Carlos Herrejón ha pintado el mejor retrato de uno de los héroes más mencionados y poco conocidos en algunas de sus facetas: revelaciones y enigmas.

Ciudad de México, 8 de junio (SinEmbargo).– Esta biografía de Morelos -la más acuciosa hasta ahora- revela el camino que siguió ese arriero, ese estudiante y cura. Lo aleja del bronce, del mármol y de los mitos. Y nos entrega una de las vidas más fascinantes, más humanas y enternecedoras que puedan imaginarse.

Entre la ilustración y la pobreza, entre el ansia de libertad y el afán por reordenar la insurgencia, entre la genialidad militar y la ingenuidad seria y socarrona a la vez, ahí se ubica José María Morelos. Justo entre lo sublime de los Sentimientos de la Nación y la brutalidad de la guerra sin cuartel.

Con esta obra, el investigador Carlos Herrejón ha pintado el mejor retrato de uno de los héroes más mencionados y poco conocidos en algunas de sus facetas: revelaciones y enigmas.

*La información anterior pertenece a El Sótano y a Gandhi. 

SinEmbargo comparte un fragmento de Morelos. Revelaciones y enigmas, de Carlos Herrejón. Cortesía otorgada bajo el permiso de Debate.

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Capítulo I

De Valladolid A Urecho

Importancia

La mayor información que hay sobre Morelos se refiere a los cinco años de su acción revolucionaria. Los primeros 45 años de su vida se conocen de forma muy fragmentaria. Excelentes biografías sobre el caudillo son escasas por lo que toca al Morelos labrador, estudiante y sacerdote.

El interés historiográfico de llenar estas lagunas no reside precisamente en valorar los antecedentes personales del prócer como causal adecuado de su actitud y actividad insurgentes, pues al fin y el cabo la gesta de Morelos entra en corrientes más amplias y profundas de la historia, donde la explicación por las individualidades es insuficiente, aunque nunca despreciable. La relevancia de Morelos prerrevolucionario consiste en su valor de modelo, en varios aspectos, para toda una generación que se formó en el mismo ambiente o tuvo experiencias semejantes. En tal sentido, Morelos antes de 1810 ofrece pistas que apuntan hacia una identificación de aquellas corrientes más amplias y profundas.

Poco a poco han ido emergiendo documentos y datos aislados que permiten ensayar un capítulo menos incompleto de Morelos antes de 1810. A ello obedece el intento que aquí voy a presentar.

EN VALLADOLID HASTA LOS CATORCE AÑOS 

Durante el reinado de Carlos III, siendo virrey de Nueva España el marqués de Cruillas, nació José María Morelos y Pavón el 30 de septiembre de 1765 en la ciudad de Valladolid de Michoacán, cabeza de obispado que gobernaba entonces Pedro Anselmo Sánchez de Tagle.

Fueron sus padres el carpintero José Manuel Morelos Robles y Juana María Guadalupe Pérez Pavón y Estrada. Él, originario de la hacienda de Zindurio, al poniente de Valladolid, nació en 1742 y provenía de familias de criollos y mestizos avecindados en Acámbaro, Pátzcuaro, Silao, Valle de Santiago y Zamora. Ella, nacida en Querétaro en 1743, tenía sus raíces criollas en el pueblo de Apaseo y en Celaya. Antes de José María habían procreado a María Guadalupe (1760) y a Juan de Dios Nicolás (1763), y después a María Josefa Eulalia (1770), María Antonia (1771), María Rosalía (1774), José Antonio Venancio (1779) y Juana María Vicenta (1784). De todos ellos, sólo llegaron a edad adulta Juan de Dios Nicolás, José María y María Antonia. Los padrinos de José María, bautizado el 4 de octubre, fueron Lorenzo Cendejas y Cecilia Sagrero. Los abuelos paternos se llamaban Gerónimo Morelos y Luisa de Robles, criollo el primero de la misma hacienda de Zindurio. Los abuelos maternos fueron José Antonio Pérez Pavón, de Apaseo, y Guadalupe de Estrada y Molina, de Querétaro. Es de advertir que los padres de Morelos, considerados generalmente desde el punto de vista étnico-social como españoles, en el bautizo de María Antonia se les registró como mestizos, y el abuelo José Antonio, hijo natural, fue bautizado como mestizo. Este mismo cursó algunos años en el colegio y luego fue maestro de primeras letras en Valladolid.

