Mario Delgado, dirigente de Morena.

“Entonces, ese maremágnum que hoy vemos en Morena no parece tener futuro, más bien será parte del anecdotario de este proceso electoral y ya lo confirmaremos, cuando se ratifique tantos los mecanismos de selección partidaria y se registren formalmente los hoy precandidatos”. Foto: Pedro Anza, Cuartoscuro

Las inconformidades se presentaron en casi todos los estados de la federación donde Morena ha seleccionado candidato a Gobernador. Donde los menos han ido con sus reclamos ante las instancias del partido y los más, a los tribunales competentes, presentando sus quejas contra la convocatoria o los resultados de la encuesta partidista; otros aspirantes, además, están movilizados buscando tumbar la decisión central generando una burbuja mediática que revierta una decisión que no les benefició; uno, más, amenaza con ser postulado por otro partido en Michoacán y hay una renuncia al partido de una aspirante en Colima.

Ese maremágnum partidista no es nuevo, aunque ha venido a menos, con el proceso de maduración democrática. Sea, en Morena, o también en el PRI, y en el PRD. Quizá, un poco menos, en el PAN, que es, o era, más institucionalizado en la selección de sus candidatos, pero, poco a poco, felizmente, nos hemos ido habituando a ver cómo se acatan las decisiones de los órganos de los partidos, no sin los roces propios de la política partidista, y cuando eso no sucede, los tribunales electorales procesan esas inconformidades y los actores políticos se someten al principio de definitividad de los conflictos.

Ese, es resultado, de un proceso lento de construcción institucional, de alternancia en los tres niveles de Gobierno y, por la cada vez más creciente incertidumbre en las competencias electorales, donde los resultados ya no están predeterminados como en los tiempos del PRI hegemónico y se impone la lucha con todos los medios al alcance de la política contemporánea.

Ahora, la constante, es que los conflictos al procesarse en los canales jurisdiccionales, ha permitido la llamada normalidad democrática, con sus ganadores y perdedores, provocando un mosaico plural en los gobiernos y los congresos estatales, mejor todavía en los 2 mil 500 y pico municipios del país.

Quizá, por eso, las manifestaciones que hoy existen en Morena, contra de las decisiones adoptadas por la dirigencia nacional han de terminen cuándo se den las resoluciones partidistas y jurisdiccionales y empiecen las campañas constitucionales.

Dicho de paso, las candidaturas de los partidos son potestad de estos y de nadie más, por lo que pensar que un tribunal jurisdiccional falle y revierta sus decisiones se ve remoto, la Ley Electoral y de Partidos no establece en específico nada que ver con los mecanismos de selección de candidatos sólo exige que sean democráticos y transparentes.

Entonces, ese maremágnum que hoy vemos en Morena no parece tener futuro, más bien será parte del anecdotario de este proceso electoral y ya lo confirmaremos, cuando se ratifique tantos los mecanismos de selección partidaria y se registren formalmente los hoy precandidatos.

Claro, eso no evita las disputas internas, el jaloneo, los golpes bajo la mesa, y que en el ánimo de calmar las aguas se den negociaciones, pero, eso de suceder en esta ocasión, tiene sus riesgos pues abriría innecesariamente nuevos frentes de confrontación.

Si nos guiamos por las declaraciones de quienes han manifestado su inconformidad ante una prensa ávida de saber lo que sucede en el partido en el Gobierno, aquella que busca el titular y las ocho columnas escandalosa, sabremos que algunos de sus militantes estarán fuera de su formación política por voluntad propia o se irán a buscar una nominación en otro partido o coalición que, eso sí, los pone fuera de su militancia morenista, otros, más, a la vieja usanza buscaran “negociar” su intransigencia ante el “fraude cometido por el CEN” y buscaran que les reditúe otra nominación partidaria o le otorgue blindaje por un desempeño cuestionable como Senador, Diputado, Alcalde.

Y es entonces, cuándo veremos de qué está hecho Morena, si en aras de calmar el ruido de las aguas tempestuosas, se ofrecen otras candidaturas a quienes hoy acusan de fraude, sin esperar a que los órganos tanto partidarios, como jurisdiccionales, hagan su trabajo, no sólo será cuestionable el militante sino también la dirección partidista.

Por eso, en estas primeras elecciones como partido en el Gobierno, Morena está obligado a mostrar su compromiso con la democracia interna, a no transigir ante las presiones de los grupos de interés regional. Vamos, a no rendirse ante un segmento habituado a conseguir candidaturas a como dé lugar.

Soy un convencido de que uno de los principales problemas de nuestro sistema de partidos es su baja institucionalización, esa idea autoritaria de que las leyes están “para ser violadas”, lo que termina enturbiando todo y generando una gran desconfianza en nuestras rutinas electorales por la calidad en el procesamiento de sus conflictos internos.

La institucionalización partidaria, recordemos, es un proceso siempre en construcción y más en partidos nuevos, como Morena, que trae detrás una variedad de formas de alcanzar el poder y hacer política que van desde el “dedazo” priista; pasando por las tribus de la izquierda que siempre reclaman sus cuotas de poder; hasta las hoy repudiadas, por algunos militantes, encuestas partidistas de preferencia electoral.

En definitiva, la conflictiva morenista, está en una disyuntiva que pasa por transparentar todo lo que hay transparentar en beneficio, no de las presiones de algunos de sus miembros, sino el aporte de un partido en el Gobierno que debe refrendar su compromiso con la democracia.

Y, esa, es la tarea principal de Mario Delgado y Citlalli Hernández, de lo contrario, serán presa de los personajes, grupos y tribus que siguen en una visión de cuotas.

Y que explican en buena medida, el maremágnum político que pensamos que dormía el sueño de los justos y, no, pues cuando despertamos: ¡el dinosaurio todavía estaba ahí!