Este libro clave en la carrera de Cristina, nos obliga a hacer varias preguntas, entre ellas las corrientes que se han dado entre los lectores en inglés y los del español. La cresta ilíaca, traduce Sarah Booker y ese término es el fiel reflejo de andar y desandar por los dos países.

Ciudad de México, 9 de febrero (Sin Embargo).- “Hace poco más de un año, gracias a la traducción de Sarah Booker, La cresta de Ilión se convirtió en The Iliac Crest, un título que, publicado por The Feminist Press, dejaba atrás las raíces clásicas de esa ubicación originaria y se afianzaba más en los huesos de los que nació. La cresta ilíaca. Habían pasado unos 15 años de su publicación inicial y, más que nunca y por desgracia, el aumento de la violencia contra los cuerpos de mujeres e inmigrantes no sólo en la línea fronteriza sino en todo el país (y en varios países) hacía que su contenido tuviera incluso mayor sentido ahora”, dice Cristina Rivera Garza en el prólogo de La cresta de Ilión, ahora nutrida y revisitada.

Tal vez, se lo decimos a ella, sea un libro de terror, como si lo hubiera escrito Stephen King: “Durante una inclemente noche de tormenta, alguien llama a la puerta de una casa ubicada en un agreste y solitario lugar frente al océano. Su dueño, un médico dedicado a paliar el dolor de los enfermos terminales, no imagina que su vida está a punto de cambiar de forma definitiva.

Al abrir la puerta, dos mujeres misteriosas invaden su casa y someten a su anfitrión a un despiadado interrogatorio. Mientras que ellas muestran una extraña complicidad -e incluso hablan un lenguaje privado-, acosan al médico repitiendo a cada instante que conocen su mayor secreto, uno que pone en riesgo su identidad”.

Más allá de los géneros, este libro clave en la carrera de Cristina, nos obliga a hacer varias preguntas, entre ellas las corrientes que se han dado entre los lectores en inglés y los del español.

“Tuve una relación muy productiva con la editora y con la traductora al inglés, hablando con ellas vimos algunos temas para actualizar el libro y decidí abrirlo para incorporar algunas frases, cuando me pareció adecuado hacerlo. Entonces, cuando estuve en el proceso de esta edición con Random, tomamos la edición que se fue al inglés. Verlo así refleja mi propia experiencia, yendo y viniendo, de un país a otro, creo que el libro está siendo un fiel reflejo de este tipo de transiciones”, dice Cristina Rivera Garza.

Ese otro que define lo que uno es puede ser es un poder invisible, autoritario, que nos lanza a viajes de paranoia. Foto: FIL en Guadalajara

–El libro define lo que uno es, uno no lo define totalmente. Ahí está el terror.

–Eso es fundamental. Ese otro que define lo que uno es puede ser es un poder invisible, autoritario, que nos lanza a viajes de paranoia. Por otra parte, el someterse a influencias de otros de lo que somos, habla de identidades, en conexión con nuestro entorno. Esta imposición con lo que uno siempre está luchando y la apertura que siempre puede ser muy deseable.

Tú no eres una autora de terror, no eres Stephen King.

–Me encantaría ser una autora de terror. Yo venía, antes de escribir La cresta de Ilión, de haber publicado un libro más realista como Nadie me verá llorar. Este libro me permitió explorar lo fantástico, lo gótico, lo de ficción especulativa. Algo que no se detuvo con La cresta de Ilión, hay otros libros donde aparecen la mujer detective. Son registros de esa exploración han resultado enriquecedores.

Una novela que incorpora la fuerza de los dos lenguajes. Foto: Especial

–¿Qué piensas del mercado literario?

–Me ha interesado desde hace mucho tiempo atrás una novela crítica que se posiciona de manera incómoda con la realidad. Una novela que algunos podrían llamar experimental, aunque el término tiene pocos allegados en Latinoamérica. A la vez me interesa mucho tener puentes de comunicación con los lectores. Creo que ha sido siempre importante en lo que he estado haciendo inscribir mi trabajo en ciertas tradiciones de lectura que ya existen. Me refiero a la novela negra, hay una audiencia importante para cuentos de hadas, donde los lectores se mueven con más familiaridad. En La cresta de Ilión he recurrido a cierto tipo de registros no para portarme bien, no para respetar los puntos del contrato, sino precisamente para subvertir lo que está hecho, de verles el dobladillo. Eso me interesa. Pienso en eso en la capacidad de comunicación con los lectores, menos en una cuestión de mercado, como si estuviéramos hablando de una clientela.

–Los lectores deberían poder leer toda tu obra. ¿Te parece eso?

–Me gustaría mucho pensar en eso. Creo que hay una conexión en todos los libros, no es una conexión progresiva, sino enigmas que me han interesado. Hay un recorrido, es importante para saltar al siguiente. Claro, también se pueden leer de manera individual, pero sí se ganaría algo si se leen de uno a otro.

Hubo el afán de la Fundación de que siga resultando su punto de vista hegemónico, sobre la obra y el trabajo de él. Foto: FIL en Guadalajara

–Han pasado dos años de tu publicación de Había mucha neblina o humo o no sé qué. ¿Qué te deja el escándalo que se armó con tu libro durante el centenario?

–Por empezar no hubo muchos libros nuevos dedicados a Juan Rulfo, hubo el afán de la Fundación de que siga resultando su punto de vista hegemónico, sobre la obra y el trabajo de él. Su resistencia y su rechazo pusieron al libro en una multiplicidad de conversaciones. Se ha editado varias veces, ha estado en la boca de medio mundo, la Fundación hizo eso y generó un interés morboso, pero cuando se aplacaron los ánimos hubo muchas discusiones valiosas.

–Hay muy pocos libros críticos en la literatura mexicana.

–Me parece que hay una intención de crear esta imagen perfecta del gran genio. Hay que hacer otras lecturas laterales, que no han estado bajo la lupa del público salvo en fechas más recientes. Y lo que se refiere a libros de crítica, creo que el gran reto es ese, ofrecer libros que puedan poner en cuestión el estado de las cosas. Ahora los que más me han interesado son los de mujeres. Me interesan esos libros que conjuntan una honestidad, una presencia emotiva, completa, de sus autores.

–Hay libros como el de Liliana Pedroza o de Luis Felipe Fabre (Escribir con caca), que nos acercan a los autores, ¿verdad?

–Algo que he leído recientemente y que me ha reconciliado con el mundo de la novela es el libro de Álvaro Enrigue, Ahora me rindo y eso es todo, donde hay una mezcla muy interesante, un apego al documento y a la vez la fuerza de alguien que maneja su oficio de manera magistral y que tiene la entereza de traer a colación su mundo familiar. Es un libro que nos enseña a repensar la apachería, la pertenencia de Jerónimo, las fronteras del norte de México.