El primer tatarabuelo paterno de José María se llamó Tomás Morelos de Santoyo, mas al parecer trastocó los apellidos, pues debería ser Tomás Santoyo Morelos. Los padres de Morelos, casados en 1760, habitaron en varias humildes casas de Valladolid. La primera se ubicaba en la calle que baja del templo del Prendimiento al río Chico, frente al huerto del convento de San Agustín (actual calle Abasolo). Por 1772, la madre de Morelos compra un solar a espaldas del cerco del convento de San Agustín. En 1775 lo vende. De esa fecha a 1787 no sabemos dónde estuvo su vivienda. Hasta 1787, la misma madre de Morelos compra otro solar cercano a donde habían vivido la primera vez.

Detrás de esas mudanzas había graves desazones familiares entre los esposos, pues el carpintero Manuel adquirió “perversas costumbres”, probablemente el alcoholismo, que lo empujaron a deudas que no cubría y al abandono de su responsabilidad en el hogar. La esposa no se quedó con los brazos cruzados, pues lo denunció a las autoridades. Para alejarse de las ocasiones que le provocaban problemas, por 1774, Manuel Morelos se ausentó del hogar por una temporada, cosa que repetiría después en varias ocasiones, yéndose a San Luis Potosí en compañía de su hijo Nicolás. Al parecer Manuel se enmendó, pues José María Morelos diría que “su padre era un honrado menestral en oficio de carpintero”.

Mientras, el niño José María terminaba el aprendizaje de las primeras letras en la escuela que en la misma Valladolid había establecido su abuelo materno, José Antonio Pérez Pavón, quien moriría en 1776.

La penuria obligó a José María a buscar trabajo en lugar de continuar los estudios, como era su deseo, pues se sentía inclinado al estado eclesiástico desde sus primeros años.

EN UN RANCHO Y EN CAMINOS DE NUEVA ESPAÑA 

A los 14 años, en 1779, José María Morelos se fue a trabajar hasta San Rafael Tahuejo, un rancho o hacienda que en la comunidad de Parácuaro, cerca de Apatzingán, tenía arrendado a un tío suyo en segundo grado, Felipe Morelos Ortuño, primo hermano de su papá. Ahí vivió José María hasta los 24 años, aprendiendo labores de campo, en particular lo relacionado con los productos de esa región, el añil y el piloncillo. También se familiarizó con menesteres de la construcción y de la ganadería (persiguiendo a un toro se rompió la nariz). Y ayudó a su tío, que no sabía escribir, en la contabilidad de la unidad agrícola. En temporadas del año mayormente se dedicó al oficio de arriero, comenzando por ser el atajador de una recua que tenía su tío, yendo por delante y disponiendo la comida para los demás arrieros. “En todos los viajes llevaba a su madre lo que había ganado o algunas cosillas de regalo por muestra de su cariño.” Una de las rutas pasaba por Acapulco y de ahí a México, lugares en que trasladaba mercancías de Isidro Icaza. En los ratos de ocio, José María no quitó el dedo del renglón del estudio. Se consiguió una gramática del llamado Nebrija y de manera autodidacta se inició en el latín.

Mientras, el padre de Morelos, José Manuel, había retornado al hogar por 1778 y 1784, para volver a irse y retornar por 1795. No obstante la insegura situación familiar, José María dejó el rancho y buscó la forma de reanudar el estudio, volviendo a Valladolid en 1790 para inscribirse en las clases de gramática del Colegio de San Nicolás, cuyo rector era entonces don Miguel Hidalgo y Costilla. Su ingreso lo hizo en calidad de capense, esto es, no como interno sino externo sólo para tomar las clases. Aparte de la inclinación personal había un incentivo poderoso para regresar en plan de estudiante.

LA PRETENSIÓN DE LA MADRE 

Simultáneamente al ingreso escolar, su madre inició diligencias tendentes a que se reconociera a su hijo José María como el beneficiario de una capellanía fundada en Apaseo por Pedro Pérez Pavón, bisabuelo de Morelos. En general, una capellanía era una institución consistente en un capital cuyos réditos percibía el beneficiario o capellán con la obligación de celebrar por sí, o por otros, determinadas acciones litúrgicas, en especial misas.

