este tema no es sencillo, pues si opinas de forma crítica de un lado, te atacará violentamente el otro lado. Las discusiones maniqueas al respecto me asquean debido a que estamos hablando de un tema demasiado importante y me da la impresión que en los últimos años se ha utilizado para dividir y manipular sociedades—no únicamente en México, sino en otras partes del mundo. No es posible minimizar la violencia que se ejerce y que se ha ejercido contra las mujeres a lo largo de la historia, particularmente de aquellas en situaciones de pobreza y extrema vulnerabilidad económica y laboral. Recordemos, por ejemplo, el caso de las “Muertas de Juárez”. Tampoco es posible negar el machismo, la discriminación y la desigualdad que coloca a las mujeres en condiciones de gran precariedad en diferentes espacios, incluyendo el ámbito profesional. Pero de ahí a justificar la violencia extrema de feministas encapuchadas para dar un mensaje político y atacar al gobierno existe una enorme distancia. En mi opinión, no existe una relación clara entre ambos fenómenos.

Sin embargo, el gobierno sí ha mostrado graves fallas en el tema de la procuración de justicia en México y la protección a los derechos de las mujeres. Una gran cantidad de mujeres y hombres son asesinados y desaparecen en México en manos de la delincuencia organizada, o son víctimas de crimen y violencia común. No se puede minimizar tampoco la enorme impunidad que persiste en el país, ni el avance limitado en el combate a la corrupción en México. En este contexto, me llama la atención el enfoque en la violencia de género, que es un tema real, gravísimo y preocupante, pero que limita el alcance de las protestas y de las demandas para resolver un problema que recae fundamentalmente en la pobreza y la desigualdad. En ocasiones me parece que las élites políticas y económicas—que por cierto dominan el debate en el espacio público a través de los medios de comunicación y las redes sociales—prefieren un enfoque identitario con tintes políticos pues es más lucrativo. Además, no los coloca como los responsables que son de ignorar la pobreza y extender las desigualdades en un sistema capitalista clientelista y amiguista.

Cabe destacar que no estoy tomando una posición a favor ni en contra del Gobierno de México pues lo que me interesa, como mujer, es la lucha por nuestros derechos y la justicia social. Las mujeres más pobres son las más afectadas por los procesos de injusticia y desigualdad que identifica muy bien el movimiento feminista mundial. La violencia se ejerce en mayor medida contra ellas, pues son víctimas invisibles en un mundo muy desigual. La igualdad de género no se encuentra al alcance de esas mujeres que se enfocan en sobrevivir.

A las élites de ambos lados del espectro político parece convenirles este nuevo tipo de luchas identitarias y culturales, pues así no tendrán que responder construyendo un mundo más justo y más igual. Los temas de la legalización del aborto, la denuncia de violadores y acosadores en medios electrónicos (el movimiento #MeToo) y las protestas de colores—con diamantina, pasamontañas y grafiti—contra el feminicidio y la violencia de género son muy importantes. Sin embargo, pienso que aún más importante sería avanzar en la construcción de una agenda comprensiva para luchar de manera efectiva y articulada por los derechos de las mujeres en sentido amplio. Exigir acciones concretas y establecer prioridades para atender a las mujeres más pobres y a las madres solteras podría ser un punto de inicio. La acción afirmativa en diversas áreas es recomendable según la experiencia, y los servicios para madres trabajadoras deberían ser de amplio acceso en nuestro país.

Hablar de los depredadores sexuales famosos como Andrés Roemer o Sergio Andrade en redes sociales se convierte en tendencia y funciona para ilustrar los abusos de los hombres poderosos en los medios de comunicación y el mundo del espectáculo. El impacto que genera este tema en la opinión pública es apabullante y presenta en su justa dimensión los abusos de poder por parte de las élites. Los casos de Andrade y Roemer me llevan a preguntar lo siguiente: ¿Cuántos depredadores sexuales existirán que no son denunciados? ¿Qué sucede en las zonas más pobres de México donde las mujeres son víctimas invisibles del acoso y violencia doméstica?

Centrar el debate en la igualdad de género divide a las sociedades, y podría ser lucrativo para grupos políticos y empresariales en el contexto de “divide y vencerás”. El anarquismo feminista, aunque apasionado y legítimo, parece ser poco sustantivo y es claramente instrumentalizado por las élites. Las discusiones en redes sociales y medios en el marco de las protestas para el #8M2021 me parecen estar más enfocadas en la política que en la sustancia. Parecen ser un instrumento para manifestar el apoyo o el repudio al gobierno de la 4T. No me parece que el enfoque sean los derechos de las mujeres mexicanas o su seguridad en un país extremadamente desigual y muy violento. El llamado a la acción para erradicar la violencia de género por parte de Denise Dresser y Sabina Berman me parece poco sincero, por decir lo menos. Y eso de que hasta Calderón sea feminista raya en lo cómico—o quizás en lo ridículo.