Los autores eligen su propia novela de amor, pero también desconfían de la idea del amor cortés, clásico, que hace sufrir y crea dependencia entre los amantes. ¿Cómo será el amor que viene?

Ciudad de México, 9 de febrero (SinEmbargo).- Este 14 de febrero mucha gente irá a comprar unas rosas y unos chocolates para entregárselo a su amor. Es una maniobra que tiene que ver más con el comercio, no se encontrarán restaurantes y muchos dirán: este es para mi esposa, el otro para mi amante. Porque en esto del “polimamor” hace bastante que se practica en México y no sólo aquí, sino en el mundo entero.

Aunque decir el mundo entero equivale a decir: Occidente. En Oriente, el amor es distinto.

¿Cómo es el amor? En Oriente no es tener una relación y en Occidente es tener sólo una relación hasta “que la muerte nos separe”. Por eso el divorcio, el adulterio, la soledad (tan aficionados que somos a ella últimamente) se penan con una salida del culto, aunque recientemente el Papa Francisco dijo que “la masturbación ya no se considera pecado”.

“El amor es relacionarse. Es un río, fluyendo sin fin. El amor desconoce el punto y aparte; la luna de miel empieza, pero nunca se termina. No es como una novela que comienza en un punto y termina en otro. Es un fenómeno que está ocurriendo”, dice Osho, el gurú de la India.

La historia de amor de los ’70. Foto: Especial

Este San Valentín se celebra el amor cortés, ese amor que sólo sirve para sufrir, ese amor donde la mujer es festejada hasta que cede su preciosura y luego, bueno, violencia doméstica es lo que viene casi siempre, pero nunca se dice en la fiesta.

Las películas románticas, “esa música que hasta el rock en Argentina habla de amor, como José Alfredo Jiménez en México”, dice la escritora Sandra Lorenzano, las novelas de amor que comenzamos a leer y creemos en una pasión romántica hasta morirnos, ¿son realmente el amor verdadero?

¿La sexualidad qué dice? Cada vez es más difícil decir hombre y decir mujer en términos taxativos, los sexos se confunden, las experiencias se ramifican y la soledad también comienza a ser un bien que uno anhela.

¿El amor mediante una sola relación o el amor por la vida y a través de él todos los amores posibles: por un amigo, por un hijo, por un nieto, por un amante, por un recuerdo?

¿Quién no recuerda esta novela? Foto: Especial

“Tengo un problema con el amor, porque en realidad hay una construcción del amor y una idealización del amor a través de la literatura, que de pronto yo veo a mi hija e intento decirle que esto que nos juraron que era el amor eterno, que era la fidelidad eterna, la conjunción de estas parejas que duran 50 años y uno se muere y a los tres meses se muere el otro, estos amores idílicos, cuando el otro desfallece en la oscuridad porque la otra lo dejó, me parece que van constituyendo ideas del amor terribles”, dice la poeta Rocío Cerón.

El libro de la almohada, traducido por Jorge Luis Borges y con prólogo de María Kodama. Foto: Especial

“La construcción en Occidente que tenemos sobre el amor es una cosa y el amor en Oriente es otra. Siento que El libro de la almohada, de Sei Shonagon, es mucho más independiente en relación con los afectos y con el amor. De pronto el amor clásico genera una construcción de la dependencia. Todo el tiempo los amantes dependen para su dolor y para su gozo. Estamos viviendo un momento en donde eso se está reventando. ¿Qué va a pasar? No lo sé. Quizá los novelistas, los poetas, los ensayistas, están construyendo las nuevas formas y eso es lo que más me interesa ahora”, añade.

El libro de la almohada, de Sei Shonagon, al que se refiere Cerón está escrito por una dama de la corte de la emperatriz Sadako en el Japón del siglo X. El libro original está formado, además de por una larga serie de enumeraciones ­de insectos, de plantas, de cosas agradables o desagradables, de temas poéticos, etc.­, por anécdotas, anotaciones diarias, y por la descripción de caracteres y de la vida cortesana, con sus costumbres, sus juegos, sus intrigas y también su crueldad.