En la capellanía fundada por Pedro Pérez Pavón quedaba un capital de 2 800 pesos, la obligación de decir 28 misas al año y, por voluntad del fundador, el capellán había de ser su hijo natural José Antonio, el abuelo de José María Morelos. Pero si José Antonio no tomaba el estado eclesiástico, había de darse la capellanía a algún descendiente de los hermanos del fundador que sí abrazase el estado clerical. Así, pues, la descendencia del probable primer capellán no se mencionaba como beneficiaria. Y éste era el caso de José María Morelos. Empero, su madre argumentó que por ser bisnieto directo, habían de darle la capellanía. Esta pretensión originó un largo pleito con la propia parentela que disputaba la capellanía, y puso de manifiesto el carácter tesonero de la madre de Morelos.

LOS ESTUDIOS DEL HIJO 

Por su parte, José María hubo de aplicarse con singular empeño a los cursos de gramática latina en 1790 y 1791, con la dirección de José María Alzat y Jacinto Moreno, de tal manera que el segundo mentor se expresó de él en términos sumamente elogiosos:

Certifico y juro tacto pectore et in verbo sacerdotis, como don Joseph María Morelos ha cursado bajo mi dirección las clases de mínimos y menores [de latinidad] en las que ha procedido con tanto juicio e irreprehensibles costumbres que jamás fue acreedor que usase con él de castigo alguno, y por otra parte desempeñando el cargo de decurión con tal particular aplicación, que por ésta consiguió verse sobreexaltado casi a todos sus demás condiscípulos, que en atención a su aprovechamiento y recto proceder tuve a bien conferirle en consecuencia de todos sus referidos méritos que fuese premiado con última oposición de mérito en la aula general, con la que se observa premiar a los alumnos de esta clase, la que desempeñó con universal aplauso de todos los asistentes.

A continuación Morelos emprendió los estudios de retórica, que formaban parte del ciclo de latinidad y en que solía seguirse el texto de Pomey. Pasó luego a los cursos de artes o filosofía, pero no ya en San Nicolás, sino en el Seminario Tridentino de la misma ciudad, teniendo de maestro a Vicente Pisa de 1792 a 1794. Con éxito arguyó y presentó acto público de esta materia en la iglesia de la Merced de Valladolid en febrero de 1795:

Don José Antonio Castañeda sustentó el día 16 de febrero de este año de 95 en la iglesia de dicho convento un acto de todo el curso; arguyó de banca don José María Morelos, condiscípulo del actuante, capense de este seminario, como también el sustentante.

Don José María Morelos, capense de este seminario; le arguyeron, a más de las réplicas acostumbradas, el licenciado don Francisco Uraga, catedrático de prima de sagrada teología en este dicho colegio, y don José Antonio Castañeda, capense, condiscípulo del actuante.

Se seguía entonces en el Seminario el texto de Antonio Goudin, claro y didáctico, podía estar en manos de los alumnos y evitar los fastidiosos dictados. Mas al mismo tiempo se enseñaban también textos modernos que mostraban alguna apertura a las nuevas corrientes de la filosofía, como el de Jacquier o el del michoacano Gamarra. Su principal modernidad consistía en desplazar la obsoleta física, introduciendo en cambio capítulos de matemáticas, geometría y ciencias naturales. Al final, Morelos obtuvo el primer lugar, y el 28 de abril de 1795 en la Real y Pontificia Universidad de México presentaba examen aprobatorio para obtener el grado de bachiller en artes, ante el jurado formado por fray Miguel Rodríguez, Pedro Foronda y Pedro García Jove.

Inscrito en los cursos de teología moral y teología escolástica del mismo Seminario Tridentino, sólo prosiguió los primeros a lo largo de 1795, teniendo por maestro a José María Pisa y siguiendo como texto manual el Prontuario de la teología moral de Francisco Lárraga, reformado por Grosin. Iniciando con éxito dichos estudios, Morelos solicitó ingresar al estado clerical, para lo cual se recabaron testimonios favorables acerca de su conducta y su familia en Valladolid y en Apatzingán. También hizo ejercicios espirituales que certificó su vicerrector, Manuel Ruiz de Chávez. Recibió la tonsura y órdenes menores el 13 de diciembre de 1795, y el subdiaconado, el 19 del mismo mes. En esta misma celebración fue ordenado de diácono José María Cos, que venía del obispado de Guadalajara.

