Con o sin pandemia, en las calles de la Ciudad de México los vulnerables mueren. Le pasó al hombre sin nombre de la colonia Guerrero durante los días del Semáforo Rojo, y le pasó a otros antes de que el SARS-CoV-2 recorriera el planeta. Se muere en una jardinera de Garibaldi o en una coladera de Reforma.

Ciudad de México, 8 de junio (SinEmbargo).– En las calles de la Ciudad de México no se vive, se sobrevive. La muerte le llega a los vulnerables junto a un árbol o adentro de una coladera. Así le pasó a un hombre sin nombre. Una noche de Semáforo Rojo entró a su guarida y la siguiente vez que se supo de él fue porque autoridades capitalinas se presentaron con trajes especiales para sacar su cadáver.

En la barda de una de las salidas del Metro Garibaldi se recarga “Yoyo”. Su puesto de películas, estéreos usados, ropa y peluches sucios es lo único que tiene. Ahí, en la lateral de Reforma, a unos pasos del Eje 1 Norte, interactuó con “El Ratita”, como dice que le decían al hombre que fue localizado sin vida en la coladera. “Ah, yo lo conocí”, asegura, luego se para del sillón improvisado en el que se oculta del sol y busca entre sus cosas. Saca un ejemplar de un periódico de nota roja. “Era este chavo”, dice mientras señala un párrafo en una de las páginas interiores del diario. “Esto pasó aquí atrás”, agrega. Desde su improvisado negocio, que además es su hogar, se alcanza a ver la cinta amarilla que colocaron autoridades capitalinas.

La mañana del viernes 5 de junio, el quinto día de la “nueva normalidad”, vecinos de la colonia Guerrero alertaron sobre olores fétidos que salían desde la alcantarilla. Hasta ahí llegaron agentes portando cubrebocas. Bomberos, paramédicos y policías ayudaron al rescate del cuerpo. Lo envolvieron en una bolsa blanca y lo condujeron hasta el Servicio Médico Forense (Semefo). El hecho apenas fue consignado por algunos medios. En ninguno apareció el nombre de pila del fallecido. Sólo el apodo. Ni “Yoyo” sabe cómo se llamaba. Sólo dice que era chido.

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Plaza Garibaldi. Foto: Carlos Vargas, SinEmbargo.

“Sí era agresivo, pues te tienes que defender, pero hasta ahí. Él vino aquí, no te voy a decir quién vende eh, compró como 4 líquidos de 10 varos (uso coloquial que significa pesos), fueron 40 varos, tenía que venir luego por la cruda, wey, a huevo tenía que venir por la cruda, pero ya no vino”, cuenta “Yoyo”. No tiene muy claro cuándo fue ese episodio. Y es que ahí, en la calle, los días parece que no tienen ni principio ni final. Nomás se va sobreviviendo. Lo que sí tiene claro es que es la última vez que vio con vida al hombre.

Ahora sólo quedan los curiosos que se paran unos segundos a ver la ropa que hay tirada en el fondo de la esquina. La cinta amarilla que prohibe el paso se ondea sobre la coladera de la que escapan moscas. Una veladora blanca apagada es el único signo que hay de que alguien se acordó del hombre sin nombre.

“Yo ya voy a buscar un cuartito. Yo ya recapacité por él. Digo: si hoy fue él, mañana voy a ser yo. Ahorita estoy contento porque anoche cinco weyes se quedaron conmigo aquí, dos ahí (señala su lado derecho), tres ahí (señala el lado izquierdo). Ya nos quedamos cinco cabrones, ya somos un chingo, cuenta “Yoyo”. El hombre celebra la compañía porque a veces, como en el caso de “El Ratita”, la muerte llega acompañada de la soledad. Hoy y ayer.

¿De qué murió el hombre? En la cuadra no saben. En las páginas oficiales de la Fiscalía General de Justicia de la Ciudad de México (FGJ-CdMx) y la Secretaría de Seguridad Ciudadana (SSC) no se dio ninguna información al respecto. En los periódicos apenas se consignó el hecho. ¿Quién sabe de qué murió? ¿Quién sabe cómo se llamaba? Y eso pasa aquí y allá.

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La coladera en la que perdió la vida el hombre. Foto: Carlos Vargas, SinEmbargo.

LO MISMO LE PASÓ AL “CABALLO”

Garibaldi es otro de los lugares a los que el confinamiento no llegó. Los bares cerraron, sí; los mariachis callaron, también. Pero los rincones de la plaza aún son ocupados por personas en situación vulnerable que no pudieron ir a casa porque no tienen una casa. Iván, un joven que un día quiso ser boxeador, ilustra ahí por qué en las calles no se le teme a la COVID-19. Dice que no hay tiempo para temerle, porque la muerte se aparece de múltiples formas: como hipotermia, como un piquete de navaja que no alcanzaron a atender, como un balazo en la cabeza, como una sobredosis de algo. La muerte llega y ya.

Iván tiene los nudillos inflamados. Algunos de sus dedos ya se ven chuecos. Y los presume, cada marca en las manos es como un trofeo. Dice que le ha tenido que romper la madre a varios para seguir respirando. Él es quien asegura que, en la calle, la casa que él decidió tener, no se vive, sino que se sobrevive. Y los tiros, esos que se ha rifado, pues son nada más licencias para continuar un día más, una noche más.

Él, como “Yoyo”, vio morir a un amigo en las calles. Dice que le decían “El Caballo”. Asegura que fue una noche antes de que el SARS-CoV-2 circulara por el mundo. “Estábamos aquí. ‘El Soldado’ estaba tirado en la jardinera (junto a un árbol). Le dimos vuelta a la pipa. Fuimos a tocar al ‘Soldado’. Estaba tieso”, cuenta. El hombre habría muerto por hipotermia, según Iván.

Son esas postales del horror las que hicieron que en las calles se bloqueara el miedo a la COVID-19. Y es que, ¿por qué temer hoy si se tuvo miedo ayer y se tendrá miedo mañana? O al menos esa es la filosofía que se desborda en los semáforos, plazas, esquinas, coladeras…

“Si existe o no existe (el coronavirus), no me importa, cuando me toca, me toca, así pueda morir de enfermedad, pueda morir de viejo o pueda morir de una puñalada o un balazo”, dice Iván. “En la calle no cualquiera sobrevive. Desde que yo llegué (a vivir a la calle) son 3 años, y pregúntame cuántos de los que estaban cuando yo llegué siguen vivos, o dónde están”, agrega.

A nivel nacional se estiman al menos 14 millones 940 mil de personas en condición de calle, es decir, el 13.3 por ciento de la población, de acuerdo con datos de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal). Todos los días se exponen a las múltiples formas de muerte. “El Ratita” y “El Caballo” murieron cerquita, en distintos momentos. Uno junto a un árbol, el otro dentro de una coladera en la Ciudad de México. Uno en la vieja realidad, uno durante el semáforo rojo. Los dos con sus apodos.