Luogo e Segni se exhibe en Punta della Dogana , Italia. Foto: Imagen tomada de video

Abundando en el tema de las mujeres, abarrotado de agendas, de posturas de nuevos grupos que urgen al activismo, de eficaces pronunciamientos y otros no tanto, de un nivel de consciencia de la injusta realidad que viven millones en el mundo, Luogo e Segni es una muestra que llama la atención. Un punto de vista sobre el arte contemporáneo desde la mirada femenina sin pugnas ni revanchas y sin afán de politizar el tema. En los límites de Venecia, Punta della Dogana es un prestigioso espacio cultural, no solo por su excelente ubicación, sino también porque ahí se resguarda una de las colecciones más importantes del mundo, la de Francois Pinault. El tema elegido se aparta de los ya tan comunes Hirst, Koons, Murakami. Los típicos juguetes gigantes, ostentosos, obvios, de mal gusto que abundan en la colección de Pinault no aparecen por fortuna. En esta ocasión el museo se la juega para demostrar que hay mucho arte al margen de ellos. Las obras expuestas permiten adentrarse en la memoria visual, auditiva, táctil y musical. Explorar las emociones y sensaciones y obligarnos a dejar atrás el morbo fácil de lo estridente y obligarnos a elaborar una lectura íntima, silenciosa.

Luogo e Segni es una exhibición en la que se han elegido los trabajos de artistas que tienen en común la amistad y la admiración. Ethel Adnan, artista octogenaria, descubierta hace relativamente poco tiempo y que ha elevado sus precios de manera exorbitante, es quien da sentido a este recorrido. Su obra pictórica se caracteriza por los pequeños formatos de colores claros, diáfanos; su poesía es profunda y simbólica, ambas son el eje rector que permite que los distintos lenguajes: pintura, escultura, instalación, video, vayan formando pequeños ámbitos que nos conducen a través del espacio. Los artistas que participan, en equilibrio de género, pero sin poner énfasis en ello, mantienen la ambigüedad del discurso, de las formas suaves, del ambiente que evoca una cadencia en la que no parece haber prisa por mostrar.

Los espacios son simples, con muy poco objetos, incluso nos pueden pasar inadvertidos. La sutileza con la que se va tejiendo el relato requiere de la inteligente participación del espectador que encontrará pequeños rastros y huellas discretas llenas de poder; piezas que se dirigen a nosotros como murmullos, silencios que nos llevan en ritmos dulces pero contundentes, ideas que se ven, objetos que ocultan, materia que se desvanece, conceptos potentes. Inteligencia callada, guarda los secretos, la poesía, la magia, lo etéreo, poco a poco nos lleva a un estado de plenitud que, incluso tiempo después, reverbera en el alma.

Espacio enPunta della Dogan. Foto: Especial

Las que murieron sin ser tomadas en cuenta, las que fueron apenas reconocidas antes de morir o quienes recién ahora están ganando un sitio de respeto: Carol Rama, Brigette Ryle, Berenice Abbot, Lee Lozano, Louise Bourgeois y Vilja Clemins. La exposición también incorpora generaciones posteriores envueltas en el conceptualismo como Anne Veronica Jennssens, Tatiana Trouvé, Dominique Gonzalez Foerster, Tacita Dean, Julie Mehretu, y Trisha Donnelly. En una especie de jardín de los secretos, mientras observamos las esculturas de Simone Fattale, libres y enérgicas, podemos escuchar simultáneamente la voz de Bob Wilson, uno de los más viriles personajes del arte que declama el delicado poema Shifting the Silence de Ethel Adnan.

En otro espacio, Phlippe Parreno invoca los últimos momentos del objeto sexual más ansiado y usado: Marilyn Monroe con su dulce tonalidad habla mientras la cámara recorre el cuarto del hotel vacío. Al terminar, aparecen de nuevo los cuadros de Ethel Adnan, redención a la muerte y al olvido. Rudolph Stingel y sus evanescentes superficies vacías de historias que en sí mismas conforman su propia historia. En el sótano un video de Anri Sala transcurre en un tiempo real, imaginario. 1395 días en Sarajevo, mientras la orquesta ensaya un concierto que no ha de ejecutar, la Patética de Tchaikovsky. Más adelante, Roni Horn y su eterno transitar de un sexo a otro, de un elemento al otro, resinas que son como agua, agua que en realidad no lo es. La luz de los paisajes de Lucas Arruda, nos recuerda el paso de la tormenta y el nuevo día o tal vez un atardecer; sutiles, describen la memoria de un estado de ánimo que puede ser un horizonte. A un lado, Ciryth Wyn Evans, logra síncopas perfectas usando los textos de Bataille y De Bord, convertidos en lámparas de Murano. La inteligencia milimétrica de R.H. Quytman conforma una obra que consiste en capítulos convertidos en exhibiciones. Una de las piezas más asombrosas es la de Alessandro Piangiamore, un lienzo creado a partir del escurrimiento de las velas encendidas en una iglesia en Roma, acto de fe transmutado en obra de arte.

Muy lejos de Punta della Dogana, en la galería Perrotin, en el Marais, Paris, la obra de Gabriel de la Mora establece un vínculo con las poderosas voces en Venecia. El artista mexicano expone una serie de inusuales actos poéticos. Condenados al olvido los objetos extraídos de lo común se vuelven voces que nos llaman a atenderlas. Sutil a la vez que potente, su obra es poesía visual que se teje en un entramado de memorias recolectadas, recuerdos que no se han dicho, pero esperan ser escuchados. La ausencia es una nota constante que permite crear un ritmo, lo oculto nos invita a horadar en las telas de una bocina, en los cascarones de un huevo, en las láminas de impresión que, al paso del tiempo, han adquirido vida propia, historia. Un pasado que permanece y en la obra de Gabriel se vuelve melancolía, deseo, gozo de aquello ausente pues nunca se podrá apresar. Lo nimio, lo banal, lo que no es tomado en cuenta, es atendido por el artista para construir metáforas que nos seducen. Gabriel es un buscador de historias en los objetos, como un arqueólogo indaga en los desechos para otorgarles una voz, una identidad, la del arte. Los azules que componen una sinfonía densa cargada de claroscuros; la fina urdimbre con cáscaras de huevo, infinitos fragmentos que nos ayudan a contar algo más que tiempo. La instalación de bocinas que evoca la indestructible memoria del sonido fugaz, reverbera en cada uno de nosotros, frente a ella se pueden escuchar, en silencio, todas las melodías que caben en cada uno de nosotros.

Un hilo inevitable se extiende entre Punta della Dogana y Perrotin en este momento. La suma de artistas de Luogo e Segni parecen remarcar la ausencia de un corpus fascinante y complejo con el que podrían dialogar, el de Gabriel de La Mora. La ausencia del artista mexicano deja abierta la página de un nuevo capítulo que algún día podrá ser contado.

www.susancrowley.com.mx

@Suscrow.com