DE VALLADOLID A URUAPAN 

Al parecer, Manuel Morelos desde hacía unos años había vuelto definitivamente al hogar. La necesidad de contribuir al sostenimiento de éste condujo a José María, desde enero de 1796, a Uruapan, cuyo párroco Nicolás Santiago de Herrera le había ofrecido el oficio remunerado de preceptor de gramática y retórica. A distancia y con el grado de subdiácono tuvo que continuar el estudio de la teología moral, yendo y viniendo de Uruapan a Valladolid.

La muerte de su padre Manuel, ocurrida tal vez por este tiempo, agravó la precaria situación familiar, de modo que José María se apresuró a concluir la carrera eclesiástica, solicitando la promoción al grado siguiente, el diaconado, en agosto de 1796. Como no había logrado obtener la capellanía fundada por su bisabuelo, José María tenía que ordenarse a título de administración, es decir, ser ministro de la Iglesia disponible para cualquier puesto que al arbitrio del obispo requiriese el cuidado de las almas, de donde pudiera también obtener su congrua sustentación. Ordenarse a título de administración implicaba además un examen previo precisamente sobre moral, rúbricas y administración parroquial. Con las preocupaciones de su familia y de su magisterio viajó a Valladolid para presentar el examen el 10 de septiembre de ese año. Obtuvo la aprobación, pero con la nota de positivo ínfimo, cosa que venía a romper su trayectoria brillante. Entre los sinodales estuvieron Vicente Gallaga, tío de Hidalgo, y Manuel de la Bárcena.

Ordenado diácono el 21 de septiembre de 1796, Morelos regresó a Uruapan. Acicateado por la mediocre calificación obtenida, prosiguió por su cuenta el estudio de materias morales y rúbricas, sin descuidar su oficio de maestro y ministerio diaconal. Al poco tiempo el párroco Herrera solicitaba que Morelos fuera dispensado del lapso regular o intersticio, comprendido entre la recepción del diaconado y el siguiente paso, el presbiterado. Él mismo extendió en agosto de 1797 un elogioso testimonio sobre el diácono vallisoletano:

Certifico en cuanto puedo, debo y el derecho me permite que el bachiller don José María Morelos, clérigo diácono de este obispado, se halla desempeñando en este pueblo el título de preceptor de gramática y retórica, presentando en estos días a pública oposición tres niños que ya pueden estudiar filosofía y otros dos que pasen a estudiar medianos y mayores; sin dejar por esta bien empleada atención, el estudio de materias morales y rúbricas, tratando sus puntos y conferenciándolos con grande aplicación y fundadas dudas, siembre que se proporciona conferenciar, o seorsim o simul31 con los ministros de este partido.

Igualmente es de público y notorio que ha ejercitado su oficio cantando epístolas y evangelios, asistiendo a las procesiones y a los actos de devoción, dando en todo muy buen ejemplo y frecuentando los santos sacramentos con notoria edificación y predicando el santo Evangelio con acierto e instrucción en cuatro sermones panegíricos y dos pláticas doctrinales que le he encomendado, vista la licencia que en seis de abril del año pasado de noventa y seis, le concedió su señoría ilustrísima, el obispo mi señor, y manifestando asimismo su buena inclinación a la administración a que aspira, pues asiste a ver practicar los sagrados ritos de baptismos, entierros, casamientos, viáticos, etc., para instruirse, no sólo en la teórica, sino también en la práctica.

Los libros que en aquel tiempo o después redondearon su formación eclesiástica, además de la Biblia y el Oficio Divino, fueron el Directorio Moral y el Examen de ordenados de Francisco Echarri, los tratados de Blas de Benjumea y el Itinerario para párrocos de indios de Alonso de la Peña Montenegro.

A pesar de que apenas había iniciado los estudios de teología escolástica, podía ya ordenarse de presbítero, puesto que los de moral se consideraban suficientes para el título de administración, medio con el que contaba Morelos para subvenir al sostenimiento de su madre viuda y de su hermana doncella. Según parece, su hermano Nicolás también vivía en la pobreza y se había desentendido de colaborar en esa obligación.

