Cortinas rasgadas. Pintura de Tomás Calvillo Unna.

Dejó de ser un murmullo hace tiempo

hoy es un penetrante zumbido,

su intensidad crece

absorbe las múltiples voces

que pretenden decir lo que sucede;

ya no alcanzan, son parte de lo mismo,

este aturdimiento que nos cerca

y busca terminar con nuestras Palabras

incluso con la posibilidad única

de fundar una conversación posible.

 

El zumbido acecha cada paso que damos

 

Es el tiempo de la destrucción,

y ésta apenas inicia;

lejos de tocar fondo.

 

La devastación en su crueldad domina;

sus cifras parecen inverosímiles,

no lo son, apuntan a un dolor mayúsculo:

la locura revestida de normalidad;

una creciente jauría suelta

entre el estallido de los vidrios.

 

La inclemente guerra que muy pocos advierten,

ya está aquí descrita día a día;

convocada por esa medusa de cuya soberbia

nacen mil cabezas

 

Todos la promovemos de una u otra manera

la invocamos, ignorando que no tardan

en rasgarse las cortinas.

 

Las ventanas desnudas

con nuestros rostros atónitos;

también serán blancos

para los francotiradores

de toda estirpe.

 

A nadie le importa realmente

la suerte del prójimo.

 

Estamos convertidos

en trágicas marionetas

de una grandeza evocada e imaginada

en las ácidas aguas de la memoria.

 

Somos estos espejos extraviados de sí mismos,

al descubrir nuestros crímenes

envueltos de buenas intenciones

de una insaciable prédica

horadada por el hambriento rencor;

la cicatriz de la orfandad que nos marca,

su extravío, el nuestro, esculpido por un engaño,

mezcla de ingenuidad y temor

costoso guion de simplezas

ya incendia cada rincón del paisaje.

 

Es la lluvia de ceniza

ésta envidia mitológica;

por los poros de los segundos

retornan sus pulsaciones primitivas.

 

El mañana desaparece como un gran fogonazo

ante la mirada de millones,

estupefactos,

perdemos los nombres propios

 

Nos convertimos en otra serie más

que alguien narrará

con subtítulos en español.