Uno de los libros más populares de Vladimir Nabokov. Foto: Especial

A la hora de enumerar su propia novela de amor, el escritor Emiliano Monge habla de Lolita, el libro de Vladimir Nabokov, quizá el más famoso de este escritor ruso, considerado uno de los más grandes de la literatura y que en su tiempo fuera llamado escandaloso, inmoral, decadente y ultrajante. La historia de la obsesión de Humbert Humbert, un profesor cincuentón, por la doceañera Lolita, es una extraordinaria novela de amor en la que intervienen dos componentes explosivos: la atracción perversa por las nínfulas y el incesto.

Hace menos de dos años, la escritora Ana Clavel presentó Territorio Lolita, sobre el que Sandra Lorenzano dice “entre Alicia (la de Lewis Carroll) y Lolita se tiende el arco de la escritura. Entre la niña fotografiada obsesivamente por un párroco del siglo XIX a la adolescente que enloquece a Humbert Humbert (“Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas”), Ana va tejiendo en amoroso ritual lo dicho y lo no dicho sobre las nínfulas, lo dicho y lo no dicho sobre la piel joven que despierta el deseo. Lo demoníaco ¿de las niñas o de la mirada deseante de quien las mira?”.

El amor y la literatura, según Jo March. Foto: Especial

“La primera novela en la que pensé que el amor era novelesco fue Mujercitas, de Louise M.Alcott. Era muy chica cuando la leí, debía de tener siete años, no sólo me decidí a ser escritora a partir de Jo March, sino que además su propia historia de amor me resultó maravillosa”, dice Sandra Lorenzano a propósito de su novela de amor.

“Cuando crecí un poco, para mí la historia de amor fue Rayuela, de Julio Cortázar. La relación entre Oliveira y La Maga, la viví como si fuera de una generación anterior. Soy un poco anacrónica. Todo el mundo quería irse a París y ser La Maga, yo no quería eso, pero siempre me ha parecido una extraordinaria historia de amor”, agrega la autora de La estirpe del silencio (Seix Barral).

Cumbres borrascosas, de Emily Brontë, es la historia preferida de la poeta y pintora Tanya Huntington. “Los protagonistas están enamorados y son muy malas personas, en esta idea de que el protagonista romántico no tenía que ser todo dulzura y cursi. Podían ser, en verdad, almas pésimas”, dice.

Los héroes amorosos son malos en esta novela. Foto: Especial

El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz, de Alfredo Bryce Echenique, esas historias fracasadas, en la que el hombre se vuelve loco por una mujer que siempre se le escapa y él la persigue por París, por España…la gran novela de amor de los ‘70”, dice Gastón García Marinozzi, autor entre otras de El libro de las mentiras (Alfaguara).

El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz es la cuarta novela del afamado escritor peruano y narra las aventuras de Martín Romaña.

Novela leída en la adolescencia. Foto: Especial

Últimas tardes con Teresa, de Juan Marsé, es recordada por Jorge Comensal, joven escritor que se ha dado a conocer con Las mutaciones (Antílope). “La leí a los 16 años, me acuerdo tanto de ella. También, un poco más joven leí El amor en los tiempos del cólera, de Gabriel García Márquez, una gran historia de amor”, menciona.

