“Celebro vivir en una ciudad donde el aborto es legal, comparta o no las razones por las que se lleva a cabo. Pese a ello, me indigna que no sea así en todo el país y en el mundo entero. Ojalá esto cambie pronto”. Foto: Cuartoscuro

Hace unos meses escribí sobre el tema debido a que el senado argentino rechazó la interrupción legal del embarazo. Esta misma semana, el congreso de Nuevo León ha optado por legalizarlo. No tengo muchos más argumentos que entonces. Sin embargo, vale la pena volver a ellos. Escribí, entonces, algo similar a lo que viene a continuación.

Da igual lo que yo crea acerca del aborto. Mi opinión se basa, sí, en una larga reflexión sobre el tema que le ha añadido matices a lo largo de los años y también en una subjetividad que es producto de mi circunstancia. Da igual lo que yo crea y lo que crean todos los demás. La discusión no es en torno a si abortar es bueno o malo. Es, en contraste, sobre si el aborto debe legalizarse o no.

Esta discusión parte de una base incontrovertible: muchas mujeres abortan. Lo hacen por múltiples razones que van desde lo económico hasta lo emocional. Hoy en día, en todo el mundo se practican miles de abortos clandestinos al año. Éstos van desde la ingenuidad de algún brebaje o rito, hasta la violencia atroz de un gancho o algo similar. Las mujeres que abortan corren, entonces, con grandes riesgos para cumplir su cometido; muchas mueren como consecuencia de un procedimiento mal practicado. De nuevo, da igual lo que podamos opinar de ellas.
Sobre todo, porque en la mayoría de los casos, nuestras opiniones pueden basarse en una profunda ignorancia sobre la situación en la que viven, sobre sus condiciones, sobre su idea de futuro y, también, sobre el riesgo que están dispuestas a correr. Juzgamos, si no desde una superioridad moral, sí desde una postura cómoda, la de quien no está pasando por ese trance.

La discusión se centra, entonces, en abrir la posibilidad de que se pase de lo clandestino a lo legal. Abortar con las garantías de sanidad que ofrece una clínica especializada siempre suena mejor a hacerlo con pocas condiciones de higiene y, peor aún, cometiendo un delito. Legalizar el aborto es, en realidad, abrir la puerta para que las cosas funcionen mejor. Supongo (de nuevo mi ignorancia) que ninguna mujer aborta por gusto. La experiencia debe ser traumática en muchos sentidos. Hay formas de hacerla más llevadera. Brindando seguridad y certezas es una de ellas.

Las estadísticas internacionales han demostrado que, tras la legalización del aborto, la cifra de las interrupciones del embarazo no se incrementa. Tan sólo hay una esperanza mayor de que el proceso tenga un mejor resultado. Esto casi obliga a quien legisla a aprobar dicha ley. Es un acto que obliga a la comprensión del otro y que abona a los derechos humanos, más allá de cualquier discusión acerca de lo que es la vida (éstas son, en verdad, terreno fértil para los científicos, no para los opinadores).

Celebro vivir en una ciudad donde el aborto es legal, comparta o no las razones por las que se lleva a cabo. Pese a ello, me indigna que no sea así en todo el país y en el mundo entero. Ojalá esto cambie pronto. De nuevo, no es una discusión en torno a si la mujer tiene o no derecho a decidir (por supuesto que lo tiene), sino alrededor del hecho de que, una vez decidido, tenga garantías de que se le practicará en un lugar seguro y no se criminalizarán sus acciones. Quien opine lo contrario, bastará con que no aborte, sólo eso.