¿Qué rol luchístico jugó AMLO en las elecciones de 2018? Foto: Andrea Murcaia, Cuartoscuro

En un artículo anterior hablé sobre el modo en que Trump adaptó el estilo de pressing catch en su campaña política y en su forma de gobernar. Como mencioné, con la ayuda de Roland Barthes, el pressing catch es un espectáculo excesivo en el que los luchadores saben dirigir perfectamente los combates hacia la imagen que el público se forma de los grandes temas de su mitología. Este estilo telenovelesco es muy explotado en la lucha libre de EU, aunque la lucha libre mexicana también está cargada de representaciones, simbolismos y un colorido único, distintivo, como las máscaras y los personajes elaborados.

En aquel texto mencioné que también trataría de realizar un análisis sobre la campaña de Andrés Manuel López Obrador desde la óptica de la lucha libre. En esta asignatura, sin duda, la interpretación en automático que se podría hacer de Obrador es que asumió el rol del técnico, mostrando nobleza, pulcritud y afecto hacia la audiencia. Enarbolando la causa justa y oponiéndose a los rudos de la mafia del poder o conservadores, como ha preferido llamarles. En esta lectura, la mayoría habría apoyado al técnico y el bien habría triunfado en las elecciones, cuestión que es recurrente en la lucha libre, pero no en la política. Pero esta interpretación simplista podría ser refutada, ya que en cada elección presidencial normalmente se le pueden atribuir roles de rudo o técnico a los candidatos. Característicamente en México, el rudo es el candidato oficial, ya que aglutina las mayores críticas por el descontento hacia el gobierno que esté en turno; el técnico usualmente es el aspirante de oposición mejor colocado en las encuestas. Aunque lo anterior tampoco deja de ser una generalización.

Entonces, exigiéndonos más ¿Qué rol luchístico jugó AMLO en las elecciones de 2018? En la lucha libre hay diversos actores además de los rudos y técnicos, existen referees, que cumplen un papel esencial, presentadores, el mismo público, que nunca es pasivo, y los narradores de luchas. Estos últimos normalmente también apoyan a un bando, es decir, hay narradores rudos, como el Rudo Rivera o Leobardo Magadan; y cronistas técnicos como Alfonso Morales o “El Mago” Septién. Precisamente, me parece que el rol de la lucha libre al que más se acerca al papel de Obrador en su campaña es el de un narrador técnico. Este tipo de comunicador, además de adquirir todas las virtudes del luchador técnico, se encarga de transmitir al público los sucesos, elevar la emoción, remarcar la indignación; pueden poner al público en contra o a favor de un referee, un enmascarado o traer alguna referencia externa que de otra dimensión a los sucesos en los encordados. En pocas palabras, construir una narrativa, un metarelato de los sucesos en el cuadrilátero.

Precisamente, Obrador pudo hacer eso en las pasadas elecciones. Con su muy peculiar estilo, incluso humorístico, se encargaba de aplicar candados a sus contrincantes u otros actores políticos. Él decía quiénes eran los corruptos y, aunque no lo fueran, el público adoptaba la versión de AMLO. Cuando surgía alguna crítica hacia él, como decir que Rusia estaba detrás de su campaña, con un gracioso rehilete regresaba el castigo a sus opositores y él permanecía sonriendo con los brazos en alto. López Obrador dirigía la agenda política, fijaba el tema a debatir. A los rudos como Bartlett o Napoleón Gómez Urrutia los convirtió en técnicos y fueron aplaudidos por el público. Las incipientes carreras de algunos “luchadores” políticos las catapultó hasta la victoria de la lucha estelar, tal es el caso de cientos de candidatos de Morena en toda la República mexicana.

Él construía en el imaginario de la audiencia quiénes eran los buenos, así como sus principales virtudes: honradez, trabajador, buenos sentimientos. Emocionaba al respetable en sus funciones, se los ganaba con su narración “el pueblo bueno”, “mis asesores”, “no los defraudaré”. Pocos de sus rivales soportaron sus llaves, los exhibía ante el púlpito, en los medios, quedaban ridiculizados, ahora dice “moralmente derrotados”. Rapó y le quitó la máscara a todos sus contrincantes con lapidarias frases: “riqui riquín canallín” y al joven Ricardo Anaya prácticamente lo retiró de la contienda política. Construía relatos no muy fáciles de sostener, con algunos elementos puso bajo la lona al aeropuerto de Texcoco; convertía en neoliberal a lo que fuera con tan sólo denominarlo así; el público se quedó medio mudo cuando anunció que crearía un nuevo cuerpo armado y quizá daría amnistía a algunos delincuentes, pero nunca le retiró el apoyo o le mentó la madre por esa rudeza, como se haría en una arena. López Obrador siguió y sigue siendo quien le explica la realidad al público a través de su prisma, construyendo con su narrativa futuros en donde los buenos triunfan. Pero, así como el narrador técnico, tiene la ventaja de no llevarse los golpes del ring, está muy a salvo de que el público se le pueda voltear; es decir, los luchadores técnicos de su gobierno se llevan el desgaste y las críticas cuando así lo ameritan, pero el presidente sigue conservando las simpatías del respetable.

Para cerrar, utilizando también la lucha libre mexicana, planteo el asunto de Trump y la relación con México. El magnate es un rudo que ha retado, injuriado, amenazado y ofendido al país en general. Los presidentes mexicanos, tanto Peña como Obrador, han asumido el papel de técnico desvalido, pocas veces le han respondido o enfrentado de tú a tú. La diferencia de poder es abismal y, por ello, es entendible y lógica la actitud del bando técnico. Pero eso no quiere decir que el público mexicano se sienta desagraviado por los insultos del peleador gringo, ellos quisieran que un luchador de su bando representara ante Trump los resentimientos que esta situación les provoca. Paradójicamente, quieren un rudo que le quite la máscara a Trump y lo haga sangran en el encordado. ¿Se acuerdan cuando uno de los más grandes rudos mexicanos, Canek, cargó al extranjero André el Gigante? Ese acto quedó grabado en la memoria del público y le dio la vuelta al mundo de la lucha. Canek en ese momento dejó de ser rudo para ganarse el cariño de la gente como el luchador mexicano que derrotó a un gigante foráneo que prácticamente era impensable derrotar. ¿En México, aparecerá el Canek que reduzca a Trump en su propia arena política?