En una entrevista concedida en diciembre del 2006, cuando la novela cumplía 40 años, Juan Marsé recordaba que la idea de escribirla “surgió cuando estaba en París, en 1960. El primer latido ocurrió a raíz de unas conversaciones con unas chicas francesas a las que se suponía que yo daba clases de español. Nos reuníamos una vez a la semana, y una de ellas se llamaba Teresa, hija de un pianista. Una muchacha guapísima en una silla de ruedas. Me escuchaban, les contaba cosas de Barcelona, de mi barrio y noté en ellas una atención especial. Ése fue el germen de la novela. Capté que despertaba en ellas cierta fascinación por el arrabal cuando les hablaba de mis juegos infantiles en el Monte Carmelo con los chavales de cabezas rapadas, hijos de los inmigrantes del sur. La nostalgia del arrabal que yo veía en aquellas señoritas se combinó con el sentimiento que advertí en los exiliados con relación a España. Conocía a los exiliados; hablaban de la inminencia de una huelga general, decían que la caída del franquismo estaba a la vuelta de la esquina, que los trabajadores estaban bullendo… Ahí no me podían engañar, porque desde los 13 años yo había trabajado en una gran taller, donde había 30 operarios y yo sabía cuáles eran sus aspiraciones: comprarse un reloj, una gabardina, un coche. Aquel romanticismo de la izquierda que veía el cambio al doblar la calle no se correspondía con la realidad” (entrevista de Juan Cruz a Juan Marsé, El País, 4 de diciembre de 2006).

Un libro raro en la narrativa periodística de Oriana Fallaci. Foto: Especial

La escritora Claudia Marcucetti, autora de Donde termina el mar (Planeta), no lo duda: “Cuando leí Un hombre, de Oriana Fallaci, me enamoré perdidamente de Alekos Panagoulis. Era terrorista, en tiempos donde serlo era muy romántico y ella estaba enamorada de él, hasta perdió un hijo suyo. Yo quería un hombre así, un hombre con la hache mayúscula, que luchara por sus ideales. No quiero una mujer, yo quiero una compañera de vida, era todo un concepto del amor que desconocía”, dice Claudia.

Un hombre, de Fallaci, constituye un paréntesis romántico, un soplo de aire fresco en un momento en que el trabajo de la autora era eminentemente periodístico.

He aquí la eterna leyenda del héroe que se bate solo, pateado, vilipendiado, incomprendido. La eterna historia del hombre que rechaza plegarse a las iglesias, a los temores, a las modas, a los esquemas ideológicos, a los principios absolutos vengan de donde vengan, se revistan del color que sea, del hombre que predica la libertad. La eterna tragedia del individuo que no se adapta, que no se resigna, que piensa por su cuenta y que paga por ello con su vida.

Rayuela, de Julio Cortázar, es también elegida por Alberto Chimal, autor de Manos de lumbre (Páginas de Espuma). “Todas estas acrobacias y luces de colores para relatar lo que en el fondo es una historia de amor. Oliveira, a quien con los años lo he visto cada vez más tonto, está como enamorado de la idea que tiene de La Maga, que desde su punto de vida es alguien totalmente irreal. Incluso cuando se ha separado de ella, cuando se les muere el bebé, él huye a Argentina, sigue enamorado o deseando como la imagen de lo femenino que él se ha creado. La persona que más o menos lo quiere, él ni la pela. Estamos persiguiendo a esa persona que no nos hace caso. Al final, Oliveira empieza a recapacitar y podría empezar con una relación más adulta, pero ahí se acaba la novela”, dice.

Los 50 años de esta gran novela. Foto: Especial

“Yo soy un cliché andando, Orgullo y prejuicio, de Jane Austen, la sigo leyendo, es mi novela de amor preferida”, dice Francisco Haghenbeck, autor del reciente Deidades menores (Océano).

“Mi primera novela de amor, para mí que no soy buen lector de ellas, es Un viejo que leía novelas de amor, de Luis Sepúlveda. La leí en Barcelona en un cuarto de okupas. Era el único libro que había y lo leí entero. Este tipo que está en la Amazonia, perdido, además hay un montón de personajes fascinantes como el marinero que pierde todos los dientes, por una apuesta. En ese puerto lleno de calor y de hastío, el hombre mata el tiempo leyendo novelas de amor. Me encantó”, dice BEF, autor de Uncle Bill, entre muchos otros cómics y novelas.

Un hombre que mata el tiempo leyendo historias de amor. Foto: Especial