ORDENADO SACERDOTE 

Así, pues, sin abandonar el deseo de continuar algún día los estudios de teología escolástica, Morelos se decidió a entrar de lleno en el ministerio sacerdotal, hizo los ejercicios espirituales de norma, en el convento de San Agustín, y se ordenó presbítero, a los 32 años de edad, el 21 de diciembre de 1797, en la capilla del obispo fray Antonio de San Miguel, frente a una imagen de la Guadalupana, pintada por Cabrera. Entre los compañeros de ordenación estaba José Sixto Berdusco. La madre y la hermana de Morelos no cabían de gusto. Significaba también su promoción social.

A los nueve días recibió, el novel sacerdote, licencias para ejercer el ministerio en términos de la parroquia de Uruapan, a donde volvió Morelos para seguir colaborando con el cura Herrera. Animado por éste, de inmediato solicitó ampliación de licencia a los curatos limítrofes, así como facultades especiales para matrimonios, normalmente reservadas a los párrocos y jueces eclesiásticos. La respuesta superó con mucho las expectativas, pues el 31 de enero de 1798 recibía nombramiento como cura interino de Churumuco y La Huacana, hecho que lo honraba, a pesar de tratarse de una región difícil y alejada, pues en un obispado como el de Michoacán, el exceso de clérigos y la consiguiente competencia hacían reñida la obtención de curatos. De modo que el ascenso inmediato al frente de uno de ellos, sin mayores influencias, debía ser un caso más bien raro.

Bien se echaba de ver que Morelos tenía gusto y capacidad para el ministerio sacerdotal. Además los superiores lo estimulaban para seguir adelante. Signos todos de vocación. Se trataba de una vocación tardía de quien ya mostraba madurez.

CURA DE LA HUACANA

Con grande ilusión y llevándose a su madre y a su hermana, Morelos se dirigió a Tamácuaro de La Huacana, con sede alterna en Churumuco, residencias curales de aquel extenso partido —cerca de tres mil habitantes diseminados en cien localidades—, para cuya atención contaba con un auxiliar, el sacerdote Miguel Gómez.

Un medio complementario de sustentación para los párrocos era la colocación de la Bula de la Santa Cruzada entre sus feligreses, condicionado, sin embargo, a la garantía de un fiador. El novel presbítero presentó al efecto a su tío Felipe Morelos, que ya había aprendido a firmar, mas finalmente la gestión no tuvo éxito.

Otro pariente de Morelos con quien tenía frecuente trato era Antonio Conejo, dos años mayor que él y primo segundo de su madre. El tío moraba en Pátzcuaro y por octubre de 1798 escribía al cura de La Huacana avisándole que sus primas Juana y Anita se hallaban enfermas. No se imaginaba entonces que en diciembre del mismo año recibiría a la madre de Morelos que, acompañada de Antonia, llegó moribunda a Pátzcuaro. No habían soportado el clima. Inútiles fueron sus cuidados, pues Juana María Guadalupe Pérez Pavón fallecía el 5 de enero de 1799, sin el consuelo de tener a José María a su lado. Antonio Conejo le procuró dignos funerales. Pocos días antes, Morelos se había enterado de que pronto lo quitarían de La Huacana, y solicitó su cambio para Tierra Fría. De La Huacana había enviado un donativo solicitado por la mitra vallisoletana, y todavía de ahí, enero de 1799, con la depresión a cuestas remitió el padrón del cumplimiento de la iglesia de su jurisdicción, así como unas diligencias matrimoniales, rutinas ambas de cualquier parroquia.

CURA DE URECHO 

Según se dice, en marzo de ese año fue nombrado cura interino de Carácuaro. Sin embargo, a lo largo de mayo del mismo 1799 lo encontramos en otra parroquia de Tierra Caliente en que había mulatos, San Antonio Urecho, limítrofe de La Huacana, fungiendo como cura encargado en lugar de Rafael Larreátegui, que lo era interino. Entre los poblados tocantes a Urecho estaba la hacienda de Santa Ifigenia, a cuyo oratorio se trasladó un día Morelos para oficiar en un casorio.